Edgar Calel y por qué siempre llega la misma mara a las exposiciones

Fotografía de Ameno Córdova

 

Cruzarnos y repasar los caminos con los pies descalzos

alimentarnos de la misma calabaza, recibir la sombra de un mismo árbol,

comprender que nuestras raíces están vibrando en nuestro rostro

cuando un viento sutil tiene contacto con charcos de agua que dejó la lluvia donde nos vemos reflejados…

Edgar Calel

 

Hablando así honestamente lo que es, no tengo tiempo para descifrar porque casi siempre uno se topa con las mismas caras en estos espacios artísticos. Será porque los grupos a los que les llegan este tipo de chivas son extremadamente endogámicos y a otros se les hace difícil romper el cerco o bien no se han dado por enterados de lo que palpita en esta ciudad.

Fotografía de Ameno Córdova

Edgar Calel nació hace treinta años en Comalapa, Chimaltenango. Proviene de una familia cakchiquel que desde pequeño lo instruyó en el arte de cultivar la tierra. Cuando lo veo sobre alguna de las aceras del Centro Histórico se me asemeja a un compendio de sabiduría ancestral ambulante. Imaginación que confirmo al sentarme a tomar un par de litros con él en mi tugurio favorito.

Cuando se le interpela sobre por qué expone su trabajo (“pero qué necesidad…”) Calel —sereno como solo él— responde con un vaso de cerveza en la mano: Mi obra refleja el sentimiento de un buen porcentaje de la mara. Expongo para tener una memoria.

Fotografía de Ameno Córdova

 

“El rostro de la tierra que mis pies vieron”

Calel llegó en 2014 a una comunidad guaraní kaiowá ubicada en Brasil muy cerca de la frontera con Paraguay.  Antes de emprender el viaje habló con su familia para llevarle un obsequio a los parientes indígenas que visitaría. Entre las cosas que les llevó, estaban unas semillas de frijol y maíz de diferentes colores. Junto a esos granos, también llevó semillas de hierbas y calabazas.

Ideó darles ese presente para que ellos comenzaran a sembrar la tierra que recientemente habían recuperado luego de un conflicto sangriento en donde perdieron a algunos de sus líderes.

Una mañana vi al cacique contar una por una, todas las semillas que le di y después de terminar el conteo, convocó a la comunidad para que yo les hablara sobre la historia del maíz y la relación que tiene con la creación de la vida desde los pueblos mayas.  Después de mi intervención, el cacique pidió que cada persona pasara a traer unas semillas para que las plantaran.

El tiempo para continuar mi viaje se aproximaba, una mañana conversando con el cacique y el rezador les compartí lo trascendente que había sido para mí ese tiempo que había pasado en la comunidad y lo importante que había sido escuchar sus palabras, compartir su comida y caminar hacia los cerros. Allí surgió la idea de pedirles si ellos podían regalarme la huella de sus pies sobre las hojas de un cuaderno que llevaba conmigo.

El cacique Guienito Gómez junto a Daniel, el rezador de la comunidad, me confirmaron días después que la comunidad iba a colocar sus huellas y su memoria en mi cuaderno, recordándome que ese gesto es también un agradecimiento por las semillas, las historias, la comida, las danzas y los cantos  que habíamos compartido.

Entregué unas semillas y recibí el rostro de los pies marcados con tierra vermelha de una comunidad guaraní kaiowá. Con este gesto afirmamos nuestra manera particular de ver y hacer la vida junto a la tierra y las semillas que sostienen nuestra existencia y  autonomía.

Fotografía de Ameno Córdova

Pienso que estás pisado si cuando vas a ver una exposición de arte no tenés la oportunidad de intercambiar unas palabras con el autor después de echarle un vistazo a su obra. Yo sé que vencer la timidez es complicado y que también este tipo de actividades son muy frecuentadas por gente snob que a veces lo hacen a uno dudar de sus propias convicciones pero en verdad les digo que no hay nada más satisfactorio que encontrar esas respuestas.

 

“El Rostro de la Tierra que mis Pies Vieron”. se inaugura esta noche en el Taller Experimental de Gráfica de Guatemala, 7 avenida 12-32 zona 1, a partir de las 19:00 Habrá guaro y desenfreno.

Autor: Jonathan Salazar

(Guatemala 1985 - … ) Salazar es un pan de dios que solo le pide a la vida una ranfla con un equipo de sonido potente para navegar por la ciudad, el diario con noticias exaltantes y una dosis respetable de ultraviolencia en los canales de televisión que sintoniza.

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