Así me la rifé la primera y dolorosa vez

Todos hemos pasado por situaciones embarazosas, momentos en los que una voz en nuestro interior grita “¡Trágame tierra!”. En lo personal he tenido varios –si no es que un montón- de instantes de ese tipo.

Una noche, comiendo con unos amigos empezamos a recordar ciertos eventos que han marcado nuestras vidas y que nos han convertido en los viles seres que ahora somos. Entre chow mein y unos cuantos litros de cerveza, los chistes se hacían cada vez más “subidos de tono” dirían las señoras que imparten catequesis por mi casa. Empezamos a hablar de sexualidad, de qué nos gusta, cómo, en qué lugares  y por dónde. Hablábamos a calzón quitado y sin penas ni prejuicios cada uno recordó con nostalgia su primera vez.

Entre risas y más cerveza nuestras historias fueron desfilando, algunas trágicas, otras graciosas y una que otra digna de un libro o película de educación sexual para adolescentes calientes que no saben poner condones y que si se les menciona la palabra “masturbar” aún se ruborizan, cierran sus manos con fuerza y no saben qué hacer. Cada historia era narrada con lujo de detalles, mencionando el día, la hora, el lugar, la posición, etc., etc. Fui la segunda en contar la experiencia. A mis amigos les hizo gracia, a mí no tanto, ya después mientras contaba mi aventura no pude evitar reírme un poco.

Fue una calurosa tarde de abril, específicamente un 15. Yo era una adolescente de 16 años, como bien dice mi edad (implícitamente) era una muchacha bien caliente y lo sigo siendo. Tenía 20 días de ser novia de quien imaginé sería el amor de mi vida, él también tendría para ese entonces 16. Después de casi una semana de tirarnos indirectas de si lo “hacíamos” o no lo “hacíamos”, decidimos hacerlo. Imagínense los ingredientes: dos adolescentes calientes, una tarde de abril, un vestido sin tirantes y una casa sola. Esta receta es la peor pesadilla de toda mamá religiosa. El día comenzó como cualquier otro, semanas antes habíamos planeado con mi entonces “trámite” ir a la famosa kermesse de su colegio. Esas eran reuniones culeras de patojos pubertos para “socializar” con otros patojos de los demás colegios, marita caquera, pero en fin, quedamos que ese día sería el tan esperado momento para hacernos cariñitos. Yo me disque preparé, me fui linda con un vestido strapless, zapatillas cómodas, como quién dice “al fresh” con ropa quita-fácil por aquello de si nos intentaban agarrar caídos.

En la mañanita, todos los amigos de mi entonces novio me veían de una manera rara, muy a lo “sé lo que van a hacer, you perverts”, y como siempre me he caracterizado, me valió, pero no pude evitar pensar que ese cabrón le había contado a sus amigos que por fin íbamos a hacernos el daño. El día fue de lo más hueva porque por llevar vestido no pude subirme a ninguno de los juegos que había, fue muy triste. Como es usual, en toda kermesse culera siempre está ese juego donde las parejas de novios se “casan” y así formalizan el asunto, todos se dan cuenta que se casaron y ninguna chavita o chavito se puede entrometer jajajamás.

Sí dije yo y nos fuimos a casar, con velo y corbata como lo amerita la ocasión, nos leyeron nuestros votos, que por cierto, creo que fueron redactados con cierto rencor hacia los hombres porque ahí mismo decía que debían hacer todas las tareas de la casa y cuanta mamada más. Bueno, después de la foto correspondiente que probaba que nos habíamos casado, vino el típico amigo pendejo que dice “ahora sí, hoy sí tiene que ser la luna de miel”, me quedé estupefacta y con una cara de “¡¿Qué putas?!” porque era más que obvio que sabía que ese sería el día en el que me desflorarían. Me hice un poco la loca y dejé pasar el tiempo, iban pasando las horas y cada vez me ponía más nerviosa, no podía evitar pensar si me iba a doler, si iba a sangrar, si no me iba a acobardar y cuanta cosa más le pasa a una en la mente cuando está en esa situación.

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Fotografía de Eny Roland

La kermesse terminó sin pena ni gloria y nos fuimos a su casa pero ¡Oh, sorpresa! Él no tenía llaves, entonces pensé “¿Cómo rayos piensa que lo vamos a hacer?” pero sólo le dije ¿y entonces?, él dijo que no me preocupara, que se las ingeniaría y bueno, le creí. Me dijo que lo esperara afuera, que le iba a tocar la puerta a su vecina y le diría que olvidó su llave para que lo dejara entrar desde su casa, allí se saltó un pequeño paredón que divide ambas viviendas. Asunto arreglado, logró entrar, pero se tardó 25 minutos más, mientras yo pensaba que de plano ya no se animaba, tal vez se cayó y golpeó la cabeza con quien sabe qué. Si en 5 minutos más no aparecía y me abría la puerta, pues me iba. Estando a punto de irme, él abre la puerta muy agitado, como si hubiese corrido la maratón de su vida. Con mi nerviosismo palpitando por todos lados, las piernas temblando, mis manos ansiosas…él las toma y me dirige a su sala, sí, su sala. Le pregunto por qué había tardado tanto y me dice que me contaría después, ya en confianza nos comenzamos a besar…ustedes se preguntarán ¿confianza, pero si tienen 20 días de novios? Pues cabe decir que éramos amigos de algunos años atrás, entonces había confianza.

No subimos a su cuarto, por pena mía y nerviosismo suyo. Todo empezó en su sillón, como cualquier amorío adolescente e inmaduro. Ninguno de los dos tenía experiencia, hay que decir que era nuestra primera vez y parecíamos los recién casados que éramos, de aquellos que nunca en su vida habían tenido sexo premarital, pero el patojo tenía un condón, de aquellos “chafas”.

¿Un condón?, era obvio que iba preparado el cabrón, comencé a dudar si de verdad era su primera vez también. Bueno, sacó el preservativo y al parecer no se lo sabía poner o estaba muy nervioso así que tomé la iniciativa y se lo puse, no es que fuera una experta pero son cosas que una debe aprender, yo lo aprendí en mis escapadas a la Usac, donde los muchachos de Bienestar Estudiantil le hacen el paro a una al enseñarle ese tipo de cosas que bien podrían salvarme la vida. Los penes de madera son elementales para esas cosas. Para no cansarla más, le puse el condón, con mis manos temblorosas y toda la onda porque era el primer condón que ponía a un pene real. Procedimos a posicionarnos en el sillón con los besos de rigor, buena elección la mía al ponerme vestido para ese entonces, no nos quitamos la ropa por si nos cachaban, así que todo bien. Tomamos la posición de misionero y cuando quisimos iniciar el tan esperado momento, ¿qué pasa? Que no podía penetrarme, nos pusimos aún más nerviosos y nos preguntamos “¿será que allí es? De plano que sí”, entre varios intentos fallidos le dije “…dale, no te preocupés, pero si no es ahorita no podrá ser después”. Para qué dije eso, le dio con todas sus fuerzas, le puso empeño y me penetró, en mi vida había sentido tanto dolor, inmediatamente comencé a sangrar, no mucho, claro está pero sí un cacho. Del dolor me brotaron algunas lágrimas, él de seguro pensó que eran de felicidad, no quise decirle que eran del dolor. Después de algunos minutos se me pasó un poco el dolor y nuestro instinto comenzó a apoderarse de la situación, sillón, piso y mesa del comedor fueron nuestros nidos de amor. Cabe mencionar que la canción de fondo era Come As You Are de Nirvana, ese era el tono de mi teléfono que no paraba de sonar con las llamadas que mi mamá me hacía para saber dónde andaba su hija –ya no tan- virginal de 16 años. Tuvimos que bajarle a la emoción y arreglarnos para  irme a mi casa, eso fue lo peor, me di cuenta que estaba más manchada de sangre de lo que imaginaba, mi pelo era un desastre, estaba sudorosa y todo lo demás. Entré al baño para ver si podía arreglarme un poco  y mi sorpresa al salir fue verlo a él poniendo imágenes religiosas en cada esquina de la casa. No encontré palabras para ese momento tan incómodo y gracioso al observarlo apenado poniendo los crucifijos, santos y demás, sentí la necesidad de persignarme y golpearme el pecho por lo que había hecho, pero dejé pasar la oportunidad; ahí entendí que por eso se había tardado tanto al abrirme la puerta.

Adolorida y con las piernas aún temblorosas  me fui a mi casa, me despedí de él, quizá esperando que como todo patojo inmaduro me dejara de hablar pues ya nos habíamos hecho el daño por esa vez, estaba bien si ya no nos volvíamos a ver, posiblemente me hubiese deprimido, pero no fue la última vez que le vi. Nuestra relación fue larga, haciéndonos los gatos desenfrenadamente por dónde se pudiera, museos, parqueos, bosques, baños públicos, etc., pero ya no habían imágenes religiosas alrededor, por suerte.

Autor: Ivonne Monterroso

Ivonne Monterroso. (Guatemala 1994 - ...) Morena de ojos grandes, melómana, "tía cosa" por las noches, cantante de ducha, inquieta por naturaleza, astral nebulosa, soñadora y amante de todo.

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