Claves para entender la pantomima alrededor de la violencia

Fotografía de Fernando Chuy

Subís a la camioneta y escondés todo lo que llame la atención: celular, dinero, reloj (y no se te ocurre llevar laptop o táblet porque sabés que en cualquier momento te la pueden hacer bajada). Apretás con fuerza la mochila o la cartera, mirás a todos lados y te grabás todos los rostros intentando adivinar quién será el maleante que desenfunde el arma y apunte sin titubeos a los pasajeros.

Afuera ves a los policías y los cuques deteniendo patojos y revisándolos. Haciendo memoria, la situación es bastante parecida a los retenes que hacía el ejército durante la guerra, a la caza de elementos subversivos. Pero ahora vivimos en amnesia y paz; imposible deducir que la represión nunca ha sido la solución a nuestros problemas. Olvidamos y seguimos rumiando la paranoia.

Hemos aprendido que luchar contra la violencia significa el uso de armas, el despliegue de soldados, las capturas de mareros y todo el modelito hollywoodense que nos venden: Los buenos contra los tipos malos y la población indefensa en el medio. Con esto no digo que no existan grupos delictivos que extorsionan, asesinan, secuestran violan y roban. Donde trato de hacer énfasis es en cómo observamos el problema y cómo entendemos que debería abordarse la solución.

Foto: Danilo Jesús Ramírez (de la serie “Junto a la escena, una reflexión sobre la violencia en Guatemala”)

Guatemala es un país con un pasado negado pero cuyas marcas se sienten en nuestra cotidianidad. Tenemos un modelo económico obsoleto cuyas consecuencias se palpan en el constante detrimento de las condiciones sociales de la mayoría. Se incrementan los sectores poblacionales que cada vez tienen menos acceso a la salud, agua, educación, vivienda digna, etc. El grueso de estos sectores es gente joven reconocida como población económicamente activa, sin embargo no hay trabajo. Algunos migran al norte en busca de una mejor vida y los que se quedan sacan adelante el día a día con la economía informal, rubro perseguido y criminalizado por los alcaldes y alcaldesas con ínfulas oligopólicas de Antiguo Régimen. Vulnerabilidad total, en condiciones cada vez más agudas y con pocas alternativas. Sobrevivir a toda costa en la intemperie es la ley.

Las maras se convirtieron en lo que son a partir de la mitad de la década del noventa, en plena época de “paz”. La mayoría de sus miembros optaron por la marginalidad como estilo de vida ante un modelo que los excluye. Allí dentro encontraron un espacio que les proporciona identidad, cohesión y recursos.

Foto: Danilo Jesús Ramírez Foto: Danilo Jesús Ramírez (de la serie “Junto a la escena…)

El asunto se salió de las manos, ahora que las maras están enraizadas en lo más profundo de las colonias y barrios; entonces se recurre a una de las viejas tretas que ofrece un país de posguerra: controlar, cazar y capturar.

Soy totalmente escéptica sobre cómo estos iluminados pretenden resolver las cada vez más fuertes olas de violencia que azotan los barrios de la ciudad. Más bien con la implementación de este tipo de “tácticas” deliberadamente se omiten a otros actores y situaciones que en generosa medida han contribuido a que se mantenga esta situación.  Poco o nada se habla del narcotráfico o de la descarada e incontrolada circulación de armas. Tampoco se observa que la violencia es consecuencia directa de las precarias condiciones de vida, pues no hay un Estado que tenga capacidad de procurar el bienestar común, según su mandato constitucional. Y esa incapacidad se debe a la cooptación de las instituciones estatales en manos de personajes inescrupulosos y élites que han hecho mano del erario público como plataforma para el beneficio propio. Práctica que no es nueva; que se haya agudizado es otra cuestión…

Un estudio[1] recién publicado refiere que en este país 260 personas tienen los suficientes ingresos por los que estos patojos en pobreza extrema tendrían que trabajar 387 años para tener lo que los susodichos 260 obtienen en un mes. No es de extrañar entonces que se vayan por otra ruta, menos legal pero más real ante ese escenario. Mientras tanto creemos —pobres imbéciles— que seremos el número 261 del club o algo parecido si trabajamos arduamente…  No se sabe o no se quiere reconocer los privilegios basados en la explotación que estas élites hacen del trabajo de todo un país y del despojo descarado de tierras y recursos de las comunidades, la creación de leyes a su favor y medida y la evasión de impuestos que hacen de este país su finca desde 1821.

Mientras no veamos estos y otros actores y la vinculación que existe con la violencia social seguiremos pensando que los patojos con pantalones flojos son los malos de la película y que es a ellos a quienes hay que perseguir. Mientras los inescrupulosos responsables se envuelven en una nebulosa de lujos derivada de la corrupción. Los más incautos aplaudirán los patéticos e ingenuos despliegues de seguridad, con toda la pantomima de policías armados con porte de Rambos tropicales, porque somos una sociedad acostumbrada al pan y circo que no se atreve a observar/analizar y por lo tanto exigir un accionar y abordaje más profundo y estructural del problema.

[1] http://lahora.gt/oxfam-poblacion-rica-guatemala-tributa-menos-del-2-ciento/

Autor: Julia Silvestre

Julia Silvestre (Guatemala, 1989) Socióloga y feminista con raíces santarrosenses y quichelenses pero citadina al final de cuentas. Sobreviviente del salvajismo de los taxistas. Con su bicicleta se siente la dueña de las calles.

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