Eleuterio Chacón, el rey de los caminos

Fotografía de Rodrigo Abd

Eleuterio Chacón se levantaba todas los días a las cuatro de la mañana tal y como lo hacía su difunto padre.  Después de dormir desde las ocho de la noche, se paraba y lavaba la cara con agua bien fría del tonel, luego se sentaba y su esposa ya tenía caliente la comida para que se fuera a trabajar como piloto de bus urbano.  La misma rutina lo acompañaba desde hace más de veinticinco años, ni un solo día había dejado de lado el trabajo.

En los recorridos en el bus había estado a punto de perder la vida en numerosas ocasiones: asaltos, peleas a muerte en la carretera con otros transportistas, accidentes de tránsito, etc. Ahora lo estaban extorsionando como a otros pilotos, incluso, le habían disparado ya varias veces pero parecía que era inmune a los tiros, justamente esa mañana vio cómo se subió un adolescente de 15 años aproximadamente y le vació una tolva completa en el pecho.  Sin embargo, no murió, sintió que las balas lo atravesaban sin herirlo.

Horas después siguió trabajando sin parar, tenía que sacar la cuota y no podía detenerse por nada. Pero las desgracias continuaban. Esa noche, después de haber manejado todo el día, unos asaltantes subieron al bus. En el forcejeo con la gente que ya no estaba dispuesta a dejarse robar, una persona se opuso y dijo que no iba a dar ninguna de sus pertenencias, el ladrón no lo dudó y le disparó hiriéndolo en el hombro. Los asaltantes se asustaron en la confusión y se lanzaron por la puerta de atrás cerca de la pasarela del Trébol, corrieron hacia la colonia Landívar.  En una mochila llevaban todas las cosas que habían logrado quitarle a la gente del bus.

Eleuterio decidió llevar a la persona al hospital, no preguntó nada, solamente enfiló hacia la emergencia del Roosevelt.  Sentía que una fuerza manejaba, que no era él quien conducía. Llegaron rápido, entraron con todo y bus y estando allí salieron unos estudiantes de medicina que pusieron en una camilla al herido.  Eleuterio quería ayudar pero no sabía cómo, se mantuvo alejado de la escena, sin embargo dispuso acompañar a la persona mientras era trasladado, no le importó dejar el bus encendido ni el pasaje.  Entraron al nosocomio con el pasajero ahogándose en un charco de sangre.

El herido vio a Eleuterio de reojo y abrió los ojos como platos y gritó ¡Noooooooooo…!

Eleuterio se detuvo y pensó, ojalá que no crean que yo herí a este.  Los estudiantes arrastrando la camilla que tenía unas ruedas quebradas entraron al cuarto de “shock” y no se pudo ver más.

Al salir para subirse en el bus, se dio cuenta que ya no estaba el vehículo, ¡Se lo habían robado! salió a ver para un lado y para el otro, no había nada. Pensó “hoy sí me fregaron estos cabrones”.

Eleuterio se quedó caminando cerca del área y fue avanzando hasta atravesar un patio y llegar a una habitación con el letrero de “morgue”.  Vio pasar a dos médicos apurados, llevaban un cuerpo tapado con una sábana blanca.  Entraron al lugar y él, en un arranque de curiosidad,  se pudo colar.  Realmente no sabía qué hacía, pero igual, le habían robado el bus, así que podía perder el tiempo que quisiera.

De pronto, vio al hombre desnudo y los médicos sacaron algo parecido a una sierra circular.  Cuando la encendieron para cortar el esternón del cadáver, Eleuterio sintió algo extraño en el pecho. La sensación se transformó en dolor y de pronto vio que conforme cortaban al cadáver, también él se estaba partiendo a la mitad.  Cayó arrodillado en la camilla, le quedó enfrente el cuerpo que estaban abriendo, pudo ver que en el dedo tenía una etiqueta, al leerla vio que decía, Nombre: “Eleuterio Cha…”.

Autor: Pablo Rangel

(Ciudad de Guatemala, 1975). Su infancia y adolescencia fueron cercanas al gnosticismo, esoterismo y magia. Desde 1997 se formó en las Ciencias Sociales en la USAC, Noruega y FLACSO. Se dedica a la docencia y escribe desde análisis políticos hasta pequeñas historias de terror y medicina natural.

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