Ejercicios de fe

Fotografía de Fernando Chuy

Una amiga me dio a entender que teníamos que ponernos de acuerdo y pasar más tiempo juntos porque necesita alguien que escuche sus quejas constantemente. Le recomendé que se comprara un libro de la DIACO y respondió —no recuerdo bien— algo así como que sería perder el tiempo ridículamente.

Por supuesto, pero no dio chance de explicarle que escribir nuestros problemas ha de tener el mismo valor terapéutico que sentarse en un diván y contárselos a un desconocido profesional. La fe dispone de muchos terrenos baldíos, pero siempre es lo último que se pierde…

A mí me gusta imaginar que los libros de la DIACO están encantados y que si uno escribe en ellos exorciza las quejas del momento para que nunca más vuelvan a ocurrir. Similar al cuento de Borges donde el sentenciado a muerte profetiza las más horribles formas de su propio ajusticiamiento porque la prefiguración del futuro en realidad hace que lo prefigurado nunca ocurra; digamos, las veces en que me compraron un nintendo, gané la lotería y me otorgaron becas artísticas

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