Transmutaciones

 

El borracho que dejé en el parque San Sebastián en 1997, ese que veía pasar los días viendo el sol colarse entre las hojas, pegando sus rayos sobre el concreto al que nunca le sale costra, alimentando una flor meada por las noches, ese mismo que era yo cuando mataron a Gerardi, volvió a aparecer en la plaza Olaf Ryes, cuyas dimensiones son acaso las mismas que las del San Sebastián.

Esta versión de mi yo se apareció para burlarse en mi cara cual espejo, espejito, hará ya unos diez años. Mi yo noruego es por supuesto rubio, tiene el cabello levemente crespo, usa bigotes y tiene los pómulos salientes. Para que os lo imaginéis, se parece bastante a Van Gogh, pero no usa barba. Renquea desde entonces, y en la rodilla de la que él flaquea, vuelvo a sentir el ardor del ácido úrico. Cuando me vi por primera vez en ese estado -es decir, cuando vi la versión de mi yo noruego-, le calculé meses de vida.

Bebía desaforadamente hjemmebrent, la cusha noruega, que puede tener hasta 90 grados. Joder.

Mi yo noruego lleva siempre un cigarro en la oreja, justo como lo hacía yo. No es una fijación ni una obsesión: no. Es la necesidad infinita de sentir que uno tiene algo de equipaje y viandas para después. Eso es el cigarro: la posibilidad de postergar. De pensar de algún retorcido modo que ya habrá uso para el cigarro, que ya llegará la cena, que quizás encontraremos dónde dormir bajo techo hoy, y no en ese puto cartón bajo el voladizo del padre Orantes, que sale y nos echa a Baloo.

Mi yo noruego hoy está de buen humor; me reconoce, me reconozco, me saluda, me saludo. Hoy tiene la pierna derecha vendada, asoma una sucia venda entre los jeans y los botines, y no se sabe si es un espeso vendaje o el tobillo lo tiene horriblemente hinchado. Hoy está -estamos- de buen humor, digo, y relativamente poco malherido. Porque casi siempre anda endiablado, lastimado de la cara con heridas feas, maldiciendo a gritos en noruego y cayéndose estrepitosamente. Varias veces que lo he visto tendido a la par de la ambulancia -sí, esa es la diferencia: aquí sí hay ambulancia para mi yo-, he pensado con dolor que esta vez sí, que un cuerpo no puede aguantar tantos embates y ya veis, primero se murió mi amigo el pintor.

Mi otro yo habla solo, prendió el cigarro y de vez en cuando grita ¡aargh!, y fuma bien, fuma con paciencia.

Los otros charamileros -4- lo conminan a que se calle, pero mi otro yo sigue gritando: tiene mucho qué decir, saca la lengua. Los otros no entienden que él conoce los secretos de la espiritualidad humana, que lo atormenta y rebalsa, y que es una gran infelicidad ser tan feliz viendo pasar los días siguiendo el arco del sol.

Fotografía de Ameno Córdova

Autor: Juan Carlos Gómez Herrera

(Huehuetenango, 1966) Compositor autodidacta. Obtuvo una licenciatura en Cultura y Ciencias Sociales en la Universidad de Oslo, Blindern. Desde 2001 reside en Noruega.

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1 Comment

  1. “Mi otro yo habla solo”, yo termino: y entre ellos también. Hermoso texto. Sentí la vida allí.

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