De cuando fui cronista parlamentario

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Durante mi primer año como estudiante de periodismo en la Universidad de San Carlos de Guatemala conocí a un periodista viejo y sabio, simpatizamos pues yo andaba por todos lados con un libro de cuentos de Benedetti bajo el brazo, él se acercó y me preguntó que más leía. Allí mismo iniciamos una amistad literaria muy interesante, el trabajaba en Diario El Gráfico y yo soñaba con trabajar en una redacción, en cualquiera.

Algunos meses después me contó que necesitaban un cronista parlamentario ¿Le querés entrar? Preguntó sabiendo la respuesta, lo hizo únicamente para gozarse mi reacción, para disfrutar la forma en la que aguanté las ganas de gritar y pegar de saltos. Al siguiente día me presenté a la redacción de El Gráfico y conocí a algunas leyendas del periodismo guatemalteco. Una hora después estaba en el Congreso de la República sin saber qué jodidos hacer. Me sentí en medio del océano en una lancha de remos y sin saber remar.

Hice notas mediocres y sin importancia, el resto de reporteros me miraba con desprecio, principalmente los de medios “grandes”, nunca entré a su círculo y cuando podían ocultaban reuniones y declaraciones; el objetivo era que no llevara las mismas notas que ellos. Todo cambió cuando un medio de los “grandes” me llamó para contratarme, querían aniquilar a Diario el Gráfico y yo que hacía crónica parlamentaria me había convertido en una especie de tabla de salvación para el periódico en franca decadencia. Se los escuché decir cuando me contrataron, “con esto se hunde El Gráfico”. No estoy diciendo que yo era un super periodista y que mis notas sostenían al periódico, pero ellos creían que quitándole reporteros el diario sucumbiría, y así fue.

Ya siendo reportero para ese periódico “grande” tuve acceso a los privilegios de periodistas en el congreso; el resto de reporteros empezó a saludarme, los diputados me sonreían amables y sabían mi nombre, dejé de causarles repugnancia.

Muchos diputados de esos años hoy están presos o han desaparecido de la esfera mediática acusados de ladrones, corruptos, timadores, abusadores, borrachos, violentos, muchos diputados y diputadas de esos años en los que yo era reportero hoy son unas pobres sombras de la vergüenza.

Nos invitaban a comilonas dentro del congreso en donde el alimento rey eran los chicharrones y la bebida reina era el whiskey, en otras ocasiones nos citaban en  restaurantes argentinos, “Pidan lo que quieran honorables periodistas hay cuenta abierta” decían los diputados panzones y las diputadas extra maquilladas, y nosotros los periodistas hartábamos y bebíamos a placer.

De vez en cuando se acercaba un diputadillo mediocre y sobalevas con una pluma elegante o un llavero de cuero y abrazándote con el brazo izquierdo sobre tus hombros y el regalo en la mano derecha te decía “el jefe le manda este recuerdito, es por su buen trabajo, guárdelo” el jefe era un generalote, un matón asqueroso que con regalitos de ese tipo pretendía tener a los periodistas contentos. Nunca acepté esos regalos, nunca vi que otros reporteros los aceptaran. Pero nunca vi una información altisonante contra esa bancada, más bien los comentarios eran condescendientes y amables en sus notas.

El reportero no decide nada, el reportero es un acarreador de información; quienes mal escriben en los medios son los editores y quienes deciden lo que se publica son los jefes de información y los directores, esos malos comunicadores son los responsables de la prensa que hoy tenemos.

Los peores eran los reporteros de la televisión, (algunos de ellos son ahora directores de medios) eran tipos sin escrúpulos y sin ética, eran asquerosos seres en búsqueda de notoriedad. Eran todo menos periodistas, o quizá yo era muy ingenuo.

Tenés que competir con otros medios y dentro de la redacción competir con tus “compañeros” de trabajo quien va en la portada, quien la primera página, quien la tercera, quien merece ser publicado y quien lleva mejor información. Nunca competí con ellos y por esa supuesta falta de interés un jefe de información me llamó a su oficina para decirme, “Aquí  tenés que ser la mejor pluma de Guatemala o meter zancadilla a tus compañeros de redacción de lo contrario no te publican” esa noche renuncié y juré no regresar a ningún medio de comunicación empresarial.

Las anécdotas son muchas y las aventuras más, claro encontré a personas entrañables y de mucho respeto, ninguno de ellos continua en los medios, todos han salido huyendo de ellos. Por eso y más: feliz día del periodista.

Autor: Juan Calles

Periodista, documentalista, lector de tiempo completo, ha facilitado el taller de narrativa del Centro Histórico. Autor de “Triciclo”, libro de cuentos cortos. Nació en mayo del 73, pero no está seguro de ello.

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