Así internamos a punta de verga a Culo Canche

Fotografía de El Miljos

Esto que voy a relatar a continuación es real y podría pasarle a cualquiera de ustedes. Todo sucedió una pegajosa tarde de marzo del 2012 cuando me encontraba como era usual, en mi casa preparando los útiles para ir a “la Úrsula” o como algunos románticos acostumbran llamarla: la tricentenaria universidad de San Carlos de Guatemala.

Estaba metiendo cuanta mierda en mi mochila: regla, lapiceros, cuadernos de espiral, alguna fotocopia toda hecha pija, mi bolsita de mota, mis papos, mi cajetilla de cigarros de 50 centavos c/u… cuando de repente escuché que tocaban la puerta insistentemente, vi que mi mamá se acercó para abrir y seguí en lo mío.

Un estruendo hizo vibrar toda la casa e interrumpió mi ceremonia: ¡¡¡Daaaavid!!!, el inolvidable  y clásico grito de mi mamá para que fuera hacerle  algún mandado. Me acerqué con una gran hueva porque además estaba pedo y había que disimularlo de alguna manera lo más que se pudiera. Llegué con ella y vi a su lado a un niño de la colonia al que todos apodan “culito canche”, por ser rubio a huevos y porque al papá lo bautizaron años atrás como “Culo Canche”.

Mi mamá me dice que doña Dora (la progenitora de Culo Canche) necesita que les haga un favor. Acepté de mala gana y acompañé a culito canche hasta su casa. En el camino el niño iba va de preguntarme mierdas: Si yo era roquero, que si creía en Satanás, que si alguna vez había fumado marihuana y no recuerdo que otra mamada más. Ante todo esto solo respondí: ¿¡Y a vos qué pisados te importa!?

Cuando llegamos a la casa, la abuela ya nos estaba esperando afuera con un cincho en la mano mano y unos lazos. Lo primero que pensé fue: ¡¡Ála verga!! ya me tocó hacer una mudanza, ¡qué cagada!, pero la señora me dijo:  Ay mijo disculpe que lo moleste, pero no sé a quién más decirle. Yo le dije que no se preocupara y le pregunté en qué la podía ayudar, ella simplemente dijo acompáñeme y entramos a la casa hasta uno de los cuartos del fondo. Todo estaba bien oscuro y había un olor a guaro bien potente en el ambiente. La señora encendió la luz de la habitación y me dice: Mire, necesito que me ayude a meter a Carlos al carro, lo voy a llevar a rehabilitación…

Cuando el cerote escuchó rehab… empezó a ponerse como loco —yo me ahuevé — pero como estaba amarrado y bien a verga, era poco lo que podía hacer para evitar el destino que su mamá había hecho el favor de trazarle.

Llamamos a un taxista y cuando este llegó solo recuerdo que me dijo: Este va ser un gran vergueo vos, vivo te quiero.

Ni lento ni perezoso agarré a Culo Canche de los hombros mientras el taxista le trabó los pies. Lo llevábamos cargado por el pasillo cuando empezó a gritar y a patalear, maldiciéndonos con todo el poder de su ser. Como pudimos y a pesar de sus movimientos maniáticos, lo metimos al carro.

Bueno, ya estuvo, dijo el taxista mierda mientras se reía el hijo de la gran puta. Nos subimos al taxi. Nuestro objetivo era llevar a la presa a un centro de rehabilitación cristiano que está en la zona 8, cerca de la Bolívar.

¡Puta madre!, ese fue el viaje más largo de mi vida; Culo Canche se fue haciendo relajo todo el camino y a cada rato se intentaba soltar mientras yo lo iba atrás conteniéndolo con todas mis fuerzas. El taxista cerote solo me decía:  Ála gran puta ¡agarralo bien!

A huevos que decir eso mientras solo vas manejando es fácil. En uno de esos interminables momentos de forcejeo, Culo Canche me mordió el brazo, ¡Puuutaaaaaaa! grité y doña Dora volteó a ver y me preguntó qué había pasado, cuando le conté dijo: ¡Ay no!, dele sus vergasos. Ni bien había terminado de decir vergasos la señora, cuando yo ya estaba metiéndole dos trompones que lo dejaron quieto por un buen rato.

Luego de varios episodios no tan violentos  como el de la mordida, llegamos al centro de rehabilitación cristiano, lo sacamos del taxi y unos dizque enfermeros le dieron ingreso. Los demás cruzamos la puerta del lugar por nuestros propios medios y puta, qué lugar más pura mierda muchá, habían unas chavitas haciendo manualidades, algunas me sonrieron y siguieron en lo suyo mientras otras ni se inmutaron en voltear a ver. Yo solo escuchaba al pastor diciéndole a doña Dora que con Q1, 500 era suficiente para la primera semana de tratamiento, y que luego ya verían cómo evolucionaba el paciente, había que esperar a ver cómo reaccionaba con la palabra del Señor decía  nuestro anfitrión, mientras un poco de compasión por Culo Canche me llegó y pensé: pobre cerote ya se lo llevó la gran puta, aquí sí le va caer verga.

Al salir del lugar doña Dora ofreció llevarme a la U. Cuando llegamos a la Ciudad Universitaria me bajé y me agradeció la ayuda, me dio un billete de Q100 que luego fue dilapidado en uno de los chupaderos de la periferia.

Autor: David Soto

Nació en Mixco, Guatemala en 1989. Marihuano sin oficio ni beneficio según palabras de la abuela mal augurio.

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