El grafiti en Guatemala, una diversidad silenciosa

El propósito de mi exposición es recuperar datos sobresalientes que informan sobre el origen de la cultura urbana expresada en el grafiti, así como apuntar breves consideraciones de su práctica en nuestro contexto.

Grafiti

Fotografía de Ban Vel

Entendiendo, claro está, que mi intervención no agota y mucho menos un tema que requiere de un tratamiento más en serio y en colectivo. Es de uso común señalar a Taki 183 como uno de los writers pioneros que en los años sesenta y setenta firmaba de manera simple y legible su pseudónimo y el número de calle donde vivía (inscripciones conocidas como Tag, que se transformaron en tag con perfil y luego en las bubble letters). Esta manera invadió muros, vagones de tren, paredes e interiores del metro de Nueva York, y luego, en el mayor número de lugares por Estados Unidos. Se sabe también que de estas caligrafías simples ya generalizadas (de allí la denominación de writers, que en adelante los llamaremos escritores) se estilizó la escritura ya con una clara intención de diferenciar por estilos a los distritos en la zona urbana marginal de la gran manzana.

Fotografía de El Miljos

A principios de los años ochenta, la práctica del grafiti había alcanzado modos y códigos que se apropiaban de personajes de historietas, del cine, de la música y símbolos diversos de identidad cultural. También dejó de ser una práctica solo individual para ser una toma de espacios públicos y privados, a través de grupos denominados crews y con ellos, deviene una guerra de estilos cuya práctica grafitera involucraba cuatro condiciones esenciales: que fuera nocturna, ilegal, audaz y anónima (esto, relativamente, ya que entre escritores y crews, se identifican con facilidad) Bajo estas circunstancias de difusión y apropiación de lo urbano público y privado, no se hizo esperar la reacción represiva de las autoridades, que criminalizaron con prohibición aquella manera de expresión e identidad grupal adolescente.

Las campañas de “despintar” y devolver “decencia y ornato” a las ciudades, fueron por el contrario, un aliciente para que los estilos como tal y en sí mismos, empezaran a expresar inconformidad social producto de la marginación, miseria y represión en general. Es decir, buena parte del grafiti se reafirmó como una postura antisistema, cuyas tempranas manifestaciones se expresan en 1968, con el conocido mayo francés. Como toda dominación ideológica efectiva, el sistema activó sus mecanismos de absorción de esta contracultura y la institucionalizó no solo como expresión artística en los museos y galerías, sino además se la apropió como una manera “refrescante” de difundir sus valores conservadores. Apareció entonces, la inconcebible figura del grafitero patrocinado por las comunas y entidades capitalinas, cuyos encargos y patrocinios eran generosos para aquellos escritores plegados a sus demandas de lo políticamente correcto.

Grafiti

Fotografía cortesía de Pulido

Por los años noventa, se afianzan los conceptos de street art y postgrafiti como denominaciones de un fenómeno ya globalizado, del que no estuvieron exentos artistas del desafío como Jean Michelle Basquiat y Keith Haring. Del posgraffiti citaré que es un concepto surgido para acuñar y validar el uso de modos diversos de apropiarse de los muros, superando la clásica escritura libre con aerosol comercial, para dar paso a las pegatinas, esténciles, impresiones seriadas y esgrafiado, entre otros. No cabe duda que la subcultura o contracultura Hip Hop, break y rap; -que como cultura underground, igualmente fueron reapropiadas por la industria musical y del espectáculo-, alimentaron y enriquecieron el imaginario, personajes y símbolos de la juventud escritora. El legado que ésta resumida historia deja es la identificación del grafiti como expresión que permite, desde la esfera marginal, el desarrollo de un cauce extraoficial de opinión, trasgresión, denuncia, expresión e información, libre de las tendencias oficialistas. Si bien es cierto que los mecanismos de absorción del sistema se lo llevaron de la calle a las salas de museos y galerías, cada vez más hay un reclamo de los escritores por retornar a los orígenes y devolverle la calle, su espacio y hábitat natural y de resistencia.

Grafiti

Fotografía de Ban Vel

Pensando en Guatemala y especialmente en la capital

Para la puesta en escena de esta subcultura, preocupa que no haya digamos, una investigación que deje testimonio de la forma propia en que los escritores y escritoras locales empezaron a proponer sus identidades y diversidades. Lo que sí es cierto y además evidente, es que la variedad de recursos y técnicas son muestras de la madurez estética, expresiva y de discurso que implican al grafiti. Desde los escritores totalmente anónimos para el común de los ciudadanos, hasta los visibles que conforman colectivos de resistencia política, presenciamos en los muros de la ciudad esa inevitable división de militancias y claudicaciones, dualismo sí, extremo, pero justificado en un contexto social de graves carencias y obscenos síntomas de descomposición.

Sin duda, personalmente desearía ver reflejadas esas circunstancias en las expresiones de la calle por su efecto público. La dinámica de esta expresión de la calle, no ha quedado separada también del grafiti oficial y patrocinado, con el que el grafiti de militancia se desmarca y de alguna manera desea recuperar las cuatro condiciones de la escritura ya mencionadas: que sea nocturna, ilegal, audaz y anónima. Una muestra palpable de los intercambios oficiales y de resistencia, se da por ejemplo con el colectivo H.I.J.O.S. y su ya anunciada participación de la Bienal de Arte Paiz. Ellos han posicionado diversos modos de hacer público y audaz el reclamo de nunca olvidar la parte oscura de la historia de este país.

También cabe destacar los empapelados de Guillermo Maldonado (muchos de ellos ya borrados por el imperativo de la decencia urbana institucional), con temáticas de cuestionamientos al poder, así como propuestas gráficas de un barroquismo inquietante. Así mismo, empapelados que reclaman los temas de la identidad ladino-mestiza, maya, garinagu y xinca. Ahora mismo en el Museo de la Memoria, por ejemplo, se ha instalado un empapelado que musita el desastre humano del exterminio militar de líderes, combatientes, estudiantes, defensores, niños y ancianos en el conflicto armado interno. Se extraña por poco visible, la escritura o empapelados de las diversidades en reclamo y lucha jurídica y su derecho de visibilizar su cultura de género, con todo lo que ello implica.

Por otro lado, tenemos las propuestas de grafiti que “engalanan” muros autorizados por las autoridades con todas sus destrezas técnicas y sus temáticas del agrado. Superando mis preferencias, si es preciso destacar que el muro y la superficie diversa de la ciudad, tienen ejemplos destacados donde se alterna una diversidad silenciosa. Una diversidad que ha procurado dejar testimonios de diálogos imperceptibles entre el transeúnte y esa manera particular de expresión que es el grafiti. Es imposible no considerar en esta breve participación lo que significa el grafiti en las zonas denominadas rojas. Creo que el contenido beligerante y de abierto sentido de exaltación, homenajes, crónica, dominio territorial y pugna entre maras, alimenta a los pobladores de un imaginario de terror, respeto, identidad y repudio, según sea el observador y los valores con que enfrenta estos mensajes con el filo social de la más pura marginalidad, cuyo bastión protector es que difícilmente la veremos en museos y galerías, ya que su gran sustento de tragedia y de incomodo a lo oficial, hace arduo descontextualizar su sentido y origen. Esas pintas son del barrio y allí pervivirán.

Dicho lo anterior, creo que ya estamos en tono para que escritores urbanos y administradores de la ciudad encuentren un espacio de diálogo y expresión de sus opiniones y experiencias respecto al grafiti.

Grafiti

Fotografía de Ban Vel

Autor: Mauro Osorio

(Guatemala, 1960) Artista visual de formación autodidacta. Actualmente trabaja fotografía. Asiste en apoyo a pláticas sobre arte a donde le abran la puerta. Nada especial, pero todo en serio, inclusive su afición a la escritura.

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