El hombre que le vendió el culo al diablo

Dos veces por semana me reunía con Paco, un compañero de piso frente a la Secretaria de Asuntos de Seguridad Pública y Social. Solíamos intercambiar historias y hablar de cualquier cosa que necesitábamos sacar de nuestra mente; a veces  como auto ayuda y otras tantas por puro morbo.

Fotografía Por Javier Herrera

 

Supongo que de los más de cincuenta agentes éramos los únicos que empezábamos a necesitar conscientemente detener la locura que producía nuestro trabajo de mierda. Al principio parecía algo heroico y poderoso, luego monótono y a largo plazo enfermizo.

Cada cierto tiempo reaccionaba y me veía indagando durante largas horas la vida de extraños para encontrar algo sospechoso, cualquier cosa que los pusiera en la categoría de alerta roja. Por las noches antes de salir, nos echábamos un cigarro en la oscura terraza, era el preámbulo necesario para devolvernos a nuestra realidad. Salíamos de esa burbuja de mierda: la vida tóxica del otro.

La rutina iba desdibujando profundamente nuestra propia vida. Cuando acepté el contrato, ellos sugirieron cambiar mi dirección y hasta mi carrera universitaria, me asignaron un nombre y un apellido nuevo y me fue impuesta una identidad completamente ficticia: Darío Higueros García, 32 años de edad, ingeniero industrial, soltero, con domicilio en la zona 4 de la ciudad de Guatemala, muy cerca del trabajo por cierto.

Nuestras identidades debían ser secretas, un teatro que manteníamos entre compañeros de trabajo. Por otro lado nadie, ni siquiera nuestra familia, podía saber a qué nos dedicábamos, lo cual a la larga reforzó el limbo intermitente en que se encontraba mi vida. Los horarios de salida siempre eran de noche o madrugada y habíamos hecho un contrato de renuncia a todo tipo de vida social, sobre todo a ingerir sustancias que pudieran hacernos hablar de más ¡Éramos jóvenes por la gran puta! con un salario extremadamente bueno para arreglarnos la jodida cabeza; aunque jodidos estábamos desde el momento en que aplicamos para el puesto.

Al principio me sentía la mera verga y habían días de mucho sexo con patojas cerotas, putitas calientes de todas las clases sociales: calzones finos, casas de pobres, otras de ricos. A todas les encantaba la verga, antes del desayuno ya la andaban pidiendo a gritos con mensajes libidinosos. Eso me calentaba y me parecía la mejor parte del chance. Recuerdo una vez que encerrado como siempre en ese cubículo claustrofóbico, apareció en la pantalla una conversación que me hizo masturbarme:

-¿Cómo estás?

-Me duele un poco

-¿Lo volverías a hacer?

-No sé, de verdad tengo miedo por la señora.

-Gracias por ese momento, jamás creí que…

-Creo que no debimos, yo no debí, la confianza de la señora…

-No digás nada, quiero recordar tu cuerpo, tener en mente el instante en que dejaste que te desnudara, la sorpresa de tus pechos firmes y enormes, tu carne ajustada, tu olor, el sabor de tu piel a frutas silvestres, mi lengua recorriendo cada resquicio, de tus pezones hasta tu pelvis, el olor que había entre tus piernas, tus labios tiernos y húmedos, mi verga vibrando por querer entrar allí, tu miedo y deseo al unísono. Lo volvería a hacer mil veces. Todo tu cuerpo es poesía que escribiré en mi siguiente novela, tu cabello largo que me invitaba a enredarme, besar tu cuello mientras tu piel se erizaba, subir y bajar, deslizar mis manos hasta tu sexo caliente y húmedo, mi verga palpitando parecía estallar, justo como está ahora sólo con pensarte. Quiero escuchar de nuevo tus gemidos y tu deseo.

– Es que sí me gustó mucho, pero no quiero perder…

– Déjame meterme en tu cuarto esta noche Leslie, por favor.

– Me llama la señora. Ya no me escriba, voy a dejar la puerta sin llave.

 

Fotografía de Javier Herrera

***

Luego de dos años de trabajar en un delirante espionaje disfrazado de “protección ciudadana”, empezaba a acostumbrarme y las historias, la gente, las conversaciones sexuales, las desviaciones, los vicios, las fotografías, las manías, los problemas, el cáncer, la rabia de los grupúsculos universitarios, toda esa mierda dejó de parecerme novedosa.

 Aprendí que la prepotencia del espía todo poderoso no dura mucho, ni siquiera la ideología de odio hacía a los demás. En algún momento dejé de sentirme la mera verga, capaz de joderme a cualquiera sólo con un click y un par de llamadas a los de asuntos internos. Ya había visto suficiente para empezar a normalizar los trabes de la mara y los míos, porque este maldito escritorio y yo sabemos muy bien lo que es ver actos macabros y quedarse callados. Violaciones, desmembramientos, maltrato infantil no eran parte del terrorismo que andábamos buscando. Recuerdo el secuestro de una anciana: sus nietos habían planeado toda la mierda para quedarse con la herencia. Hasta la torturaron y violaron en repetidas ocasiones y por ambos lados. Y yo desde mi escritorio viendo esa porquería, ni por sus apellidos pudientes le interesó el caso al sistema. Todo mi cuerpo empezó a sentir asco y parecía que mi cabeza iba a explotar. Ansiedad, miedo, impotencia, asco, mucho asco. Ya nada en absoluto era divertido ¡ni normal por la gran puta! Le había vendido mi culo al diablo y no podía renunciar.

La gente también se había acostumbrado a la sombra del extraño en vigilia. Al mito del ojo detrás del ojo de las cámaras de sus computadoras y celulares. Continuaban con sus vidas porque todo en este país se olvida  o pela la verga. ¡Cinismo, indiferencia y desmemoria! Una masa sumida en la pobreza, el terror y el hambre no tiene tiempo para sentarse a pensar cómo putas salir de su propia mierda: del alquiler, el huevito, la salchicha y el cuarto de queso todos los días. Queda dejarse ir con la corriente e intentar olvidar los abusos. Refugiarse en el alcohol o las drogas ¿Qué nuevo invento, que nuevo argumento enviarían los jefes cada día?

La ciudadanía estaba desnuda sin privacidad. Con sus genitales y sus aspiraciones al descubierto ¿Qué más podrían arrebatarle después de pisotear su libertad?

***

De todas las historias que intercambiábamos con Paco, la de Yadira Fernández me interesaba más que las otras. Hace tres meses la encontré y vi que era demasiado hermosa: su piel color canela perfecta, sus ojos verdes maravillosos, su cabello rizado; descifraba perfectamente todos sus movimientos. La patología implícita del trabajo se había convertido en la cura: quería llegar temprano, encender la computadora y leer cómo aquella mujer cautivante había iniciado su rutina. En breve me volví su mayor acosador, su alter ego silencioso: sabía que el hijueputa de su traído la engañaba con otras, que su padre no era el verdadero sino el mejor amigo de este, que tenía horarios de trabajo muy extraños, que era alérgica a los gatos e intolerante a los mariscos. Que se hablaba en voz alta frente al espejo.

La consideraba auténticamente ingenua. Un espécimen raro para textear. Inmaculada, diosa bajada del cielo, siempre correcta y ajena a groserías. Poco a poco mis días fueron invadidos por una disyuntiva desesperante: faltar a mi compromiso de confidencialidad y contactarme con ella, o no. Pasé meses como fanático impotente, sintiendo que la quería más que a mi madre y a mi mismo. Era mi obsesión y mi salvación, el mejor pretexto para evadir a los demás –y a la realidad. Pero tras ocho meses también significó la agonía de no tenerla.

Fotografía de Javier Herrera

Finalmente la contacté rompiendo toda precaución y protocolo. Lo más estúpido fue hablarle desde el cubículo.  Inventé que la había visto en algún lado y fue cortés, tal como en las conversaciones que yo conocía. Aproveche mis poderes oculares previos e inventé un personaje que fuera ideal para ella, que hablará de lo que le gustara para que la conquista fuese infalible. Después de un par de meses nos hicimos confidentes, cómplices, una relación muy cercana con pilares fundidos en nubes y yo siempre me reinventaba para llamar su atención. Ella también empezó a necesitarme, a escribirme todo el tiempo, y por suerte en mi posición tenía tiempo de sobra para estar ahí, colgado.

Un día me llamaron de la Oficina de Asuntos Laborales para decirme que habían notado que mi dirección de IP no registraba más de cinco “objetivos”. No le di importancia ni cambié mi rutina con Yadira. Y aunque era absurdo imaginarme en una relación con ella, cuatro meses después acordamos nuestro primer encuentro. Siempre me pregunté cómo un espía “oreja” podría casarme, tener una familia y hacer cosas normales, si ni siquiera podría hablarle de mi profesión. Ciertamente había decidido renunciar, pero me angustiaba revelar mi verdadera identidad, que yo mismo no entendía bien desde hacía tres años.

La cita se acordó para el 14 de noviembre a las 3:00 pm, en el Museo de Historia Natural. Era sólo el punto de encuentro porque había agendado un vuelo en avioneta sobre la ciudad, para sorprenderla y hacer algo que no hubiera hecho con nadie más. Subió al carro, nos dimos un beso, llegamos a la pista. El clima estaba inmejorable y la emoción a tope. Nos besamos de nuevo y acariciamos el aire.

La química sexual fue increíble a pesar de nunca haber tocado temas eróticos en nuestras conversaciones. Éramos sencillamente el uno para el otro, o eso creía yo. Fuimos a cenar y luego a su casa, nos metimos a la cama. Fueron dos, cuatro, seis meses de sexo perfecto, pero empecé a notar cambios de actitud, a sentirme vigilado dentro y fuera del trabajo, especialmente cuando la visitaba.

En una ocasión me pidió que le confesara quién era, una especie de interrogatorio pero dentro de una burbuja romántica. Yo la amaba y no podía seguir ocultándole qué hacía. Se lo dije todo y esperé con temor una reacción negativa, pero no fue lo que creí; lo tomó con mucha calma y comprensión. En el edificio el ambiente se empezó a tornar incómodo, era obvio que todos sabían algo que yo no. Los otros agentes dejaron de tratarme como antes pero mi contrato concluiría pronto y traté de sobre llevar la situación.

Meses más tarde Yadira me pidió la cosa más extraña: información sobre una persona, y yo que estaba completamente loco por ella accedí. Durante seis meses le estuve pasando información personal y financiera de gente importante, de modo que nos volvimos cómplices, aunque no sabía exactamente de qué. Todo lo hacía por amor a ella, a sus ideales, a su “organización”. Todo lo que yo había hecho bastaba para que cualquiera mandara a matarme o lo hiciera con sus propias manos. No obstante, mi devoción hacia aquella mujer era tan grande que nada de eso importaba, hasta que un buen día, cercano a la fecha en que expiraría mi contrato unos tipos rudos me golpearon frente a su puerta, me tomaron por la fuerza hacia una camioneta. Vendado, fui brutalmente golpeado durante horas hasta que me quitaron la venda ¡y descubrí que era ella! Lo último que escuché fue “¿y vos qué te creías hijuelagranputa? ¿que no había más gente detrás de vos? Fue un asco cogerte, pero ni modo, gajes del oficio, me encargo de darle seguimiento a los traidores como vos en la secretaria”.

 ***

Un documento oficial por mensajería le informó a la familia de Darío que había sido reasignado de puesto en el extranjero. Nunca más  supieron de él.

Fotografía de Javier Herrera

 

 

Autor: Andina Ayala

(Guatemala, 1989) Practicante de la introspección como uno de los caminos hacia una convivencia real e integra con los otros, creyente de la ironía como herramienta pedagógica, hedonista, aprendiz de madre full time, politóloga empírica, muy muy empírica y antropóloga de formación en la USAC.

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