El día que conocí al Tecolote

Arnoldo Ramírez Amaya (a la derecha) en la ciudad universitaria. Fotografía de Mauro Calanchina

¡Abra la puerta Teco, soy el Rony!, vocifera mi hermano frente a una vivienda de la zona 3 una mañana de 1970. Cuando sale un bróder enfundado en una camisita de poliéster, bien pegada a un físico atlético y moreno. Un greñudo con tremendo afro y una barba de candado, larga e hirsuta. Se mira que anda en otra onda…

El Tecolote nos recibe con agrado y le dice a mi hermano: ¿Qué onda, te trajiste a tu hermano?, ¡Qué onda Ronito! Me saluda. Pasamos adelante a un caserón enorme, algo frío pero bien iluminado por grandes ventanales.

Es un día gris de invierno en ciudad de Guatemala. Una enorme mesa de trabajo. Láminas, troqueladores y dobladoras de metal. Olores a solventes y químicos muy fuertes. No obstante, se forjan un su enorme joint y lo encienden. Me distraigo viendo a una de las paredes, mientras los “mayores” conversan y se fuman su puro.

Llama poderosamente mi atención un grabado a tinta negra, sobre fondo blanco, tal vez como de un metro de alto o más que superaba mi estatura (yo, recién había cumplido los 6 años). Una intrigante y extraña “criatura”, parte mano, con dedos gruesos (parecido a las animaciones de Yellow Submarine, película que ya me había gozado con un primo) que sostienen una pluma de tecolote (me imagino), como dispuesta a escribir sobre una hoja, aún blanca, prístina. Dos misteriosos ojos a los lados de ese animal-extremidad-escritor-insecto, ya que de los lados se proyectan dos largos filamentos, parecidos a las largas antenas de una cucaracha. Pestañas, semejantes a las plumas de los tecolotes, largas y que parecen manchones de tinta peinados, sobre los ojos que ven hacia el frente, como viéndome directamente.

Un escalofrío baja por mi espalda, pero no puedo separar mi vista de semejante imagen. La observo, absorto imaginando que en cualquier instante saltará hacia mí, dejando una estela de colores tras de sí. No puedo olvidar los fuertes olores de solventes y del THC mezclados flotando en el ambiente. Mi hermano se acerca, me llama. Nos despedimos.

El Tecolote me carga hasta la puerta. Huele a mota por todos lados. Yo le sonrío. Mi hermano se despide. Nos vamos bajo la lluvia.

Fotografía de Mauro Calanchina

Autor: Larry De León

(Guatemala, 1964). Buscador de una verdad cada vez más compleja; veo la humanidad como una sola.

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