Al final nos mató la humedad

Fotografía de Ban Vel

Mi madre murió primero, asmática, una cifra más para engrosar la única muerte que hace ronda en el presidente Roosevelt. Yo tuve la mala fortuna de verlos morir a todos: al papá, hermana mayor e hijo, al can ojiazul-ojicafé, a los libros que entre lánguidas hojas lacrimosas escurrían el rímel como una señorita golpeada por algo más que la vida.

La hermana del medio y el sobrinito colombiano salvaron el pellejo; allá en Medellín la gente se muere de otras cosas, ojalá la semilla perdure hasta el próximo siglo si no es mucho pedir. Sé que ya me morí y nadie tuvo la delicadeza de enterrarme (hay un sepulcro de musgo alrededor de mi cuarto, pero nunca será lo mismo que yacer en el panteón de los abuelos), y aprovechando la extraña lucidez que acosa a los fantasmas en el impasse, me voy arrepintiendo no de lo que hice sino de lo que no llegué a hacer.

Tendría que haber mentido más, ser menos pan, arriesgarme a las cachetadas de las muchachas, maltratar a los hijueputas que te cobran doble, escupirle a la cara a los profesores malatazas, pegar dos veces pegando primero, vivir más y leer menos, alcoholizarme hasta quedar en la calle, qué sé yo, tener un poco de decencia. No creía que en Guatemala el vivir terminara tan pronto. Ahora es tarde.

Autor: Camilo Villatoro

(1991-…) Escritor de ficciones y sátiras, esteta, nápiro y humorista iconoclasta. Nacido en México pero de identidad guatemalteca. Según un primo borracho que lo quiere mucho, “la persona guatemalteca más inteligente de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros” —cosa no muy difícil de lograr. Pese a esta espectacular ventaja evolutiva, su intelecto es inversamente proporcional a su modestia; el único problema es hacerlo creíble.

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