Efectos colaterales de la Rosa de Guadalupe

 

Me asalta una duda: ¿quién aguantará ver la Rosa de Guadalupe toda la semana? Solo que sean como yo, que muy de vez en cuando veo a Cash Luna solo por morbo. A La Rosa de Guadalupe me gustaría estudiarla con fines antropológicos para así poder sondear el imaginario social de la clase media y baja no solo mexicana sino también con éxito en Centroamérica, que supongo es por eso que la mantienen al aire.

Después de dos días consecutivos de sentarme a observar con detenimiento La Rosa de Guadalupe, le doy la razón a Odin Dupeyron. Este escritor plantea dejar de vez en cuando el pensamiento mágico pendejo.  La Rosa de Guadalupe le propone a su teleaudiencia exactamente lo contrario: Una hora repleta de clichés, cursilerías y finales mágicos pendejos.

Lo interesante del programa es la narrativa de sus historias, con las que grandes grupos sociales se identifican. Esto quizá sea fundamental, ya que del libreto y las actuaciones diría que poco se puede rescatar. Pero… ¿qué es en síntesis La Rosa de Guadalupe? Sino una serie de capítulos con historias independientes que se dedican a estigmatizar a los rockeros, a los marihuanos, a los gays, incluso a los mismísimos “nacos” que conforman la mayoría de su propia audiencia. Es como una mini telenovela con el sello de Televisa, o sea una gran marranada.

Un programa televisivo de 60 minutos que hasta risa da de lo mal hecho que está. Es la versión mágico-religiosa de Mujer casos de la vida real, aquella serie oldschool conducida por Silvia Pinal a la que muchas madres o trabajadoras domésticas estaban acostumbradas y ahora no les quedó de otra que prender la tele a las seis de la tarde y poner el 7 para tener  una versión “más contemporánea”. El vínculo de identidad entre ambos programas es claro, aunque claro La Rosa aborda temas más actuales como: engaños y secuestros a través de las redes sociales, la homosexualidad, las diferencias entre clases sociales y hasta el racismo, todo bajo un crisol mega mamón, mágico y estúpido pero que es extraído de esa dolorosa cotidianidad latinoamericana, lo que resulta asombroso es cómo nos atraviesan culturalmente estas tragedias.

Los capítulos —insisto, están producidos con el culo— capturan elementos de la realidad circundante y a pesar de las excesivas mojigaterías, los televidentes pueden sentirse visibilizados y retratados; lo que me hace pensar que no es un programa que tenga el gran mérito de imponer una ideología o un punto de vista, intuyo más bien que sus guionistas se nutren de la ideología estructural, normalizada y ya establecida, y que solapadamente le da continuidad a ciertos prejuicios y estigmas de la idiosincrasia latina, y aunque su “propósito” sea el de resolver conflictos con la ayuda de “diosito y la virgencita”  al final solo tratan de recrear un ambiente de tolerancia hacia esos mismos prejuicios. Sus finales no pueden ser más que fresas, ad hoc a la “nueva” imagen que quiere promover la iglesia católica: light, comprensiva, moderna” digamos con un Papa buena onda y fresh, aparentemente menos ortodoxo, así que desde esa moralina no se le puede pedir más.

En cambio, hay algo que sí hacen bien los creadores de La Rosa de Guadalupe: exhibir la necesidad de las personas de no atravesar o sentirse solos en situaciones críticas. Es entonces cuando  se fortalece la idea de que hay un ente superior al cual encomendarse, que dirija o resuelva lo que un individuo no se siente capaz de resolver, cuando se habla de esa fuerza externa superior, los productores  se echan a la bolsa a otros cristianos no precisamente católicos y el rating sube; llama también la atención que las valoraciones del bien y el mal nunca se revolucionan, solo llegan a una infantil tolerancia, entonces a pesar de que en lo personal me encanta la gente de fe, se me hace difícil ignorar lo mal intencionadas que son las sectas religiosas y que sí ese pensamiento mágico estableciera formas respetuosas de convivencia no fuera tan pendejo.

Si prevaleciera una verdadera y profunda conexión espiritual dentro de las tendencias religiosas de la actualidad quizás la mayoría de gente, viera lo que yo: que es un programa ridículo que en lugar de dar luces en la resolución de problemas simplemente los caricaturiza. Tengo fe en que llegue el día en que la Rosa de Guadalupe ya no se transmita. Mientras tanto…

Autor: Andina Ayala

(Guatemala, 1989) Practicante de la introspección como uno de los caminos hacia una convivencia real e integra con los otros, creyente de la ironía como herramienta pedagógica, hedonista, aprendiz de madre full time, politóloga empírica, muy muy empírica y antropóloga de formación en la USAC.

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