Consumo, sufro y luego existo

 

…Como medio de hallar satisfacción, todas las adicciones son autodestructivas: destruyen la posibilidad de estar satisfecho alguna vez.

Zygmunt Bauman

Anciano de compras.

Fotografía de Fernando Chuy

El análisis crítico inicia con poner sobre la mesa de discusión la tendencia social de “hablar en absolutos”, al referirnos a las condiciones del país. Este error se da desde el pensamiento psicológico, social, económico o religioso del país, por la complicación en percibir al “otro” y a las diferencias individuales. Esta tendencia a invisibilizar la realidad, fuera del contexto privado, o a reproducir modelos impuestos por la educación o por la religión, impide la construcción de una línea de tiempo histórico donde se pueda afirmar la existencia de hechos concretos en grupos sociales heterogéneos, lo cual coloca una bruma sobre los procesos evolutivos nacionales.

Las bases históricas

Antes de entrar en materia nacional, debemos sentar las bases históricas de cómo el mundo ha evolucionado y ha atravesado las diferentes fases filosóficas y prácticas en los contextos pre-moderno, moderno y posmoderno.

Estas tres concepciones surgen en el contexto filosófico occidental, siendo el primero un estadio social que vivió el hombre medieval (en Occidente) y los pueblos originarios americanos (antes de la colonización) el cual engloba el periodo comprendido entre el siglo V y el siglo XIV. Donde algunas de las creencias predominantes eran el pensamiento mágico, las creencias en “otros mundos”, la visión religiosa y la imprecisión filosófica. Los procesos de producción eran limitados y se regían en base a la capacidad del terreno de generar alimento y seguridad a los habitantes de los asentamientos humanos.

La modernidad es el mundo resultante al dejar por un lado el sueño dogmático de la Edad Media, en pro de la experiencia y análisis del mundo real, objetivo y concreto en que vivía. Un “Renacimiento” de las ideas, donde se abandona el teocentrismo y se abraza (o se intenta hacerlo) la razón etnocentrista. Se inicia el establecimiento de normas y procedimientos sociales basadas en verificación, la coherencia racional, la comprobación empírica, la duda metódica. Y, lo más importante, se habla por primera vez, de la liberación individual, del abandono de las supersticiones, el florecimiento de las artes y se sientan las bases para el desarrollo de un nuevo orden social donde la producción, los grandes cascos urbanos y el culto al trabajo se convierten en el método para lograr la evolución económico-social de las grandes naciones, con tendencias democráticas, patrióticas y colonialistas, que se vendían como naciones progresistas.

Aunque, en definitiva, resultó ser un proceso de evolución estrictamente occidental, ya que el continente que se denominó como “América” fue sometido a un proceso de aculturación invisibilizadora y sus habitantes fueron sometidos al esclavismo; los recursos naturales arrasados y se construyeron “diques simbólicos” retardantes de la evolución del pensamiento.

Una revolución contra la razón

Como resultado de la sobreproducción en masa, en un contexto donde se empiezan a llenar los hogares de pequeños objetos, ya no cargados de altos simbolismos familiares o culturales, sino que poseen un fin supremo de brindar “confort” o hacer “menos dura” la tarea de la existencia, además de la especialización de capas o estratos de la sociedad, gracias al endurecimiento de jornadas de trabajo de los estratos menos beneficiados con la educación y la salud física, se genera un espacio para “ponerlo todo en duda”, es decir, el desencanto que surge de dos guerras mundiales, la predominancia de las telecomunicaciones, y la “estandarización” del ciudadano, ahora si ya no solo “occidental” sino “global”, se produce una revolución contra la razón.

Se vive un proceso de relatividad cultural, donde se priorizan los sentimientos, surgen conceptos de inteligencia ya no funcional sino emocional, se valora más lo vivencial, lo cercano. Hay un desencanto de la idea de progreso, una especie de hastío que da paso a un cambio trascendental: el amor hedonista.

Camioneta, pasajeros

Fotografía de Fernando Chuy

La experiencia de vida se diluye, y fluye a velocidades inalcanzables, en donde todo cambio genera en el humano ansiedad, y la misma se afronta tratando de llenar el vacío, por medio de rituales exorcistas de compra y consumo, de generación de “status”, de adoración a la imagen, a la apariencia física, la estética el individualismo.

Se tiene y se sufre, y si no se tiene se sufre aún más.

Según Zygmunt Bauman, en su libro “Modernidad Líquida” (2,004) la sociedad contemporánea integra a sus miembros, fundamentalmente, como consumidores. Para ser reconocidos, hay que responder a las tentaciones del mercado. Acompañado al deseo del objeto, va la inmediata frustración. Lo que genera que se deposite la fantasía de felicidad en un nuevo objeto. Así se produce un círculo de deseo permanente de consumo. Se tiene y se sufre, y si no se tiene se sufre aún más.

Celulares, duckface

Fotografía de Fernando Chuy

Ahora, la pregunta a plantear es, ¿En dónde se ubica Guatemala, o las naciones mesoamericanas, dentro de este contexto evolutivo?

Para responderla hay que reconocer que el carácter multicultural, excluyente, y poco progresista de nuestra nación ha permitido la bizarra experiencia de poder, en pleno 2,018, tener parte de su población que se sigue rigiendo por preceptos pre-modernistas y un grueso de la población que experimenta, lo que algunos llaman “tardo-modernismo”, que debería de haber permeado todas las capas sociales, pero que ha servido de plataforma para que en los cascos urbanos florezca un nuevo estrato con tendencias premodernistas, en donde, lamentablemente, no es el desarrollo filosófico o eidético el que predomina, sino la tendencia global del consumo y la cosificación.

Para ubicarnos en el contexto latinoamericano, tomaremos un aporte de los investigadores colombianos Carlos David y Alejandro Leal Castro, quienes en su libro

“Modernidad y postmodernidad una discusión vigente” citan a Cruz Kronfly, quien afirma que: “pareciera como si fuéramos premodernos, modernos y postmodernos al mismo tiempo […]. Se puede ser perfectamente contemporáneo y actual, en el restringido sentido medieval, sin necesidad de que la cabeza de ese «nuevo» fanático de nuestro tiempo haya tenido que pasar por la ruptura mental, simbólica y cultural que significó en su momento, para Occidente, el cambio de época denominado «modernidad » que instauró el mundo burgués a partir del Renacimiento, luego el advenimiento del Proyecto Ilustrado y más tarde el desarrollo en pleno del capitalismo industrial, con todo lo que ello significó. Dicho de otro modo, el escamoteo de lo moderno por el afán de lo contemporáneo”

Fotografía de Ban Vel

Entonces, ¿Qué valor reviste para el guatemalteco actual el hecho de estar predeterminado por su entorno, a ser productivo, a poseer la sensación de seguridad, a figurar pública o socialmente, a ser competitivo y poseer el respeto y la admiración de sus coterráneos?: La tendencia filosófica es “ser libre a través de la materia”; el valor es la “posesión”, y si no se tiene se sufre, y si se tiene, también. Si no se tiene produce altas cargas de frustración y resentimiento, y el devenir permeable de la sociedad le marca el camino hacia la búsqueda eterna de la sensación de placer en un ritual doloroso, por ambas partes, el tener y el no tener.

Para el guatemalteco promedio hay en el mercado una paleta extensa de nichos de consumo u opciones de lo denominado como “entretenimiento”, pero que están sujetos al ritual compulsivo del consumo y la competencia. Y para poder competir, hay que saber producir.

…las relaciones sociales se han reconfigurado al punto de que se necesitan lubricantes sociales que pueden ser sustancias, redes sociales, como nuevas formas de “incomunicación familiar” pero de “comunicación global” o de marcas…

Maquinitas, patojos.

Echando el game en las tragamonedas. Fotografía de Ban Vel

Las nuevas necesidades generan una dependencia al ingreso perpetuo, y las relaciones sociales se han reconfigurado al punto de que se necesitan lubricantes sociales que pueden ser sustancias, redes sociales, como nuevas formas de “incomunicación familiar” pero de “comunicación global” o de marcas, que permiten o generan una supuesta identidad nacional. Todo esto ocurre al mismo tiempo que el dilema de gran parte de la población, quienes padecen de desnutrición y viven por debajo de los límites del subdesarrollo.

Lo anterior produce una sociedad que busca huir de sí misma a través de rituales de consumo, donde, en la gran mayoría de casos, es la sustancia (mayoritariamente alcohol y droga sintética) la que se convierte en la nueva fuente de esclavitud e insatisfacción personal.

 

Hacia una nueva terapéutica

Por lo tanto, es necesario, desde la academia guatemalteca, generar una nueva terapéutica que considere reducir el impacto psicosocial del devenir de consumo en los habitantes de una nación multicultural, pero insertada en un marco de pensamiento global, donde se fortalezca, de nuevo, la idea de la “persona” como ser que busca sentido en la existencia, y no en la pertenencia.

Un ciudadano que retome nuevas formas de obtención de placer, de manejo del tiempo libre y que -aunque suene utópico y risible para algunos- abandone la tendencia cosificadora mundial y encuentre arraigo en lo que una vez fue sagrado para su cultura: la vida.

Un retorno hacia el respeto de SU vida, y a las cosas que por simples, fueron importantes en los inicios de la vida. Además del fortalecimiento de la alteridad, la empatía, y el bienestar común

Y, claro, se necesita fortalecer el rompimiento de los ciclos de “vulnerabilidad social” a los cuales vive sometida la mayoría de la población, en donde la supervivencia es la moneda de cambio, y no hay espacio para siquiera soñar con la “trascendencia” (eso sí, vista desde un punto de vista materialista).

Hasta el momento se ha tratado de evidenciar que los cambios sociales, económicos y políticos han servido más de lastre que de viento impulsador de cambio psicológico, pero no es una locura pensar en una terapéutica latinoamericana que retome arraigos tradicionales de convivencia y respeto al entorno natural, al bagaje simbólico ancestral y a una nueva ecología latinoamericana. Una nueva orientación terapéutica que use ciertas técnicas y metodología occidental, pero que genere un nuevo lenguaje emocional donde el guatemalteco sea capaz de auto-identificarse, que sea capaz de romper la influencia nociva de la mediocridad educativa y que, por decisión propia, se abstenga de seguir comprando ideas de invisibilización global.

Una nueva terapia que sea capaz de hablar el lenguaje “glocal” y que ayude a disminuir la enloquecedora fuerza de la frustración y que ayude a cada guatemalteco a encontrar la forma de “ser”, sin la imperiosa necesidad -que produce sufrimiento-, de “tener”.

Fotografía de Fernando Chuy

Referencias Bibliográficas: • Leal Castro, Carlos David y Leal Castro, Alejandro, “Modernidad y postmodernidad una discusión vigente”; Música Cultura y Pensamiento. Vol 5, Nº 5, pp: 87-97 (2013). • Bauman, Zygmunt, “Modernidad Líquida”; Fondo de Cultura Económica, (2004); 117 pp. • Color ABC; “La premodernidad, modernidad y posmodernidad en la filosofía”; recuperado en : http://www.abc.com.py/articulos/la-premodernidad-modernidad-y-posmodernidad-en-la-filosofia-1017438.html

*Los subtítulos son responsbilidad del editor.

Autor: Jorge Ernesto Rodas

Rescatado por la música. Psicólogo. Melómano. Amante del Metal.

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