Análisis satírico de la coyuntura (contra-antídoto para majes)

Una exactriz porno de apellido Jameson, probable seguidora de Donald Trump, dio a entender vía tuiter que Bill Maher, comediante satírico y analista estadounidense, era un hipócrita al criticar a Trump por  haber agarrado de la vulva a una de sus edecanes en plena campaña, puesto que ella ha visto ―dice― entrar y salir impunemente al sátiro ni más ni menos que de la Playboy Mansion.

Puede que sea cierto, pero lo interesante es analizar el hecho de que aun cuando la mayoría de hombres adultos hemos tocado —benditos seamos— más de alguna vulva en nuestras vidas, en la cultura occidental parece privar la idea de que agarrar de la vulva a una mujer en un ámbito público nos delata inmediatamente como machistas y misóginos, en especial si se trata de la vulva de alguien que cobra precisamente por hacer posible dicho acontecimiento. Y la verdad de las cosas, si Hillary hubiese sido tan imbécil (la definición enciclopédica del  término debiera ser “persona que parece no prever el escarnio público a la hora de decir o hacer imposibilidades, despropósitos y, en general, la primer cosa que le pase por la cabeza”) como para contratar edecanes para agarrarles el falo en  una jornada de campaña, también hubiese sido acusada de ser una insensible sexista violadora de los derechos humanos, aunque con el agravante de ser mujer: seres inferiores explícitamente condenados por Dios a tener que reprimir todo deseo emanado de la genitalia.

Gracias a Dios soy ateo, y por lo mismo me parece un tanto esquizofrénico el hecho de que un evento sexual sea digno de reprensión si se hace públicamente pero no si se hace en la intimidad del hogar (lupanar legalizado). ¡Tal cosa no puede ser digna de reprensión en ningún caso! Por más perturbador que pueda parecer el hecho de que alguien cobre por ser agarrado de las verijas, lo único cierto es que esas verijas son suyas y puede hacerlas en escabeche si así antoja. Por supuesto, este teorema no aplica en el tercer mundo, periferia dejada de la mano civilizadora del capitalismo donde impera el régimen esclavista de producción en el ámbito del comercio sexual.

Por lo visto la genitalia se ha elevado a la categoría de substancia sublime, al igual que el arte y la poesía. Pero yo no veo a ningún poeta ser puta por vender su poesía a esos concursos privados o ministeriales que se conciben para la supervivencia de esta subespecie antropoide. Y, casualmente, nadie es puta cuando vende arte a los coleccionistas magnates. ¿O la putería es un ejercicio privilegiado para las verijas?

Nadie se alarme, pero todos somos putas. El capitalismo debe concebirse como el régimen de producción que le da a la plebe la potestad —¿libertad?— de ser explotados por los capitalistas.

Cuando uno vende su fuerza de trabajo, genera ganancias para alguien más, a cambio de un salario siempre —o en la mayoría de casos— injusto (esta injusticia está medida matemáticamente; si quieren comprobarlo, lean un libro llamado El Capital de un señor que se apellida Marx). Además dichos trabajos generalmente oscilan entre el tedio de aguantar al jefe (capataz) por ocho horas o más, y  el sufrimiento de repetir el mismo movimiento de manos durante una jornada infrahumana. A estas acciones tan alejadas de la naturaleza biológica de las especies, se les llama trabajo enajenado, porque en lugar de ser un trabajo útil al  enriquecimiento personal y espiritual del ser humano, van  precisamente en contra del mismo.

Si usted amigo lector cobra por sexo, pero se siente pleno en lo que hace, déjeme decirle que es menos puta que alguien que odia su trabajo pero de todas formas trabaja. Pues aquí el concepto de prostitución es la acción de la persona que soporta, por necesidad material o inmaterial, un trabajo que enajena su ser, material o inmaterialmente.

¿El capitalismo parece muy siniestro, no? Pero su supervivencia histórica se explica, en parte, por su capacidad de hacer creer, a buena parte de las putas y putos, que no ejercen la calle, sino que son personas libres y dignas, y si no, por lo menos más libres y dignas que las trabajadoras y trabajadores del sexo. ¡Mentira!

Es decir, un artista, por ejemplo, es algo así como una geisha, porque enajena lo sublime que podría ser su arte, por una buena cantidad de miles de dólares. El hecho de que le paguen miles de dólares, le hace pensar al inocente artista que no está tan mal ser pelandusca de la fundación Rockefeller. Pero no todos los artistas son majes; hay inteligentes y sensibles, y el peso de la contradicción les conmina al suicidio, más tarde o más temprano, o bien optan por el alcoholismo, manera lenta y sistemática de suicidarse.

Todo salía por los coños y su propiedad de ser tocados por Trump, Maher y básicamente por cualquiera que tenga suficiente dinero.

El tema de la prostitución es visto con hipocresía, porque si algo tiene el capitalismo,  es su capacidad de hacer que las personas no perciban las contradicciones más evidentes. El matrimonio, para poner un ejemplo, en su forma general, es una suerte de prostitución consentida socialmente, donde un hombre paga por una concubina para lo que dure la eternidad. ¡La mujer por supuesto es libre de decidir con un “sí quiero”, igual que una prostituta independiente (sin proxeneta)!

Por supuesto, en caso de ser el hombre fiel al contrato matrimonial, se prostituye a sí mismo para su mujer el resto de su vida, y lo que es peor, ¡amándola! Pero eso no importa porque ambos son libres, y entonces deciden llegar juntos a la vejez, o sea, la forma más agonizante del suicidio.

Autor: Camilo Villatoro

(1991-…) Escritor de ficciones y sátiras, esteta, nápiro y humorista iconoclasta. Nacido en México pero de identidad guatemalteca. Según un primo borracho que lo quiere mucho, “la persona guatemalteca más inteligente de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros” —cosa no muy difícil de lograr. Pese a esta espectacular ventaja evolutiva, su intelecto es inversamente proporcional a su modestia; el único problema es hacerlo creíble.

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