Cuando la tira te pone la blacky

Esta es una de esas historias que podrían pasarle a cualquiera; desde el consejo editorial del barranco decidimos publicarla con el afán de evitar que a ustedes se los agarren de müllers…

Fotografía de Javier Herrera

Le pasó al amigo de un mi primo, alguien que conozco pero que no puedo revelar su identidad. Pela igual a quién le sucedió, lo importante es estar siempre víboras de la mar en calma para que no se repita.

Todo comenzó una tranquila tarde-noche de diciembre, yo estaba trabajando cerca del lago de Atitlán, al otro lado de Panajachel, cuando después del mediodía me entró la llamada de uno de mis mejores amigos. Él todo entusiasmado me dijo que iba para Huehue, pero que nos echáramos unos tragos, yo le dije que estaba hasta la chingada, aquel insistió, ¡Vaa! qué pisados, juntémonos en Pana pues, le dije ya picado.

Manejé como dos horas y media alrededor del lago para llegar, eran las seis más o menos cuando nos juntamos en el famoso Panarock. Empezamos a chupar y también comimos, una ronda tras otra, una la pagaba aquel y otra yo, era tanta nuestra chingadera que después de unas horas sacamos las tarjetas y hasta pedimos un corte de carne “internacional”, de repente entró un amigo de mi pueblo con unos sus cuates, lo saludé. Se sentaron en la mesa de al lado y les pagamos una ronda de chelas, tarjetazo yo, tarjetazo mi amigo. No estábamos borrachos, pero creo que entre las carnes finas y las chelitas debimos haber gastado más de mil pesos, no imaginábamos lo que nos deparaba la euforia del momento.

Mi amigo traía la camioneta de su jefe, y yo, en el picop de la empresa. Decidimos ir a traer los carros y ponerlos frente al bar —una gran cagada de nuestra parte—, la primera fue gastar como bestias. Poner los carros allí, hacía parecer que cagábamos pisto y no debieron ser ni las 11 cuando decidimos irnos. Salimos tranquilos, nos despedimos del cuate y nos subimos a los carros, íbamos despacio, no habíamos ni salido de la Santander cuando dos patrullas nos alcanzaron. Nos tuvimos que detener (la peor cagada fue habernos bajado), bueno, eso es lo que creo, pero cuando uno nunca ha tenido este tipo de encuentros con los cerotes no sabe bien cómo es la movida, además ni que hubiéramos hecho algo malo…

Empezó la regateadera

Mi amigo se notaba demasiado ahuevado, mientras yo estaba tratando de librar la mordida, por ratos nos hacíamos pasar por narcos y los chontes se ahuevaban, al rato yo les decía que nada más estábamos trabajando y que yo era el sostén de mi casa, pero eran cuatro cerotes y mientras que uno se iba convenciendo de soltarnos, salía el otro hablando de los carrazos en que andábamos, que no podía ser eso de no dejarles para las aguas, el mulita de mi amigo les ofreció dos mil pesos; ¡Puta! pensé, este cerote en lugar de empezar por cien, se va de a miles

Ahuevado más mierda, los lagartos abrieron más los ojos, me dije: ¡Este talega! yo ya no tenía efectivo, ni tanta plata en la tarjeta, entonces uno de los policías cerotes salió diciendo que recientemente se había aprobado una ley que sancionaba a los que manejaran con aliento etílico y que la multa estaba entre los 18,000 a 22,000 quetzales, y que nosotros solo queríamos darles la miserable cantidad de dos mil, ¿Cómo va ser eso jóvenes? Nosotros somos cuatro, dijo el coche. ¡Puta! Pensé otra vez.

Nos cagamos

Mis papás, mis hermanos, mi jefe y todo el mundo pasaron por mi cabeza. Mi amigo iba ofreciendo ya los seis mil, ¡Hacé sho cerote! Yo no tengo todo ese dinero le decía entre labios. No llegábamos a ningún acuerdo, es más, las cosas se pusieron tensas y yo, por ratos bravo, por ratos ahuevado. En eso, se acercaron dos patrullas más, me dije: Ahora sí ya valimos verga, vamos a tener que llamar y todo el mundo se va a enterar, todo por una chingadera.

Bueno les dije, yo no tengo ese dinero, entonces hagan lo que tengan que hacer. Inmediatamente nos esposaron, y tuve un lapso como el del Guasón: Pelé cables, hice vergueo, me reía a carcajadas, creo haberle dado un su vergazo a uno de los chontes y cargado me tiraron a la palangana, una parte de mí se divertía con la idea de irse enchachado, pero solo en ese momento porque después mi huevo…  nos llevaron a la comisaría, ahí había un chonte con el apellido de otro amigo mío, me hice pasar por él y le pregunté:

– ¿Vos de dónde sos? ¿Sos de San Rafael?

-Yo también, ¿Tu abuelo no es tal y tal?

-Sí, pero yo no tengo relación con esa familia, a mí me llevaron a vivir a otro lado.

-Mano, yo soy tu primo, ayudame yo no hice nada, ni sabía de esa ley.

Nos interrumpe el mero jefe de la estación, y mi supuesto primo le dice: Jefe, dice que él es mi primo, pero usted aplique todas las de la ley.  Esos segundos donde tuve una luz de esperanza se fueron a la mierda, y un miedo ijueputa me invadió. Mi amigo igual de ahuevado tratando de hacer un trato, ellos solo se reían de nosotros, tenían esa puta ley y nos restregaban los 18,000 que íbamos a pagar (si bien nos iba). ¡Malditos! Yo pensaba en la plata, pero peor aún, en la vergüenza de tener que decirle a mi papá dónde estaba y por qué, mi educación es bien old school, admiro y amo a mi papá, aunque ya estamos algo grandes no nos permiten tomar (en la casa), luego pensé en mi mamá, a la pobre tal vez le da un infarto de la impresión; a mí solo me quedaba dejarme llevar por la corriente. Bueno dijeron, llévenselos

Me pasaron báscula

Primero me llevaron a la carceleta de la estación. Antes de meterme, los chontes empezaron a burlarse de mí, ¡Puta, mira vos trae buenas botas!, me dejaron sin camisa, calcetines y a huevos se quedaron con las botas que estaban nuevas. Más vulnerable que nunca en toda mi puta vida entré (ese lugar no es lo que te imaginás) a un cuarto pequeño, una puerta de metal con una ventanita de metal, sin ventilación, el techo era de loza, pero goteaba de sudor, el hedor, las caras de los que me esperaban ahí dentro, sentí que había entrado directamente al infierno, volteo a ver, y un gringo tirado en posición fetal, uno de los presos me pregunta: ¿Vos, verdad que ese gringo cerote te pateó? Yo me quedé estupefacto… otro me codea: Decí que sí. ¡Reacciono y le respondo!  Sí… Y le van dando una verguiada, ¡Puta! Si no contestaba que sí, ese que gritaba de dolor hubiera sido yo.

Los policías estaban afuera y ninguno hizo nada, qué mierda me sentí, pero uno no tiene de otra cuando está rodeado de por lo menos dieciocho cerotes y sin ninguna salida. El 18 es un símbolo que también me recuerda sus caras y tatuajes, al rato metieron a mi amigo que se había quedado ofreciendo más varas y de todas formas no logró nada. Después no sé de dónde sacaron unos bananos y los repartieron (partidos por la mitad) con las manos asquerosas. Atrapados por un olor fétido, comimos, entonces por un instante no parecía un lugar tan mierda, buena onda, les dije. Al rato los chontes cerotes gritaron nuestros nombres para hacer la dichosa “llamada”.  Yo no, contesté, mi amigo tomó su oportunidad, en seguida dijeron: Bueno, llévense a estos a la cárcel mejor.

 

La cárcel era igual de culera que donde estábamos

El exceso de mara hacía que metieran a dos pisados en un espacio más reducido que un baño, estas celdas sí tenían barrotes como las pintan en las películas. Yo iba cagándome de frío, quizá eran las tres de la mañana, no sé, en cuanto entré alguien en la otra celda me dijo: No te preocupés, ya te va a venir a calentar el jefe…

Todo se tornó oscuro y me el miedo me volvió a invadir. Aquí me van a verguiar o me van a coger, o las dos cosas, pensé. Entró mi compañero de celda y preguntó por qué estaba ahí, le conté todo, me dijo: Allá en “aquea” esquina te vas a quedar, allí acóstate. Bueno, gracias tengo mucho sueño, le dije. Allí entre los miados (literalmente) me recosté y me quedé bien dormido.

A la mañana siguiente otro de los presos, buena onda, me preguntó por qué estaba ahí, y le conté una vez más mi estúpida historia, solo me dijo: mejor calmala, porque hace una semana cayó un doctor por lo mismo que vos, él culero creyó que lo iban a sacar luego porque sus papás eran abogados y vinieron a tratar de negociar con los coches, pero no, pagaron la multa, lo del carro, dicen que fueron más de 18,000 varas. ¡Ah puta!, fue lo único que contesté.

El último trámite

En mi cabeza todos empezaron a dar vueltas otra vez, mi jefe, yo en la cárcel, mi papá, ¡Qué vergueo!; pero a eso de las cuatro de la tarde llamaron a mi cuate, que estaba en otra celda. Ya vinieron por usted. Era su jefe, quien había pagado más de diez mil, yo no había llamado a nadie. Fue entonces cuando se armó otro talegueo para que me sacaran también a mí. Lo conseguimos, finalmente fuimos por los carros, la camioneta del jefe de mi cuate estaba basculada, el mío no, por suerte. Salí del gran talegueo, pero todo vergueado, frustrado, impotente y estafado por las mismísimas autoridades. Estaba parado frente al cajero, pero la dignidad se me había caído al suelo, saqué la mitad de las varas, le agradecí al jefe de mi aquel y nos despedimos sabiendo que la próxima vez que me invitara a libar a la verga lo voy a mandar.

Nota del editor: Tampoco es para agarrarle miedo a la justice porque Obi Wan que no todos son así. Siempre sobres muchachada rebelde.

Autor: Andina Ayala

(Guatemala, 1989) Practicante de la introspección como uno de los caminos hacia una convivencia real e integra con los otros, creyente de la ironía como herramienta pedagógica, hedonista, aprendiz de madre full time, politóloga empírica, muy muy empírica y antropóloga de formación en la USAC.

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