El diablo y el puente sobre el Main

Frankfurt

Cuenta la leyenda que hace muchos siglos, los habitantes de los pueblos de Frankfurt y Sachsenhausen, situados en riveras opuestas del río Main (o Meno, en español) no lograban construir un puente que uniera ambas comunidades. Al parecer a aquellos pobres germanos medievales la arquitectura, como a Messi ganar copas junto a su selección nacional, simplemente no se les daba. El asunto es que, desesperados por no encontrar el modo de unir ambas riberas e impulsar así la economía y la interacción social entre ellos, los atribulados vecinos no hallaron más solución que invocar al diablo.

Es bien sabido que entre las muchas habilidades del chamuco se encuentra la de arquitecto y constructor, y no son pocas las obras que se le atribuyen, como el acueducto de Segovia, y hasta el Puente de Los Esclavos acá mismo en Guatemala. Como buen hombre de negocios neoliberal que siempre ha sido (antes incluso que se inventara el término), el diablo acudió puntual a la invocación realizada y les planteó sus condiciones a los pobladores: Con gusto les construía su puente, sin pedir a cambio nada más que, modestamente, el alma del primero que lo cruzara.

Los habitantes de ambos lados del río deliberaron un buen rato, preocupados por la salud espiritual de todos sus habitantes, hasta que al fin tomaron una decisión. El progreso y el crecimiento económico bien valían el alma de tan sólo uno de ellos (si total, eran un montón y no tenían pensado dejar de reproducirse), así que aceptaron.

Una vez debidamente  rubricado el acuerdo, el diablo puso cachos a la obra y en muy poco tiempo el puente estuvo terminado, logrando por fin la anhelada unión entre Frankfurt y Sachsenhausen. (Los habitantes tomaron nota de los métodos empleados, y después construyeron ellos mismos muchos otros puentes que aún se utilizan).

 Llegó el momento de la inauguración del puente y los habitantes de ambos pueblos se acercaron nerviosos, para ver quién era el primero que cruzaba, mientras el diablo impaciente miraba su reloj, porque bueno, tenía otros puentes que construir y otras almas que llevarse. Resulta ser entonces, que el primero en cruzar el puente fue un gallo que vivía en Frankfurt, y siendo un habitante de la comunidad, el diablo tuvo que llevárselo dando por saldada la deuda. Ignoramos si el animal despierta al diablo todas las mañanas en el infierno o si fue cocinado en chicha de inmediato, pero los lugareños agradecidos, le levantaron una estatua al pie del puente, por haberse sacrificado en lugar de cualquiera de los habitantes humanos.

Todo esto me lo narró la poeta guatemalteca Tania Hernández (bueno, los comentarios al margen son míos), residente desde hace muchos años en la bella Frankfurt am Main (o Frankfurt del Meno, en honor al río que tanto fastidió a los pobladores), de la cual su vieja vecina, Sachsenhausen, es hoy un barrio. Ahí se concentran la mayoría de bancos de Europa, y su línea de rascacielos impresiona, empequeñeciendo incluso a la antigua catedral de la ciudad. A este respecto, reflexionaba Tania que antes los edificios más altos de las ciudades eran las catedrales para impresionar a los hombres y demostrar el poder de la iglesia, mientras que ahora son los bancos, básicamente por la mismísima razón. Otro detalle curioso de Frankfurt es su centro histórico, hermoso aunque en realidad falso, porque el original fue arrasado durante la Segunda Guerra Mundial, y luego reconstruido al detalle, desde cero.

¿Y el diablo? Pues dicen que, harto de ser engañado de formas similares una y otra vez durante siglos, decidió por fin radicarse en Guatemala (cuyo clima le gustó después del asunto del puente de los Esclavos), y sigue dedicado a la construcción, pero aprendió su lección. Para evitar quedar burlado, hoy no termina ninguno de los trabajos que se le encomiendan. Simplemente presenta presupuestos, exige sobornos, se queda con la mayor parte del dinero presupuestado y deja la obra a medias. Y colorín colorado, falta mucho para que el próximo puente sea terminado.

Autor: Alejandro Arriaza

Alejandro Arriaza (Ciudad de Guatemala, 1975). Artesano de la palabra. Cantautor, traductor, periodista de ocasión y pataechucho de tiempo completo.

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