El padre Humberto en el altar

Dejad que los niños vengan a mí

Iglesia

Catedral metropolitana de la ciudad de Guatemala. Fotografía de Oswaldo Gordillo

Nuestro sacerdote en cuestión es párroco, desde hace una década en una iglesia de arquitectura neo-clásica en un exclusivo sector de esta ciudad. Su nombre es Humberto y realiza más de quince misas a la semana. Está cerca de los cincuenta y es un público admirador de José María Escrivá y Mariano Rossell y Arellano. También admira, aunque con bastante silencio, al generalísimo Franco y por supuesto, a Jorge Ubico, entre otros. Asegura que uno de sus momentos más sublimes fue cuando visitó el Santuario de Torreciudad, en España. Es un tipo conservador, claro está; amante de la alta cultura y detractor de todo lo que le huele a popular, a ordinario, a corriente.

El padre Humberto lleva ya unas semanas fantaseando con Juanito López, su nuevo y preferido acolito. Sí, nuestro párroco en cuestión es un empedernido pederasta que, con mucha suerte y astucia, nunca ha sido denunciado como tal ya que maneja una retórica minuciosamente trabajada que a los niños les carcome la psique rápidamente y más que despertarles rencor hacia éste parece hacerlos sentir culpables a ellos mismos.

Juanito recién ha cumplido nueve años y de alguna manera ya admira a Humberto. Es un niño tímido, delgado y rubio. ¿Y qué decir de los padres de Juanito? Estos son, por supuesto, fieles creyentes que no sospechan para nada las intenciones del párroco y resultan muy complacientes con él. Esta noche está llevándose a cabo una pequeña actividad -en el salón parroquial- donde han asistido los acólitos para cenar con el padre Humberto. El sacerdote tiene total control de la situación, les habla del sacrificio de Cristo, de la “humildad” y obediencia que deben mostrar los siervos del señor. Los chicos están anonadados y alienados, convencidos hasta la yugular de aquel discurso.

Humberto es sin lugar a dudas un tipo hábil con las palabras, ahora le pide a Juanito que lo acompañe a su recámara. Desea mostrarle algo. Claro, el sacerdote no tarda mucho y recién iniciado el trayecto hacía la habitación procede a acariciarle el cuello de una manera paternal. Le habla seductoramente sin dejar de ser un tanto autoritario. Ya en su habitación le dice que espere un momento. Entra al baño y se provoca el vómito. Un vómito que representa ya un ritual casi obligatorio en esas situaciones. Porque como buen hijo de occidente asocia el placer sexual con el asco y el morbo; el ano, por donde defeco, el ano, por donde penetro, el ano por donde termino se dice provocándose más náusea que goza porque de alguna manera esa náusea constituye la parte nodal de aquel rito que aumenta su excitación.

Juanito puso algo de resistencia pero no fue suficiente. El niño experimenta un vacío en el estómago, está profundamente desconcertado, no sabe que fue todo aquello que sucedió tan rápido y que marcará su porvenir. Y aunque Humberto, nuestro cura en cuestión no fue del todo violento, Juanito sangró un poco y ahora llora. El sacerdote tendrá que esforzarse esta vez un poco más con su discurso para que su víctima no divulgue toda aquella situación. Así que emprende un ritual casi a gritos que de alguna manera convence e impresiona a Juanito.

Una hora después todos los niños se han marchado. Humberto se dirige, con aires satisfactorios, al altar de aquel vacío y lúgubre templo para reflexionar un poco, ¿Qué digo reflexionar? ¡Para celebrar!, pues ha sido una noche grandiosa, piensa. Una botella de vino, esa imagen de Cristo semidesnudo, música de Brahms irrumpiendo las bocinas y una pseudo danza caótica mientras escupe alaridos de pequeñas frases del generalísimo Franco que ha aprendido tras horas de lecturas de los discursos de este. Tinto tras tinto y la imagen de ese Cristo tan desnudo y tan sufriente ya lo han excitado nuevamente así que se toca, se goza y se masturba sin importar las decenas de ojos muertos de aquellas imágenes que parecen observarlo detenidamente. Finalmente cae rendido de borracho y placer contra el suelo de aquel lugar sagrado.

A la mañana siguiente se levanta con un poco de dolor de cabeza y sed, con mucha culpa y más náusea. Culpa, sí, la culpa es tan recurrente en Humberto, que se le suele instalar en el pecho; allí la percibe, allí se le incrusta como presionándole hasta asfixiarle. Pero va sobreviviendo la mañana entre oraciones y rezos y ahora ya oficia la misa del medio dia. Al terminar la homilía se percata que justo en la última banca de aquel templo se encuentra Marco, un joven quien fuera acolito de la parroquia hace ya varios años.

Cuando el rito de la misa finaliza, Marco se le acerca rápidamente para saludarlo. Le comenta que le lleva pan de trigo como regalo y que desea platicarle un momento con el mero pretexto de ponerse al día.  A Humberto no le agrada del todo la idea porque no tiene interés alguno en hablar con el joven. Porque no le gusta mucho eso de volver a ver, años después, a gente que fornicó. Porque le gustan tiernos, pequeños, chiquillos y cuando los ve ya crecidos le resultan repulsivos y molestos pero sobretodo pecadores. Sin embargo aquel muchacho insiste y entonces Humberto, para no sentir molestias, propone que suban a su casa; así podré echarlo cuando quiera, se dice para adentro.

Conversan sentados mientras comen un bocado de pan. Hablan de futbol, del barrio y un poco del generalísimo Franco, al cual Marco también admira fervientemente, más por influencia de Humberto, que por elección a conciencia. Nuestro clérigo por momentos experimenta, una vez más, un poco de náusea que quizá sea por la resaca que aún lo abraza o por el desagrado que ha sentido al ver a sus antiguos chicos ya un tanto maduros. Entonces, justo cuando nuestro sacerdote busca despachar al joven este se levanta sorpresivamente sosteniendo una navaja –que habitaba en su chumpa- y se la clava tres veces en el pecho, justo allí donde al párroco constantemente se le posicionaba la culpa. Los ojos impávidos de Humberto, han conocido la muerte. Su cuerpo yace en el suelo; tan sufriente y angustiado, tan muerto. Marco procede a desabrocharse el pantalón, hincarse  y acariciar repetidamente su erecto pene imaginando que en aquella escena roza su cuello el mismísimo generalísimo Franco.

Autor: Sergio E Castañeda

Nacido en la ciudad de Guatemala por eso del año 1988. Estudiante de Historia fascinado por la exploración e indagación de distintos escenarios y rincones de la existencia. Consciente de que hay que expulsar letras que logren provocar, incomodar o estimular. Vamos a barranquear, pues, para ver qué hay en esas profundidades desconocidas… ¿ah y queso?

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