El placer culposo de un hombre serio

Armando Contreras maneja un automóvil europeo, una de esas naves que le sube la autoestima a la clase media con buen salario; esa jodida capa de la sociedad, que también llaman clase acomodada y/o aspiracional…

Fotografía de Fernando Chuy

Armando Contreras ha sido ascendido a gerente recientemente. Hombre y cabeza de la familia. Un esposo dominante con Laura y padre autoritario de Alvarito de seis años,  típico católico de ideología neo-liberal que se da el lujo de argüir: “Los pobres son pobres por huevones mientras los emprendedores exitosos hacemos pisto”, una de sus máximas moralejas.

Hace unas horas, se tomó varios güisquis en el bar de un hotel cinco estrellas con los compinches del trabajo. Viste adecuadamente la etiqueta ejecutiva y siempre elige el camino más largo hacia su casa para poder pasar mirujeando en las esquinas a las oficinista: morenas, rubias, altas, bajas y con el rímel a la luz de la luna…

Sin embargo, hoy anda más caliente que de costumbre, se toca el falo y fantasea. Da vueltas alrededor de la manzana y titubea en hacerlo o no, hasta que detiene el auto en la esquina donde están las chavas breteando, hace un mate de macho-emprendedor para llamar a una de las chicas, mientras revisa por el retrovisor —por aquello de las dudas— que no lo vea nadie conocido, sonríe irónica e inseguramente. –Mi gente evidentemente no visita estos sectores, se dice a sí mismo para tranquilizarse.

– ¡Hola guapo!, ¿Qué tal mi amor?

¿Cuánto?,  ¿Y el sexo oral?, ¿A dónde?

– ¿Me lo vas a hacer rico?

Frases que intercambian con cacofonía, pues él está borracho y ella quizá, solo quizá, fumó algo, de cualquier manera está trabajando. Finalmente cierran el trato, ella se sube al carro. Es alta, morena, fuerte, con un exagerado y penetrante perfume que en otro momento hubiese ofendido a Armando, o a cualquier alto ejecutivo de la empresa, pero no ahora, al contrario; el aroma lo excita en serio.

Mientras él conduce, ella ha empezado a tocarle el miembro con maestría, Armando goza y lo disfruta; lo celebra, se ha despojado del personaje de ejecutivo, de padre conservador, de “hombre de la casa”. Ha sido arropado por los encantos de quien se hace llamar “Mary” (nombre de guerra, claro está).

Armando ya se estacionó y pagó un hotel barato. Está muy excitado; años de no sentir esa fogosidad; el sexo con su mujer (sí, “suya”) se ha convertido en un rito monótono: él arriba y ella abajo. Ella no puede gemir a rienda suelta porque a su esposo no le gusta y puesto que es la señora “de Contreras”, obedece ciegamente.

Hoy gracias al delirio de poder que produce ese fetiche llamado dinero, Armando le dará un giro a la rutina; se convertirá en un Dirck Digler en la cama, un rey del porno.

Fotografía de Fernando Chuy

Entran a la habitación húmeda, barata y repelente, pero… ¿Qué importa eso ya con la verga dura? Mary ahora se lo lame despacio y en un rincón de aquella habitación aparece Friedrich Von Hayek fumando un delgado cigarrillo y analizando la situación en la que se encuentra un querido admirador suyo; Armando le detiene la cabeza a Mary, llegó la hora; se le monta como macho alfa, Mary ya esta boca abajo y el gerente Contreras está sumergido en su ano; nunca antes tan excitado, nunca antes tan extasiado, ¡Nunca antes tan desinhibido..!

No ha durado más de quince minutos, ha saciado gran parte de su deseo y también se le ha pasado en cierto grado la borrachera. No ve a los ojos a Mary, se levanta y tira un billete sobre el colchón y le dice fríamente: Quedate con el vuelto. Se larga y la deja sola.

Armando llega a su casa pasada la media noche “Qué buen polvo” piensa. Su hijo y su esposa están durmiendo. Decide quedarse en el cuarto de visitas; “Cuarto de huéspedes” como lo nombra él,  “el cuarto de las cajas” lo llama ella, y “el de los juguetes” para Alvarito, allí descansará por esta noche, relamiéndose sus pecados.

A las seis de la mañana la alarma de su celular lo despierta, dentro de sesenta minutos debe dejar a su hijo en el colegio cristiano en el que rezan todas las mañanas antes de iniciar la jornada escolar.

Armando empieza a recordar el polvo de anoche, recuerda algunos detalles con claridad: la cabeza de Mary entre sus piernas, Mary debajo, él encima, recuerda que ella era alta y fuerte y que él también tocó de arriba abajo el miembro de ella entre sus piernas. El nombre de pila de Mary es Mario sí, Mary dentro del constructo social para muchos sería un “hombre” y ha sido discriminada reiteradamente por ser una mujer trans, la han tratado como delincuente en repetidas ocasiones. Anoche el gerente y la “sexoservidora” rozaron sus geografías y Armando ¡vaya que lo disfrutó!

Fotografía de Fernando Chuy

“Pero al menos fui yo quien se la metió” se repite de manera ingenua, desde la clásica incoherencia falocentrista. Vomitó tras recordar otros detalles, de pronto una goma moral lo invadió, sintió tirria y culpa porque en el fondo sabe que no fue culpa del guaro, sabe que no se confundió, reconoce que sabía lo que hacía, que hace años pasa por esas esquinas con recios deseos, algo que consideraba un mal juego de su inconsciente, castigándole con pensamientos pecaminosos, nada dignos de un gerente, de alguien que maneja un auto europeo del año, de un discípulo del señor Von Hayek.

Se lava la boca, se pone su tacuche, la oficina lo espera. Se dice a sí mismo, en una especie de rito judeocristiano, que no volverá a hacerlo… su esposa se está duchando, entra al baño a hablarle – mi vida, me voy, un beso – ella no le responde porque está emputada por su llegada tarde la noche anterior.

Alvarito ya bañado, peinado, uniformado y de pie junto a la puerta – mijo, abróchese bien el suéter, usted siempre tiene que estar elegante, como su papá – replica autoritariamente. Salen de la casa, Alvarito corre, tropieza con la banqueta se golpea y llora. – Levántese; los hombres no llo... – no logra terminar aquel discurso ancestral, bufonesco y machista.

Esa mañana no tuvo la fuerza para articular aquella última palabra. Se enfada con él mismo, respira y toma fuerza – ¡Que los hombres no lloran, carajo! –tratando así de librarse un poco de su remordimiento doble-moralista. Von Hayek iba caminando al otro lado de la calle, ha visto y escuchado la escena e inmediatamente a soltado una estruendosa carcajada imposible de oír en el mundo de los que todavía sienten.

 

Autor: Sergio E Castañeda

Nacido en la ciudad de Guatemala por eso del año 1988. Estudiante de Historia fascinado por la exploración e indagación de distintos escenarios y rincones de la existencia. Consciente de que hay que expulsar letras que logren provocar, incomodar o estimular. Vamos a barranquear, pues, para ver qué hay en esas profundidades desconocidas… ¿ah y queso?

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