El caldo de la semana

Fernando Chuy

Fotografía de Fernando Chuy

Por Juan Calles

El sol de las nueve de la mañana de un marzo cualquiera me quemaba la cara y el calor pegajoso y brutal hacían que la cruda me palpitara en las sienes y en las manos, la sed apretaba, y un punzante dolor de gastritis se ensañaba con mis vísceras.  Con la mirada busqué una sombra, un lugar para darme un respiro. Esta vez estaba a punto de rendirme y tirarme a dormir en cualquier banqueta.

Lidiar con la cruda es parte del placer de la borrachera, eso cuando tenés billetes en las bolsas; yo me busqué entre el pantalón, y sólo pude encontrar tres monedas de veinticinco centavos, dos chicles de menta, las llaves de la casa, un cuarzo que me regalo una amiga bruja y un papel arrugado en donde apunté el número telefónico de Leticia, no podía recordar quién era ella.

Una desolación inconmensurable me cayó encima, me aplastó, sentí hambre y ganas de llorar, caminé hasta una tienda en donde varias veces invité a tomar cerveza a los bolitos de la esquina, quizá ellos podrían devolverme el favor y alivianar la cruda y la desolación.  No encontré a nadie, las mesas abandonadas eran flanqueadas por tercas moscas que se posaban en un charquito de cerveza vieja.

Decidí utilizar las tres chocas para llamar al teléfono de Leticia. Así por lo menos me enteraría quién era y por qué tenía su número apuntado. Llamó tres veces y cuando estaba a punto de colgar respondió una voz desconocida y cansada. Luego de las preguntas de rigor y las explicaciones de por qué llamaba, ella se rio de buena gana, luego sin más preámbulo dijo algo como: Estoy en el mercado de La Parroquia comprando las cosas para el caldo de res, si quiere se viene y va a comer a la casa. Me quedaban siete segundos de la última moneda, solo tuve tiempo de decirle que estaba cerca que nos encontráramos en donde parquean las camionetas de Canalitos. No sabía cómo la iba a reconocer, no tenía ningún recuerdo de ella, pero esperaba que ella me reconociera y me hablara. Caminé, no, corrí hasta el mercado y me senté a esperar que una mujer con cara de Leticia me hablara.

Mientras esperaba empecé a cabecear, el sueño me vencía, alguien me tocó el hombro diciendo Y usted, ya se está durmiendo y ni siquiera hemos empezado”, era la voz del teléfono, era Leticia, tardé algunos segundos en reaccionar, meditando y calculando mi reacción al verla para no evidenciar que no tenía idea quien era ella. Mis ojos se acostumbraron a la luz y enfocaron el rostro de la mujer, era morena, usaba el pelo corto, en los dientes usaba una corona de oro, llevaba en los brazos muchas bolsas llenas de vegetales y hierbas. Intenté una sonrisa, a usted le urge un su trago véngase me dijo y empezó a caminar. Yo la seguí como cachorro agradecido.

Entramos a una tienda, allí muy cerca del mercado, desde allí podía ver el Cerrito del Carmen, se miraba fresco y verde, me dieron ganas de estar allí. No terminaba mi ensoñación y ella ya regresaba con dos cervezas heladas, una en cada mano, su sonrisa adornada con la corona de oro me pareció hermosa y tierna. ¡Salú!, dijo y se empinó la cerveza, pude ver su axila velluda, me excitó.

Terminamos la cerveza y caminamos, le quité las bolsas del mercado y las cargué hasta su casa, la cerveza me había energizado. ¿Por qué se fue tan temprano? Yo hasta desayuno le iba a hacer, siguió haciendo preguntas de todo tipo, no esperaba mi respuesta, solo preguntaba y preguntaba, yo intentaba recordar que había pasado y como había ido a parar a la casa de Leticia ¿Quién era ella?  Mientras hablaba sacó las verduras del mercado, las ordenó en un canasto plástico, las lavó y cortó en pedazos, entre todo eso tuvo tiempo de sacar de un escaparate lleno de adornos viejos una botella de ron añejo. Me sirvió un trago y me guiñó un ojo. Bebí con ganas y alivio.

Puso todas las verduras en una olla, las colocó al fuego, cortó grandes y gordos trozos de carne de res, los salpimentó y los puso en una olla de presión. Mientras está el caldito repitamos lo de anoche me dijo acercándose mucho a mí. Sentí un agujero en el estómago, los cincuenta y cinco años de Leticia se me vinieron encima, un huracán con aliento de cerveza.

Cuando salimos de su habitación, la cocina, la casa entera, olía a las verduras que se cocían en agua hirviendo. Ese olor herbal calentaba la casa y mi saliva se hacía agua. Abrió la olla de presión, sacó los grasientos pedazos de vaca y se los agregó a las verduras, dentro de la olla la combinación de la carne y las verduras crearon una sopa grasosa que hervía provocando un olor surreal, olor antiguo, olor de caldero de abuela bruja y sanadora. Un arroz blanco humeaba sobre la estufa, y ella ya picaba chiltepes, cebolla blanca y cilantro para el picante. Esto lo va a curar de una vez por todas, me dijo entre maternal y lasciva. Maldito Freud pensé pero no dije nada.

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Fotografía de Lozano

Mientras servía el caldo en tazones verdes yo preparaba dos cubas con mucho hielo, el cuerpo ya no me temblaba y la cercanía del caldo de res me animaba; nos sentamos a comer y brindamos, ella se veía feliz y plena; supongo que yo me veía ansioso por comer el caldo y más que todo parecía un gigante signo de interrogación que sorbía el hirviente brebaje. Desde la primera cucharada que quema la lengua, el efecto sanador se siente en todo el cuerpo que agradecido relaja los músculos, suda y cierra los ojos imaginando como la cruda abandona tu cuerpo lacerado.

El picante, la grasa de la carne, los pedazos de zanahoria y güisquil, los elotes, el limón, todo en el cocido me hicieron sentir muy bien; el alcohol de las bebidas ya hacía su efecto, mi cerebro ya no trabajaba a marchas forzadas, más bien flotaba entre el bienestar del estómago lleno y el dulce alcohol hidratando mis entrañas. Se me escapó un suspiro de alivio mientras estiraba la espalda, Leticia aprovechó para sentarse en mis piernas, su enorme cuerpo aplastó mis extremidades, besándome el cuello me dijo Ahora se tiene que ir porque ya va a llegar mi marido; nos vemos el domingo otra vez, que él tiene turno y el lunes no se vaya tan temprano. Me puso un billete en la bolsa de la camisa, No falte el domingo mi amor me dijo despidiéndome en la puerta de su casa.

Voy a regresar por el caldo de res.

Autor: Barrancopolis

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