El acoso callejero no es gracioso, ¡Mula!

Fotografía de Javier Herrera

Como otros tantos días iba y venía de la universidad, tenía que ir al centro de la Ciudá para hacer varios mandados, el calor del mediodía me estaba pegando duro, recién mi pachón se había quedado sin agua, no había comido aún, el bus iba como para explotar, estaba cansada y hasta parecía que a la gente le salía vapor la cabeza.

Las horas se me hacían eternas… Aparte de tener que lidiar con todas esas cosas, no faltan los hombres que se quieren pasar de “caballerosos” al quererme ceder su asiento en el bus, que se me acercan de más para ver mi escote, los que se ponen cerca de las barandas para verme las piernas o los que me gritan “piropos” mientras voy pasando.

Una no se puede poner a pelear con cada acosador que se encuentra en la calle, de ser así, tendría que tener otra mochila llena de piedras, gas pimienta, un teaser, un bastón de metal, tener energías para gritar y maltratar a todo aquel que ose decirme “rica”, “mamasita”, etcétera. Esas conductas machistas de gritarnos cuanta cosa se les ocurra nos denigran como mujeres, haciéndonos sentir que solo somos un objeto sexual para ellos, no debemos normalizarlas en ningún momento, ni ignorarlas, pero sí condenarlas. Nada ni nadie nos asegura que algún día se acabe el acoso callejero.

Ese día en específico, lo recuerdo no por todo el hombre que me gritaba o me decía cosas mientras caminaba por la calle, sino porque mientras esperaba hacer el transbordo en la estación de bus, una señora se me acercó muy cuidadosamente, pensé que iba a preguntarme cómo llegar a algún lugar o algo por estilo, sin embargo solo logré escucharle decir: ¡Qué peligroso!, me quité los audífonos para escucharle mejor, ella se acercó aún más y me dijo: Con vestidos como el que tiene puesto puede sufrir las consecuencias, ahí se recuerda.

¡Ah, puta! No sabía que cargar puesto un vestido pueda ser motivo para estar en peligro. La señora me agarró del peor humor que alguien puede encontrarme jamás, le respondí muy suavemente: Hay que ser jodidamente conservadora, puritana y MACHISTA para decirme eso, señora, mientras miraba un rosario colgando de su cuello, varias personas lo presenciaron.

Así subimos al mismo bus, ella se fue en el asiento amarillo a pesar de no tener una edad para considerarla anciana, tampoco tenía una discapacidad física. Se me quedó viendo con una mirada de odio durante el recorrido, fui una “descortés” por responderle como lo hice, le decía a otra señora que iba sentada a su lado, además de que fui una abusiva mientras que ella sólo quería “advertirme” del peligro de usar un vestido.

Decidí ignorarla y al bajarme en mi parada no podía evitar pensar en todas aquellas mujeres que han sufrido de un ultraje que otras mujeres justificarían con cosas tan absurdas como la vestimenta, el andar sola, el salir a divertirse, el caminar por la calle a ciertas horas, etcétera. Estamos en pleno siglo XXI, no en la época colonial, pero como que hay personas que se quedan estancadas.

A huevos ¿y cómo no?, si Guatemala sigue siendo una colonia, donde a las personas se las puede babosear con teléfonos que reemplazan espejitos, la Iglesia que no ha cambiado en absolutamente nada y se veneran a personas que dicen ser los enviados o “ungidos” de Dios, repiten cosas de un viejo testamento y lo interpretan como se les da la gana para obtener beneficios y dominar a las masas. Díganme hereje, feminazi o cualquier cosa que se les ocurra, pero ustedes y nosotras sabemos que es cierto.

Esa señora solo me recordaría las veces que algunas amigas me contaban cómo las habían tocado en el bus, en la calle, en su casa por parte de familiares cercanos, sus lágrimas, su enojo, la impotencia al contarle a sus mamás, tías o abuelas, teniéndoles la confianza y denunciando esos abusos, pero algunas recurrían al mismo comentario de la señora del bus: Es que eso pasó por tu culpa, porque vos te lo buscaste, porque mirá lo que traes puesto, también diciendo: Es que son hombres, es lo que ellos hacen.

Siempre que escucho eso me hierve la sangre, siento que el corazón se me sale del pecho. Esos comentarios evidentemente solo nos hacen sentir más culpables, sentirnos mal y responsabilizarnos a nosotras mismas logrando crear en un futuro a mujeres sumisas ante cualquier tipo de abuso de un macho que utilice su fuerza para imponerse sobre cualquier mujer que encuentre en su camino.

Fotografía de Fernando Chuy

El acoso callejero no es gracioso

No es gracioso escuchar cochinadas, tampoco lo es si se nos sigue por la calle para ir “bromeando” con nosotras. Al salir de nuestra casa, no lo hacemos pensando atraer hombres desconocidos con prácticas violentas que quieran pasar dándonos una nalgada cuando van en la bicicleta o en el carro mientras vamos caminando. Que se nos peguen en el bus para frotarnos sus genitales, para que nos toquen en un descuido al bajar del bus o de la pasarela, que quieran tomarnos fotos si usamos un vestido, que se nos acerquen para decirnos “piropos” al oído, etc. Todo eso, más que gracia, nos causa miedo, asco, nos repugna.

Aparte de esas ondas del acoso, se ven prácticas machistas en todos lados, desde el líquido azul en las toallas femeninas, los memes en las redes sociales, las canciones, los encabezados en los medios de comunicación tradicionales, los salones de clase, el trabajo, etc., absolutamente todas y todos nos hemos hecho de la vista gorda ante estas situaciones, no cuestionamos casi nada, nos da hueva hacerlo, recurriendo a ignorarlas tanto que hasta las vemos como una práctica normal, sin darnos cuenta que caemos en el juego.

Nadie está libre de pecado y si así fuera es porque pertenecés a otra galaxia y viniste en un UT-60 de Star Wars (chileras esas ondas). He conocido a gente de lo más conservadora y cuadrada que puede haber, hemos discutido, me han criticado o hasta dejado de hablar. Así también mara feminista que de igual forma me han criticado por no estar 100% de acuerdo con ellas, para luego señalarme con el dedo, tanto que se han tomado el tiempo de decirme hasta de qué voy a morirme. De todo hay.

En general es mara que no termina de comprender que los cambios se dan de a poco, no digo que yo no quisiera que el machismo y el hetero patriarcado opresor se acabe, de una manera utópica sí, todo ser racional lo quiere, lo desea, pero tampoco se puede hacer de la noche a la mañana, menos en un país en donde seguimos sufriendo las consecuencias de hace 500 años, pareciera que vivimos en el siglo XV, sólo que con acceso a la tecnología, explotación adornada con salarios, activismo desde un teléfono y sentados en un sillón.

Seguimos siendo parte de una colonia, donde se dice que tenemos un Estado laico, pero sus gobernantes e instituciones van vendiziendo todo y a todos en su camino, como si fuesen el santo pontífice o un pastor evangélico barato. Donde se quiere imponer la religión cristiana en el pensum de educación pública, censurar la educación sexual y declararla herejía o pecado, basándose en un libro donde las serpientes hablan, los hermanos pueden matarse y los parientes pueden casarse entre sí… pero no está muy lejos de nuestra realidad si la aplicamos a la política nacional. A su vez, todos estamos tan acomodados a mostrarnos indignados solo en las redes sociales, levantarnos cada tanto del sueño de nuestros privilegios con el despertador de una “nueva crisis”, tragedia o escándalo.

Pensar de manera individual es nuestro pecado, creyendo que “en nosotros mismos está el cambio” es como tocar el timbre en una casa llena de cámaras de seguridad para salir corriendo esperando no ser agarrados caídos. Una tontería. Hay que construir una colectividad incluyente y con equidad, cambiar el sistema para asegurar un cambio estructural, tal vez de esa forma se logre erradicar el patriarcado y el machismo (We will not know) o al menos se habrá hecho el intento. Pero no me hagan caso a mí, yo desvarío, de un comentario o suceso puedo sacar mundos imaginarios que pronto la gente utilizaría en mi contra para llamarme de cualquier manera que se les ocurra.

Fotografía de Fernando Chuy

Autor: Ivonne Monterroso

Ivonne Monterroso. (Guatemala 1994 - ...) Morena de ojos grandes, melómana, "tía cosa" por las noches, cantante de ducha, inquieta por naturaleza, astral nebulosa, soñadora y amante de todo.

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