Dos citas con el vestidito de la suerte puesto

Cita I

Salieron un viernes, ella de flores y él de cuadros. El encuentro estaba estipulado para el parque, pero las coincidencias coincidieron y fue en el autobús que se encontraron. Quizá él la haya visto, pero se ubicó en las bancas de la mitad. Ella estaba en las últimas; trató de imaginar lo que tuvo que suceder para que se montaran en la misma metáfora. También se aterró de lo joven que era, justo en ese mismo momento construyó su caballito de Troya frente a semejante muralla de carne y hueso.

Era absolutamente hermoso, tan hermoso como impenetrable, más por lo que no dejaba salir que por lo que sí dejaba entrar. Le llamó por teléfono… no contestaba. Por primera vez en su vida no tenía dudas sobre la cita, el chico voltea, la mira desprevenida y cándidamente. Le pregunta sobre cuánto tiempo lleva mirándolo y ella le pide que busquen un asiento donde puedan ir juntos. A continuación una serie de balbuceos, frases sin sentido repetidas sistemáticamente por cuenta de los dos. No había vergüenza, tan igual el uno como el otro se miraban; digamos ―ridículamente― belleza y encanto bailaban.

Sin miedo confió… nada más esperaba que la besara. Caminaron por el centro de la ciudad, cogidos de la mano, como si se hubieran conocido desde antaño. Reían, hablaban, se volvían a reír, callaban como cómplices, o simplemente allí estaban: confluentes, convergentes, turgentes. Su saliva le esperaba pero el beso… el beso no llegaba. No podía creer que no lo hiciera; él la tomaba con su brazo y con un espasmo controlado y lento se acercaba para terminar huyendo. Veía que le gustaba ¿entonces por qué no lo hacía de una vez? Luego comprendió que el gusto no radica exclusivamente en el deseo. Sin embargo, cuando pensó que sería después, éste la toma ―un poco cinematográficamente― y ondula su lengua en la boca de ella. En una bocanada todo el amor.

 

Cinco meses después ella escribe:

He decidido hacerte un diario. Escribir día a día el peso de tu ausencia, que duele más por NO-ENTENDER-YO que por tú NO-ESTAR-MÁS: lugares comunes del amor que concibe el hombre para conjurar la falta de magia desplazada por el azar. ¿Síntoma de la edad? ¿Jovial candidez o aciaga certeza? JAMÁS LO SABREMOS. Entonces habrá que hacer experimentos infructuosos que no demuestren nada, que no restituyan EL-SEN-TI-DO de nada. Finalmente, una vez sabido esto, ya no hay punto de retorno.

Ariel, pienso en tu boca y… si tuviera que sintetizar tu cuerpo lo haría en “una boca con piernas”.

Lo mejor era vivir en las páginas. No se cree capaz de estar a la altura del azar, los acontecimientos la trastocan, no los padece simplemente, siempre los piensa, y cada vez las voces son más contundentes, pero no son voces -es mi voz- nunca me callo.

Cita II

La cita había iniciado mal. Llegó tarde, no mucho, pero tuvo que llamar para decir que no alcanzaba a llegar a la hora convenida. En realidad quería saber cómo era su voz (le gustó mucho) por el contrario la suya era nerviosa: acababa de imaginar la cita cancelada por un absurdo ocasionado por el padre: estaba encerrada como si tuviese 10 años… Pensó —siempre leyendo las vísceras de los pájaros— ¿y si era una señal de que el encuentro no era conveniente?  Y cuando la puerta de su encierro por fin se abrió, se dijo que, si había oportunidad, entonces era necesario salir al encuentro. Con mucho miedo y a la vez temeridad se arrojó a un encuentro con tantas expectativas que era imposible no salir menoscabada.

El desconocido era muy similar al amor de su vida —el de ese momento— por eso lo había escogido: una transacción sexual con un objeto vocativo de carne y hueso, y también parlante. Pero la metonimia se derrumbó cuando tumbados en la cama desnudos, recordó que hacía dos semanas había tenido un sueño con Ariel en donde tenían sexo pero su cara no le correspondía.

El tipo le dijo que no le gustaba, no porque ella tuviera algo específicamente que le desagradara, sino que no se sentía cómodo en su presencia. Justo lo que le pasó con “A”. Y este nuevo “A” (porque sus iniciales coincidían) también cumplía años un día 15 y del mismo mes: A-te-rra-dor.

Gimió todo el encuentro como una animal, primero en celo y luego vencido (no le gustaba pero se lo hacía tan rico, era como un profesional, un experto cuyo deber era complacerla) pero aquellas terribles coincidencias no dejaban de resonarle en el cuerpo… Definitivamente era el mismo “A” —ahora con otro rostro— diciéndole siempre NO.

Autor: Verónica Guzmán

(Medellín,Colombia, 1986 - ...) Quijote en cada centímetro de su metro y medio de estatura, no distingue entre la realidad y la ficción, por eso se aventura temerariamente a absurdos despropósitos para terminar siempre con la boca llena de sangre.

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