Así se vive un martes de jazz

Fotografía de Lozano

 La fortuna es algo de lo que uno debe estar pendiente. Ayer, por primera vez en mis dos años de vivir en Guatemala, logré ir a Esperanto, ese bar tan lúdico, prelingüístico, auditivo y sensorial, sin ir más allá de las inflexiones. Inmediatamente tenía que estar en el tono correcto y conectar con el entorno, y para eso decoré mi mano con una deliciosa cerveza.

El Esperanto de ambiente bohemio, luz tenue y espacio reducido, se llena de músicos y de gente deseosa de escuchar jazz, la improvisación es el ingrediente que le da el toque a la noche. Algunas personas hacen nido adentro, pero varios prefieren el espacio de la banqueta para chelear y fumar mientras se alimentan de la música.

Me sentía con ansiedad de escuchar a los instrumentos que permanecían recargados sobre el vidrio, esos que algunos usan como reflejo de su ya perdida juventud, y me refiero exclusivamente al target del martes. ¡Por fin! Llegó el momento, los primeros en aparecer fueron un cuarteto llamado Asston, que de inmediato tocó blues.

Quiero hacer referencia a cada uno de los músicos que admiré en el primer plano. Justo frente a mí, el guitarrista tocaba una que emula esas Gibson E335, ideales para el blues. Tenía una actitud posesiva sobre su instrumento, al cual yo solo deseaba pasearle los dedos por el diapasón, gesticulando eso que únicamente te hace el sentir el blues.

Desconocía el nombre de la mayoría de músicos, pero sé que con las descripciones algunos podrán saber de quiénes hablo,  pero hago honra a todos aquellos músicos nocturnos que participan en los martes de jazz. A la par del guitarrista estaba el pianista, con uno de esos órganos Moog que recrean los sonidos de antaño y adornan perpetuamente el blues con gracia y estilo, característicos de la mágica polifonía del género. En el rincón, como castigado, al lado izquierdo el baterista, y un bass man, con sombrero al estilo Blues Brothers  con esa parsimonia que algunos pocos tienen en la métrica precisa, concentrado, perseguía el ritmo sin adornar de más el contexto de la banda, bastante exacto y cumplidor.

Fotografía de Lozano

Después de las inflexiones, acá empiezo mi descripción sobre esa noche. Grandes temas del blues empezaron a adornar el lugar, que es un circuito cerrado, pero un gran secreto a voces. La gente sabe que ahí se concentra la médula del jazz guatemalteco; sin embargo, pocos lo adhieren a su cultura. Ir un martes a disfrutar en vivo a estos músicos de nivel no es algo importante, sino vital en la cultura de la música guatemalteca.

Aplaudo que siempre existan músicos con carencias o con virtudes, y que tengan ese afán por cumplir. La música la vives como músico, eres la sangre que la promueve en el exterior, y este fue el caso particular en cada uno de los artistas que se presentó esa noche.

Después de algún tiempo, apareció en la escena Rosse Aguilar Barrascout, con el saxo hechicero que te permite imaginar cómo las notas salen tan escrupulosas y modestas con tempo. He visto a Rosse en diferentes eventos y, sin halagos a lo evidente, siempre te deja boquiabierto. Y cuando sus participaciones terminan, se crean enigmas. Es así como el músico se convierte realmente en músico, todo lo demás no importa.

Más tarde se incorporó al pequeño y adaptado escenario un alemán en el piano, Jorge Soberanis; un reconocido bajista; un baterista uruguayo de expresiones introvertidas, y de nuevo, Rosse Aguilar, 1,2,3… Y la música puso a tono a todos los presentes. Cada uno esperaba esa individualidad, la particularidad que destaca a cada músico con su instrumento, deseando la prueba, el bocata, el pigmento que cada uno le dió a esa fiesta de colores musicales; abocarse, desvirtuarse propiamente dentro del gozo. Y con los solos de saxo se partió el pastel, se abrió el deseo de más y más, hasta el solo de piano al que le faltaban octavas para trasgredir el deseo de ir siempre al más allá, donde solo los músicos saben llegar.

Soberanis hizo lo propio en la textura de sus cuerdas con ese delgado roce texturizado del bajo que te enchina la piel. Y más allá de todo lo que esperábamos, el introvertido y gesticulador baterista uruguayo nos abrió la puerta a la libertad. Sus manos hablaban, nos decían tantas cosas, su ritmo se calaba en nuestro sentir. Quiero ser más objetivo, pero no se trata de alabar a cada uno de los músicos, sino de que todos los que lean esta crónica perciban y lleven a la imaginación un paisaje sonoro. Que puedan recibir estos chingadazos de amor musical que me pusieron deseoso de que la escena de jazz guatemalteca siempre crezca. No se critica, se construye, los martes de jazz me mostraron otro plano de lo mágico y particular que puede ser la música en Guatemala.

Para cerrar, no puedo dejar de agradecer a todos los músicos que hicieron jam; en especial, a Pedro González, por prevalecer y darle siempre fuerza a los movimientos, y a gestores como Fidel Celada, y algunos escritores relevantes que inciden en la continuidad de la historia. Por eso los invito: Hagamos historias y decorémoslas con paisajes sonoros en todos los planos musicales. Gracias a cada participante por esa maravillosa noche. Nos hicieron muy felices a todos los que asistimos y creemos en la música.

Sobre los martes de jazz

Fotografía de Lozano

Cada primer martes de mes, varios músicos de la escena guatemalteca se reúnen para hacer sesiones de jam en el Esperanto, Café Bar ubicado en la 11 calle 3-36 zona 10. La música en vivo empieza a sonar a las 20:00 horas y la entrada es por consumo. Como recomendación final el bar es tan pequeño que no tiene cocina, por ello mucha gente lleva su propia comida. Y los que no, pues se alimentan del jazz.

Autor: Mario Méndez

Soy diseñador, publicista, músico productor convencido, tallerista. Cada nota es un gesto diferente en el universo, puede crear siempre nuevos universos, incluso la felicidad por momentos. Nacido en la Ciudad de México en julio de 1976. "No hay lugar sino encuentras tu lugar".

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