Ejército de Guatemala, una institución que nació para cuidar la finca

El Ejército de Guatemala continúa teniendo un importante grado de aceptación dentro de la población. Sin embargo, dada la parca existencia de estadísticas confiables y de calidad, dicho respaldo dista de ser positivo y debe ser evaluado con detenimiento.

Fotografía de Lozano

Diariamente, vemos noticias que nos relatan cómo los oficiales del Ejército guatemalteco están involucrados en los más serios y bochornosos escándalos: misteriosas muertes de algunos de sus elementos; robos de arsenal a convoyes e instalaciones militares; enriquecimiento de generales, coroneles, capitanes y otros altos rangos a través de múltiples y millonarias estafas al Estado y a la propia institución castrense; patética participación en los partidos políticos más corruptos de los últimos años; permisividad ante la violencia sexual en contra de las oficiales por parte de los oficiales hombres; agresiones físicas en bandada a civiles desarmados; participación en secuestros, asesinatos y robos de autos; escándalos de inteligencia ilegal a líderes sociales y a políticos; participación activa en todas las expresiones del narcotráfico; y, una amplia lista más.

Una institución denigrada

Por añoranza dictatorial y por uno que otro amaño proveniente de la coalición “medios de comunicación/empresas encuestadoras”, el Ejército continúa teniendo un importante grado de aceptación dentro de la población. Sin embargo, dada la parca existencia de estadísticas confiables y de calidad, dicho respaldo dista de ser positivo y debe ser evaluado con detenimiento.

En primer lugar, porque la gente ciertamente asocia a los militares con mano dura y esto equivale a decir: con golpes de Estado, asesinatos, vigilancia y represión. Ello, no refleja más que la naturaleza propia de una institución podrida desde sus cimientos. La gente asocia a los chafarotes con personas entrenadas única y exclusivamente para matar. Nadie los asocia como actores clave dentro de un libre juego democrático y mucho menos con planteamientos serios de civilidad o, más bien, de vida colectiva en donde no predomine la lógica de las armas.

Fotografía de Lozano

En segundo lugar, porque en Guatemala se desconoce la idea de un ejército moderno profesional, cuya tarea consista en la salvaguarda de las fronteras y en el resguardo de la dignidad y de la soberanía nacionales. El país entero ve a los altos mandos como capos y al resto como gendarmes, auténticos policías de barrio: parados en las esquinas, insultando a las mujeres que pasan a su lado y cayendo a golpes a los jóvenes que no cumplen con sus estereotipos de “normalidad”. Es decir, que las personas ven a los soldados no como combatientes sino como celadores, lo cual explica que cada quien quisiera tener uno parado todo el día afuera de su negocio.

En tercer lugar, porque sus propias autoridades los promocionan como todo aquello que no es un soldado: limpiadores de carreteras, carpinteros, herreros, sastres y otras mil funciones más que para nada reflejan la esencia de una institución militar ni justifican los grandes rubros que desde el erario se les asigna, pues por si fuera poco, sus jefes cobran dicha mano de obra barata. Recuérdese que ninguno de los anteriores servicios que presta el Ejército es gratuito para la población, pues encima de que son pagados por el Ministerio de la Defensa, los servicios que prestan son cobrados a los otros ministerios.

Fotografía de Lozano

Los que han degradado a la institución

Contrario a lo que pueda pensarse, los principales responsables de la degradación del Ejército de Guatemala son sus propios líderes y los que hablan en su nombre. Vergüenza ajena haber visto como su principal carta de la época democrática, el ex general y ex presidente Otto Pérez Molina, quien se vendía como un militar disciplinado y de academia, haya demostrado de manera tan cruda la auténtica constitución moral de este gremio.

Fotografía de Simone Dalmasso

Y como Pérez Molina, hay cientos de ejemplares más, pues desde la Firma de los Acuerdos de Paz, ningún militar que haya salido a la escena pública lo ha hecho en términos honorables. Siempre se ha tratado de contrabandistas (desde antes de la Red Moreno hasta nuestros días), matones (los Zetas), ladrones (a López Bonilla o Juan de Dios Rodríguez) o simplemente cobardes huyendo de las cortes nacionales para no enfrentar a la justicia (imagen perfectamente encarnada en Ríos Montt llegando en camilla a los juzgados, presumiblemente drogado para convencer a los juzgadores de que era incapaz de declarar).

No se diga, la vergüenza que dicho gremio debe sentir cuando en su nombre hablaba Byron Lima (QEPD), gritando ¡Kaibil – Kaibil! como energúmeno frente a las cámaras hace apenas algunos meses; el deslucido papel de un chafarote mal logrado como Méndez Ruiz que puede ser considerado como el hombre de choque de los sectores más oscuros y mafiosos de la soldadezca más comprometida con crímenes de lesa humanidad durante la guerra; o, el de Zury Ríos, adalid populista de la pena muerte y de la defensa de la impunidad, pues recordemos que son muchos sus familiares los involucrados en la delincuencia.

La duda disipada

Hace poco más de 20 años, salvo los sobrevivientes de las masacres de la guerra, pocos hubieran pensado que la milicia fuera una institución tan aberrante. Pero sus actos públicos lo demostraron. Demostraron de qué estaban hechos y de qué eran capaces. Y existen cientos de casos más que de conocerse abonarían a la comprensión de una de las entidades más nefastas de la historia reciente de Guatemala.

Las noticias que hace dos décadas eran minimizadas, que les daban el beneficio de la duda, ahora son más abundantes y contundentes: militares involucrados en tal crimen, soldados participando en tal banda criminal, capturado ex oficial por crímenes del tal tipo, etc.

El futuro próximo

A pesar de lo anterior, parece imposible que una nueva generación de soldados esté en la disposición y capacidad a lavar la cara de su gremio, porque reformar al Ejército implica que deje de ser lo que es. Hoy en día, la oficialidad dentro del ejército es vista como una oportunidad de ascenso social para clases empobrecidas, primordialmente ladinas. Sin mayor convicción que la de obedecer a gritos y golpes para después cobrárselas a quien se pueda (y se deje), las actuales generaciones militares aspiran a comer migas de ese pastel denominado corrupción, y para ello se alían a quien sea, al que va en línea directa ascendente a los puestos clave dentro de la armada, al bando de quien suena como próximo comandante de cuartel o como próximo Ministro.

Los actuales oficiales aspiran a ser contratados por los Zetas para cuidar sus cargamentos de drogas, para trasladar mujeres y niños ilegalmente para la prostitución o a ser contratados por algún rico empresario nacional o extranjero para cuidarles sus pertenencias, para algún día llegar a tener las suyas propias. La generación pasada demostró que se podía. Se hizo de lujosas haciendas en Petén y en la Franja Transversal del Norte. Se apropió de rentables negocios en la ciudad Capital y otros espacios. Y se espera que puedan seguirlo haciendo.

El Ejército de Guatemala es una institución que no se puede rescatar y es un verdadero lastre para el desarrollo del país. Nació para cuidar fincas de los cafetaleros y para obligar a los campesinos a trabajar. No sabe hacer otra cosa más.

Y vivirá así, porque su pasado de sangre no puede ser borrado; porque la gente no le aprendió a tener respeto sino miedo; porque se sabe relativamente a salvo porque al momento de tener que confesar sus delitos puede pasarse llevando a prominentes hombres de negocios. Sin embargo, vivirá siempre sin honor, sintiéndose traicionado por Estados Unidos porque después de que los entrenó para torturar, ahora los acusa. Muchos de sus hombres ahora son ricos, pero seguirán siendo vistos como los que todo lo que tienen, se lo robaron.

Autor: Juan Pablo Muñoz Elías

Estudiante. Platicador. Bohemio. Amigo. Humano al fin.

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