El amor en los tiempos del Tinder

Labios de cubilete

Fotografía de Javier Herrera

Volteo a cualquier parte y veo a varios de mis amigos con pareja, ya se pusieron a vivir con alguien, se van a casar o están empezando a formar una familia. Me gusta verlos felices, los felicito. A veces yo también quisiera tener lo que ellos…, pero a huevos que no es mi prioridad, apenas tengo 23 vueltecitas al sol, no obstante, aunque no lo ande buscando siempre, a veces se hace necesario un poco de calor y cariñito.

Se me fue un poco el tiempo, me enfoqué tanto en mí y mi bienestar que se me fue la onda, un día poniéndome a pensar en lo poco o mucho que he logrado en mi carrera profesional y relaciones interpersonales, logré darme cuenta que me encontraba bien sentimentalmente como para ver si ya era hora de empezar a acceder a aquellas invitaciones a salir con alguno que otro chavo que me estuvo tirando la onda tiempo atrás.

¡Cagada!, los chavos se cansaron de esperar una respuesta a la invitación a un café o las chelitas, que cuando decido escribirles para invitarlos, veo en los perfiles de sus redes sociales que ya tenían novia, estaban saliendo con alguien o simplemente ya se les había pasado el “mosh” de salir conmigo. Me lentié con varios, más porque yo soy algo lenteja con esas ondas y sí, no lo voy a negar, también me hago un poco la rogada.

Bueno, cada vez se hacía más grande mi curiosidad de salir con alguien, más si resulta ser el chavo que me gusta desde algún tiempo y con quien no he salido sólo porque no se nos ha dado el momento. Ya no estoy acostumbrada a coquetear, y me cae en los ovarios que me halaguen o que me digan cosas bonitas todo el tiempo, me resulta empalagoso. Así empecé a ver qué pedo con algunos chavos que estaban guapetones y me caían bien como para salir a beber algo o comer unas tortillas con buche donde Doña Mela.

Al ir saliendo con uno y otro, iba con expectativas tipo las películas románticas, donde todo es perfecto desde la primera cita. Muy ingenuo de mi parte porque a huevos no fue así, es más, en algunas de esas salidas lo único que quería hacer era decirle al chato Gracias, pero no gracias. Mejor si quedamos como cuates, luego abrazarlo, darle un piquito de consolación y salir corriendo despavorida en la primera oportunidad que tuviera para luego encerrarme en mi cuarto y seguir quejándome de que no salgo con nadie.

 

Una aplicación al vino-vino…

Creo que crecí mucho en poco tiempo y sin darme cuenta, ahora lo primero que pregunto es cómo se llaman, su edad, a qué se dedican, qué hacen en sus tiempos libres, y ese tipo de cosas, algo que a veces los incomoda, pero bueno, lo quisquillosa o quisquilloso lo tenemos todos. ¿Cómo voy a encontrar a alguien que me atraiga física e intelectualmente, sin tener que sentir que pierdo el tiempo con chavos que aún no saben qué quieren en la vida? Haciendo memoria una noche, recordé que algunas veces escuché que mucha mara usaba una aplicación para salir con gente de gustos o intereses similares y hacían “clic” casi inmediatamente. Tenía que probar esa onda, quizá así me evitaba tanto flirteo innecesario y torpe con algún men mal parado.

Descargo, instalo y me suscribo a Tinder, una aplicación que surge con el mismo fin, encontrar mara que sea compatible conmigo, conversar y acordar salir, pero ya en el camino y con mis primeros matches me di cuenta que ya no era necesariamente una salida para encontrar a mi “alma gemela”, sino que podría tratarse de algo más directo y al grano: COGER. Esa onda ahora se utiliza para buscar una posible aventurilla de una noche, y si todo resulta bien, un fuckbuddie o amigo con derecho por tiempo indefinido.

Eso lo comprendí después de negarme a las solicitudes de varios muchachos que me pedían nudes y cuando no se las mandaba me dejan hablando sola. Era interesante casaquearme extranjeros en su mayoría, que confirmarían que mi color de piel les atrae o que mi cabello les parecía hermoso, pero lo que más me llegaba era que me preguntaban directamente a qué me dedicaba y podíamos conversar por horas acerca de lo que yo hacía, al igual que ellos, de dónde venían y ese tipo de cosas. Soy rara, soy de la idea de que no me gusta mucho que me coqueteen, me gusta más coquetear y esperar una leve señal de rechazo para saber que la estoy cagando, porque yo sé que si alguien me coquetea y le doy a entender de una manera sutil que no me llama la atención, seguirá insistiendo y desesperándome a tal punto de que yo lo empiece a ignorar.

Conversaciones aquí y allá, al tiempecito ya tenía a varios muchachos hablándome en cualquier momento del día. Era agradable ver la respuesta ante mi necesidad que en realidad no era una necesidad, sino más bien pura calentura. Varias invitaciones a salir a beber a lugares de zona 10, a la Antigua, irnos de fiesta, etc., eran lo más común que podía esperar en las notificaciones de mi teléfono, tenía tantas llamitas que esa onda casi me prende fuego. No salía con nadie, solo les daba casaca y nada más, cada día me convencía más de ser una calientahuevos porque no me cabía la idea de tener algo de una sola noche con alguien que no volvería a ver en la vida.

Celulares, uñas pintadas

Fotografía de Javier Herrera

El “match”

Pasaron casi dos meses antes de que saliera con alguien por primera vez. Se trataba de un viajero de origen vasco que andaba de paso en una aventura desde México hasta Panamá, con quien hice “clic” en conversaciones simples y cortas a través de la aplicación y luego en WhatsApp. Su andar de arriba para abajo y el no tener wifi todo el tiempo, hacían que nuestra comunicación se hiciera intermitente. Me preguntaba acerca de lugares a dónde ir, qué hacer y algunas veces cómo movilizarse por algunos sitios de Guatemala, días después me mandaba fotografías de los lugares y comidas que le recomendaba. Era agradable ver cómo alguien que no me conocía, apreciaba cada cosa que yo le decía, lo sentía como un amigo al que muy probablemente jamás conocería, mis horarios complicados y su ir y venir sin un rumbo fijo eran el impedimento principal.

Entre nuestras pláticas me invitó a acompañarlo al Lago de Atitlán, estar un rato juntos, convivir, conversar, pasarla chilero pero ¡Oh, sorpresa! No me pelaba tanto mi trabajo y la universidad como para dejarlo todo, aunque sí me hizo pensar mucho en irme o no, sólo serán unos días me decía a mí misma, pero la inseguridad culera y el miedo a no cumplir con mis responsabilidades me detuvieron, ya no pude ir, pero no significó que él dejara de hablarme, es más, creo que buscó otras alternativas para que pudiésemos vernos.

Se aproximaba la Semana Santa y días previos a ella, los huelgueros sancarlistas tenemos tiempo para armar nuestras carrozas, esos días la mayoría de mara los utiliza para pelarse la vértebra o aprovechar para irse a sus pueblos. Yo tenía un poquito más de tiempo libre y no debía presentarme a la oficina, así que un día, casi por casualidad, el muchacho me habla para decirme que estaba en Antigua y que podíamos vernos si yo estaba de acuerdo y si tenía tiempo. Mi cabeza se llenó de cuestionamientos, no sabía qué hacer, pero en esos momentos dije ¡Qué putas, pues voy!, agarré mis cosas y me fui.

Maquillaje

Fotografía de Javier Herrera

Agarrar camino por un chile

Tratar de salir de zona 1 un jueves por la tarde camino para la Antigua sólo por un chile era una locura, más que eso, pensaba que era una mulada, el congestionamiento me daba ganas de dejar plantado al muchacho, tirar todo a la mierda y regresarme a mi casa, pero mi curiosidad me decía lo contrario. Esa espinita o terquedad de ir a ver si había caído en las garras de algún estafador de Tinder o no, era lo que me movía y me daba la valentía de irme sola hasta allá. No es que quedara lejos, ni nada por el estilo, pero bien podía sentirse que me hacía miles de horas en el camino para llegar. Al final llegué, me bajé toda atolondrada del bus, porque no conseguí jalón, busqué la ubicación que él me había mandado para dar con el hostal, pero mi teléfono no estaba colaborando. Parecía una extranjera con una mochila en la espalda que estaba perdida en las calles de la Antigua, no se crean que soy una lela, simplemente me desubiqué por el nerviosismo que se apoderaba de mis canillas y no me dejaba moverme bien.

Al llegar al hostal donde se hospedaba, hablé con la encargada y le pregunté sobre él, ella asintió y me dice que de plano no tardaba en llegar porque había salido, decido esperarlo y en eso no podía evitar pensar si iba a resultar siendo el chavo que veía en las fotos o si iba a ser un señorón mañoso que le gustaba “echarse” polluelas como yo, o en el peor de los casos, un violador en serie que iba escapando de la ley en varios países del mundo. Mi mente paranoica no estaba ayudando en nada, sin embargo, decidí esperar a ver qué onda, si no me gustaba, simplemente agarraba mis tanates y me iba a la casa de una amiga. Después de varios minutos que parecían ser eternos, aparece el muchacho después de dar algunas vueltas por la ciudad colonial. Pensaba todo eso mientras les sobaba la pancita a dos gatos inquilinos de ese lugar que llegaron a hacerme compañía.

Al encontrarnos, sentí un gran alivio que no puedo explicar, al final sí resultó ser el aventurero que había visto en su blog y fotos, pero también tuve una sensación de haberlo visto antes, lo percibí como un amigo de hace mucho tiempo que dejé de ver por algunos años pero que la amistad aún seguía ahí. Curioso, eso casi nunca me pasa con nadie. Caminamos, conversamos, compramos cosas y cocinamos juntos (ahuevos, es raro, nunca cocino y mucho menos con alguien que acabo de conocer), pero se sentía tan natural todo que me peló mi recelo y conflicto con la cocina.

El muchacho en cuestión, me hablaba de todo: sus viajes, sus experiencias, los idiomas que hablaba y cada vez que lo hacía, sonreía y se le iluminaban los ojos. Él no necesitaba mucho, sólo su mochila, su carpa, su teléfono para hablar con sus familiares, escribir en su blog, la cámara y demás cositas esenciales, con eso era más que suficiente. Cargaba su Kindle siempre consigo porque le encanta leer, le entretiene en los largos y solitarios caminos que no tienen muchas cosas por ver. Sin quererlo nos dimos cuenta que teníamos muchas diferencias, pero también muchas cosas en común. Me shoqueó.

Pasó la primera noche hablándome de estrellas y constelaciones, de sus viajes en un tren que transportaba metal, de la manera de escribir sus vivencias, teníamos para hablar todo el tiempo pero nos entretuvimos en otras cosas que no precisaban de palabras. Temprano en la mañana debía irme, tenía que regresar a la ciudad y me fui todo el camino pensando en él y recordando su insistencia para que le acompañara a conquistar la cima del Volcán Acatenango, pero mi pésima condición física me hizo echarme atrás. Era mi primer Tinder y me había gustado mucho, no por la emoción de salir con un extranjero, sino por la calidad de persona que resultó ser él. Pasaron dos días para que volviéramos a hablar y me contara de su experiencia en el volcán, mandándome fotografías de la vista y me invita a pasar otra vez de “visita”, porque también le agradó mi compañía.

Ni lenta, ni perezosa emprendí mi viaje otra vez a ese lugar. Esta vez fue diferente, pasamos más tiempo juntos y él se abrió más conmigo, sus deseos, sus aventuras, sus emociones y planes iban en cada paso que dábamos, le gustaba caminar tanto como a mí. Por un momento sentí encontrarme a mí misma en él. Lo catalogué como ¡WOW!, porque en serio, todo era así. Todo se daba tan fresco que lo consideré un buen amigo. Hablábamos de música, fotografía, sexo, personas con las que habíamos salido, etc., era como ponernos al día después de mucho tiempo. Su nariz (¡Como me gustaba su nariz!) y a él le gustaba mi melena larga.

 

Aquellas personas que uno nunca olvida

Después de varias horas yendo y viniendo, de escuchar nuestras historias, debíamos despedirnos porque ya era el momento de irme y él debía seguir con su viaje, caminamos un poco más, comimos rellenitos mientras veíamos el fervor de los religiosos cucuruchos que andaban con sus familias por las calles de la Antigua. Deseaba que esa noche no acabara, él de seguro pensaba lo mismo porque me pidió que me quedara, lo estábamos pasando genial como para dejar las cosas así nada más, pero había que poner los pies en la tierra y saber que todo lo bueno acaba. Nos dimos un fuerte abrazo y me marché, con un sabor agridulce en la boca y aquel pensamiento de ¿Qué tal si…?

Él resultó ser de aquellas personas de las que una no se olvida, no por los polvos (aunque también), sino por su esencia y por lo cómoda que me hizo sentir, me alentó a que siguiera mis sueños, que viva el día a día y aprecie las cosas pequeñas porque son las que cuentan. De igual forma a seguir saliendo con las personas, amarlas no de manera romántica, sino más humana y real, ahora voy aventurándome, no para encontrar al amor de mi vida, sino a ya no restringirme y tener miedo de salir con personas con las que antes pensaba que nunca saldría, esas personas resultan ser las más interesantes y Tinder es una herramienta que colabora un cachito con eso.

Autor: Ivonne Monterroso

Ivonne Monterroso. (Guatemala 1994 - ...) Morena de ojos grandes, melómana, "tía cosa" por las noches, cantante de ducha, inquieta por naturaleza, astral nebulosa, soñadora y amante de todo.

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