Apostándole al cuestionamiento y a desobedecer un poco

Siempre me ha llamado la atención la historia de un conocido de la familia que decidió resolver el problema de la existencia con el suicidio. Dicen que era un tipo muy metódico; un profesor de matemática a quien el sueño prácticamente no visitaba. Me cuentan que se le podía encontrar deambulando por los amplios corredores de su vivienda durante las calladas horas de la madrugada, cosa que lo llevó a transitar sendas melancólicas y desoladas, a experimentar una desesperación crispante que decidió extinguir de la siguiente manera: una tarde, citó a su hermano y a su mejor amigo y tras saludarlos los hizo esperar en la sala declarándoles, en una cruel mentira, que volvía enseguida. Luego se dirigió a su habitación en cuya cama posaba su carta aclaratoria de despedida, unos periódicos en el suelo -para no manchar- y sin mayor consideración tomó su pequeña pistola calibre 22 en una mano y un espejo en la otra, ¿les conté que era bastante metódico? El espejo lo utilizó para asegurarse de colocar bien la punta de aquella arma y así no fallar el tiro. Esos íntimos segundos, observando su cansado rostro en el cristal del espejo, ese momento donde sus dos manos se mantuvieron firmes y así, sin más, jaló el gatillo volándose los sesos.

Como se darán cuentan el tema acá no es hacer una apología al suicidio ni todo lo contrario. Ahora bien, dice Octavio Paz que debe morirse como se ha vivido: “cada quien tiene la muerte que se busca, la muerte que se hace, muerte de cristiano o muerte de perro son maneras de morir que reflejan maneras de vivir” y luego afirma, con una sinceridad brutal; “dime como mueres y te diré quién eres”. Si bien puede considerarse que don Octavio exagera un tanto también es cierto que por lo menos quienes buscamos alcanzar la mayor autonomía posible en nuestro andar, los que deseamos vivir a nuestra singular manera; comprendemos la importancia de llegar a la hora de la partida sin habernos traicionado. Esto no quiere decir que no podamos desaprender, crecer, modificar prácticas, abrirnos a nuevas teorías etc. pero lo justo y consecuente es que siempre sea desde nuestra más honda y sincera convicción y no por imposiciones externas y/o sugestiones hipnoides de diversos tipos.

Es el imperante regalo que podemos darnos así mismos si, ese de alejarnos del conformismo social y apostarle a la emancipación de la conciencia, a esa búsqueda por encontrarnos alejándonos del rebaño y encarando la existencia desde un baile propio. Más allá de las respuestas, de lo que se trata es de tener el coraje de afrontar las preguntas. Justo acá es donde recuerdo al cínico Diógenes, aquel pensador griego que se masturbaba y defecaba en público, que apostaba por una considerable vuelta a nuestra animalidad, a desprendernos de los falsos bienes y que se mofaba del protocolo y las refinadas costumbres sociales. Y es que bajo los prejuicios –valores, llamados por otros- se extiende una tradición de sumisión y culpa que es el mero triunfo ideológico de teorías que dentro de sus postulados han dictaminado la supresión de los placeres, deseos y pulsiones naturales y han priorizado en la invención de otros mundos y de conceptos que nos llevan a culpabilizarnos y debilitar nuestra vitalidad bajo la tutela del remordimiento y la culpa, entre otras cosas.

Aún las imperantes estructuras sociales de nuestro tiempo conllevan toda esa herencia cristiana y platónica que en muchas ocasiones logra someter nuestra capacidad de alimentar la fuerza vital. Claro, a esto se le suman los diversos métodos psicológicos de colonización cuya sugestión lleva a estandarizar gustos que sentimos como propios, uniformar prácticas, celebrar la violencia, estimular la indiferencia ante cualquier vejamen y aceptar nuestra propia automatización y todo en nombre de la técnica y racionalidad que ha arraigado el sistema-mundo actual en occidente.

La lucha por alcanzar, en el mayor grado posible, un pensamiento autónomo que nos lleve a nuevas prácticas y relacionamientos sociales, es una necesidad imperante en este tiempo de todos contra todos, de la cosificación y las sugestiones mediáticas que desembocan en diversos malestares culturales. La construcción de nuevas subjetividades es una necesidad en un mundo que se hunde en el primitivismo del capitalismo porque puede que no haya vuelta atrás: que ya no sea posible el humanismo en ningún rincón del mundo, que las conductas egoístas y sociópatas abracen al arte, a las humanidades, a las ciencias sociales, a los círculos que promulgan el socialismo. Puede que este siglo sea neoliberal por completo o simplemente no sea.

Pero recordemos que hay momentos fuera de la historia, como dice Benjamin, pequeñas hendijas donde se vislumbra luz y hasta amor, si, por momentos. Pero la historia la lleva a cabo ese ente tan complejo que es el humano. Así, pues, en cada singularidad existe una posibilidad de concientizarse sobre esa potencialidad que puede desembocar en la necesaria acción desobediente y reflexiva que nos conduzca por caminos más autónomos y por conductas emancipadoras que quizá nunca hemos imaginado; por otras concepciones del mundo conduciendo nuestra existencia lejos de imposiciones dictadas. Pero las condiciones para impedir esto, evidentemente, están cimentadas, por lo que la lucha es más desgastante y menos esperanzadora, pero ¿y quién lucha por esperanza cuando se puede hacer por convicción?

Lo que se propone acá es el cuestionamiento y la intensidad como forma de vida sin que dicha intensidad afecte contraproducentemente ni a los demás ni a uno mismo y así podamos vernos al espejo, hasta el último día de nuestra existencia, sabiendo que no nos hemos traicionado a nosotros mismos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Autor: Sergio E Castañeda

Nacido en la ciudad de Guatemala por eso del año 1988. Estudiante de Historia fascinado por la exploración e indagación de distintos escenarios y rincones de la existencia. Consciente de que hay que expulsar letras que logren provocar, incomodar o estimular. Vamos a barranquear, pues, para ver qué hay en esas profundidades desconocidas… ¿ah y queso?

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