Con los cuernos en alto: el rock y el metal en Guatemala

Destacada

Parque Central, 1990. Conciertos de la era Democracia Cristiana, en su año de despedida. Ese día tocaron Psycho, Guerreros del Metal e Invasión. Fotografía de Jorge Ernesto Rodas

Por Mario Castañeda

Razones para estas líneas

Lo que aparecerá en estas entregas semanales solo es parte de mis constantes y silenciosas reflexiones sobre cómo me he sentido dentro de la escena del rock y el metal en Guatemala. Son esos recuerdos que anidan difusamente en la memoria viva y que están dando vueltas mientras observo cómo nuestra escena, igual que nuestra sociedad, se diluye en profundas contradicciones. No es nostalgia, es el intento de hacer comprender que, sin historia, sin saber lo que hemos sido, nada puede mejorar. No se busca santificar a la “vieja escuela” ni tomar distancia con las generaciones recientes acusándoles de una supuesta ignorancia sobre el tema. Quizá los datos consignados no son exactos, pero son los que recuerdo.

Intento buscar en retrospectiva posibles respuestas para comprender la relevancia del metal como cultura y contracultura y sus contradicciones. Esto me remite a las palabras de Giovanni Pinzón, de Bohemia Suburbana, sobre la escena metalera, en el minuto 35:48 del documental Alternativa, la historia del rock en Guatemala:

«Ese movimiento ha sido antes que nosotros, mejor organizado, mejor dirigido, siempre honesto y siempre existente. Y hoy por hoy todavía está allí. (…) y traen bandas de Europa (…) eso es admirable, por eso me da pena que estemos desperdiciándonos en nuestras divisiones».

Al comienzo de cada entrega encontrarán un enlace para acompañar la lectura con las sonoridades correspondientes.

Con los cuernos en alto

Mucha gente considera que hacer la señal de los cuernos es algo del diablo. Pocos saben que es un ícono de la comunidad rockera a nivel mundial. Su origen es muy antiguo. Representaba en el medioevo italiano una señal de protección contra el mal de ojo, o bien, si uno encontraba a alguien a quien deseara dicho mal, solo debía colocar sus dedos medio y anular sellados con el pulgar y dejando el índice y el meñique levantados, para trasladarle el hechizo. A esto se le llamaba el malocchio.

Sería Ronald James Padavona, conocido como Ronnie James Dio (1942-2010), ex vocalista de Black Sabbath, Rainbow y DIO, quien retomara esa tradición heredada de su abuela y la popularizara como la mano cornuda durante los conciertos de metal. Fue cuando ingresó como vocalista a Black Sabbath a finales de la década de 1970. La misma se propagó y quedó como un referente propio del rock.

Hoy es habitual ver en conciertos o en grupos que se reúnen en bares o calles, que los cuernos asomen como señal de pertenencia, de identidad hacia el rock y el metal, y entre miembros de esta comunidad.

El embrujo de una noche eterna

Un viernes de agosto de 1988, estaba encerrado en mi habitación. Pasaban aproximadamente, diez minutos de las nueve de la noche. Caía una lluvia prolongada y tenue. Recuerdo que estaba en posición fetal sobre mi cama y tenía una grabadora tipo Walkman con la que escuchaba música a través de la radio o de cassettes. Pocas estaciones radiales eran de mi agrado… por ello giraba la ruedita del dial sin prisa. Disfrutaba la mezcla de los sonidos de la lluvia y la distorsión cuando saltaba de una emisora a otra. La diminuta luz roja del aparato era lo único visible en la obscuridad.

De pronto sintonicé algo extraño. Una sonoridad de guitarra eléctrica iba creciendo y unos cimbales aleteando acuerpaban el ambiente. Una viñeta de identificación se sobrepuso a la música: «Revolución Rrrroooccckkk», se escuchó con una voz grave y con eco. Resurgió la canción y comenzó lo pesado. La batería, el bajo y dos guitarras eléctricas destellaban una conjunción de sonidos contundentes, oscuros. Unas voces parecidas a monjes en oración y una voz desgarradora interpretando “Balls to the wall”, de la banda alemana de heavy metal, Accept (información entonces desconocida para aquel feto adolescente en la penumbra). No entendía nada de inglés pero la música y la voz de Udo Dirkschneider, me atrapaban. Sensación extraña en el cuerpo.

Conforme el tiempo pasó, ahondé en el contenido lírico del metal y comprendí los elementos identitarios que este género musical ofrecía. La vestimenta, el cabello largo, el lenguaje, la forma de caminar, las letras de canciones directas y desafiantes, la fuerte presencia masculina en las agrupaciones, las drogas, el sexo y, por supuesto, la actitud del rock´n´roll (ir sin miedo por la vida y, aunque a veces derrotado, tratar de ser libre), todo se convirtió, gradualmente, en parte de mi identidad.

Desde los seis años de edad tuve mi primer contacto con el rock. Una etapa ingenua donde me preguntaba si los intérpretes eran muñequitos que estaban escondidos en la radiola. Pero ese contacto no fue más allá de sentirlo a través de los discos que mi tío Mario compraba o pedía prestados para escuchar en casa de mi abuela materna. No conocía más que lo comercial: KISS, Grand Funk Railroad, Twisted Sister, Quiet Riot, Led Zeppelin, Alan Parsons Project, etc., y, claro, artistas nacionales como Hugo Leonel Vaccaro, Santa Fe, César y, pocos años después, Alux Nahual, entre otros.

Por lo demás, todo lo que respiraba eran las canciones “cortavenas” de tragedias amorosas, tristezas y soledades hispanoamericanas, más la música en inglés desde los blues de la primera parte del siglo XX hasta la música pop ochentera que los medios de comunicación ofrecían. Siempre me ha gustado la música más allá de sus diferencias como géneros. Sin la música, la vida no sería una constante reescritura poética.

Accept continuaba tronando en la radio. No podía evitar tocar una guitarra imaginaria o hacer como si estuviera rematando la batería ante cincuenta mil personas. Solo me faltaba comprender qué mensaje había en esa voz que, como si fuera un cuervo con graznidos de larga duración, me contaba alguna historia, quizá tétrica, maligna, social, rebelde.

Posteriormente busqué la letra y pude comprender su discurso. Se comenzaban a romper las ideas que los religiosos maquinaban para alejarnos del pecado y de la absurda creencia que esta era una música satánica. Una parte de la canción de Balls to the wall decía:

Too many slaves in this world
die by torture and pain
too many people do not see
they´re killing themselves, going insane

Too many people do not know
bondage is over the human race
they believe slaves always lose
and this fear keeps them down

Watch the damned (God bless ya)
they´re gonna break their chains (Hey)
no, you can´t stop them (God bless ya)
they´re coming to get you
and then you´ll get your

Balls to the wall, man
balls to the wall
you´ll get your balls to the wall, man
balls to the wall, balls to the wall

En ese momento quedé estático. Tenía la piel eriza. La canción continuaba y cada vez se decantaba mi corazón con los solos de guitarra. No quería que terminara y a la vez esperaba que la voz de algún locutor mencionara el nombre de los culpables de la tormenta que destapó mis oídos. Finalizó y rápidamente entró a la programación estelar Sodom. Otra banda alemana que aún no definía su estilo dentro del metal pero que su propuesta era veloz, cruda, intensa. “Out break of evil” era la canción que Metrostereo transmitía en el 102.9 de la Frecuencia Modulada.

La ansiedad me atacó. Necesitaba saber quiénes sonaban en ese momento. Tocaba esperar al final de la rola para que alguien explicara de qué diablos se trataba ese “ruido”. Una voz suave, sin prisa, serena y con fluidez, comentaba los datos de las bandas y de la producción de los discos. Luego explicaba que eran las dos primeras canciones de una edición más de Revolución rock, un programa dedicado estrictamente a transmitir metal en todas sus expresiones, esa sensibilidad subterránea del rock. Exponía que el programa se transmitía durante tres horas, todos los viernes, comenzando a las nueve en punto de la noche y finalizando a las cero horas. Era Jorge Sierra quien locutaba. Fue el primer conductor de Revolución Rock. Luego estarían Joel Cotuc, en una segunda etapa, y el “Dr.” Carlos Anleu Samayoa, quien dirigió la época final del programa.

Jorge Sierra

El periodista y crítico musical Jorge Sierra. Fotografía cortesía de Jorge Sierra

Hasta la fecha, Sierra es un reconocido productor y conductor de programas musicales, además de dedicarse a la crítica musical en medios escritos. Encendí la luz y tomé un lapicero y papel para anotar los datos de las canciones escuchadas y de las que vendrían. Busqué un cassette en blanco pero no tenía. Quería grabar las canciones que pudiera sin importar si Sierra hablaba al principio, sobre o al final de ellas, como solían hacer los locutores radiales para impedir que la gente grabara en sus hogares colmando, muchas veces, de comentarios estúpidos (caso que no era el de Jorge Sierra) que no permitían degustar las canciones predilectas. Encontré un cassette con música pop ochentera y decidí grabar sobre él. No importaba. Total, si quería escuchar esa música, bastaba sintonizar diversas estaciones radiales que se encargaban de saturarnos con lo que estaba de moda, como la Doble S. La cinta era de marca Maxell, de sesenta minutos de duración. Introduje la misma en la minigrabadora y comencé a registrar sin ponerle pausa. Todavía conservo ese cassette así como otros de color negro de cinta normal y de cromo que vendían en FPK.

Continuará…

Autor: Barrancopolis

Medio digital de arte, cultura y entretenimiento.

Comparte esto en

Danos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *