Cuando el falo soy yo

I

Empezaba dedicando las pajas. Siempre al mejor amante, el “siete polvos” o el de las nueve horas. En definitiva, disfrutaba del goce prolongado. Últimamente se había vuelto tan efectiva que bastaban unos cuantos minutos para lograr un placer espasmódico y pluvioso. El índice entre el clítoris y el ano o, la media luna y el sol. Mientras, el dedo eclipsador, dedo pliegue desplazante, se pregunta por Dionisos y su casa. Imposible decidir, ni arriba ni abajo, derecha o izquierda. El dedo abre el abismo por el que cae Alicia. El colchón la traga y la escupe. Tiemblan las piernas, el frío en las nalgas y Casandra (su perra) aúlla. Los grillos nocturnos se prestan de telón para los labios inferiores y su… (imposible describir el sonido con letras). Es demasiado y no cree que lo resista, se da ánimos para aguantar, se dice su apócope , se morbosea, se coge como si fuera un hombre. Es deliciosa, es muy buena y ella lo sabe. Parece una actriz porno (aunque ya la han visto y le han reconocido pericia) pero siempre es distinto cuando no hay público.

Fotografía de Isabel Pineda

II

Pudiera establecer casi una metódica para el ejercicio…

Alguna vez me burlé de una amiga porque contaba que prendía velas con algún sándalo para masturbarse. Nada muy distinto al rito que yo tenía con vitamina M y las canciones escogidas minuciosamente para el momento. Pasaba por temporadas musicales, iba de Radiohead a Depeche Mode como de Philip Glass a Led Zeppellin. Algunas canciones lograban ser tan efectivas que me daban los ritmos necesarios, las intensidades adecuadas y las repeticiones justas. Entonces, los agentes del deseo, indistintos. Todo es Uno en un continuum de afectaciones múltiples, resonantes. Cada poro amplificado mientras la cabeza queda en blanco. Animarse para no desistir porque siempre es mejor llegar. Después probar el vibrador, sentirlo tibio en la boca; aunque sabe a piña permanece un leve olor artificial que realmente desconsuela…

III

Deslimitar el cuerpo, romper cualquier barrera cultural para darle cabida a la resonancia del placer. Estimularlo tanto que no haya forma de controlar algún aparato excretor: ésa es la promesa del dedo medio al clítoris. Mientras el montículo soberbio, montaña y axis mundi botón-llave-clave y puerta sabe que para ser volcán hay que insistir en el ritmo y asistir a las zonas aledañas para que evoque el choque de los cuerpos. Después de eso: el no retorno, lo irreversible. Las gotas calientes en el suelo; le excita el sonido de la orina en la baldosa. Imagina el órgano reproductor masculino reverberante y lluvioso, como una regadera para el pasto en verano, bañando la espalda de cualquier mujer. Hubiera querido tener un pene: regaría su líquido seminal por todo el mundo, en todos los cuerpos, en todas las caras, nada más para sentir el desplazamiento literal de una partícula suya sobre otra, para ser la gota que se estampa en la piel de alguien, en la boca de alguien, para escuchar la caída y el encuentro.

Autor: Verónica Guzmán

(Medellín,Colombia, 1986 - ...) Quijote en cada centímetro de su metro y medio de estatura, no distingue entre la realidad y la ficción, por eso se aventura temerariamente a absurdos despropósitos para terminar siempre con la boca llena de sangre.

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