En el jardín de las delicias, dios todo lo ve

La expulsión del paraíso narrada en el génesis bíblico implicó, para los actores involucrados, distintos efectos; todos decididos por el creador cristiano, desde su voluntad consciente pero también desde los juegos y demonios de su subconsciente divino.

Fotografía hurtada a los muchachos de Vice.

Por Pablo Sigüenza

En principio, para el dios, la expulsión fue un acto de justicia. No podía permitirse que, siendo tan buen padre, este par de criaturas, Adán y Eva, le pagara con tan descarado comportamiento de desobediencia. De más está aclarar que el lío con la serpiente no fue por una manzana sino por sexo. Malcriadeces en el Edén no se permiten. En ese momento de enojo contra la pareja, la premisa vengativa fue: ¡Que coman mierda! Hecho consumado con las vicisitudes y dolores que la mayoría de su descendencia hemos padecido a lo largo de la historia humana. Es necesario evidenciar que con todo y la condena general, hay grupos sociales que sufren menos que otros, hecho que demuestra que los mandatos divinos tampoco son infalibles y que siempre habrá Abrahames, Issacs , Jacobs, Trumps, Castillos y Novellas, patriarcas que constituyen luego élites, agrupaciones predilectas de dios y por lo tanto, disculpados a priori del pecado original y de su castigo. ¿Tráfico de influencias, corrupción celestial?

Para la valiente pareja implicó, por supuesto, verse privada de lujos y confort gratuito, lograr condiciones materiales para su reproducción con el sudor no sólo de la frente sino de cada uno de sus poros. Pero la recompensa fue en extremo gratificante. No tuvieron que rendirle más justificación de sus actos al viejito ese regañón, dueño del jardín sagrado. Descubrieron un nuevo jardín lleno de delicias.

Un aspecto oculto del enojo divino, fue la alteración nerviosa provocada porque a pesar de todo el empeño creador y toda la concentración desarrollada para formar el mundo en seis días y el cumplimiento al pie de la letra del manual de creación de seres humanos a imagen y semejanza del sí mismo, dios no logró entender cómo su creación resultó descubriendo, en las primeras de cambio, las sensaciones del sexo, la pasión y la lujuria. Cuando vio en la grama verde del paraíso aquellos besos, los abrazos, las lenguas tocándose jugando a hacerse una sola, un pene erecto y una vagina húmeda y vibrante, desconcertado el creador, revisó la página once literal “a” del manual y allí estaba la fabricación de aquellos órganos pero por ningún lado encontró las nuevas funciones hedonistas que los dichosos amantes le asignaron a cada espacio de piel de sus cuerpo recién estrenados.

Loco de ira se sintió vulnerado en su sabiduría infinita, desde el inicio de la eternidad y hasta ese momento no había tenido conocimiento de las sensaciones del placer sexual. Ni los ángeles ni los demonios, antes y durante la creación del universo y la tierra, manifestaron tal comportamiento. Los animales creados al quinto día ya llegaron vivitos a la tierra, y no habían iniciado la acción de reproducción mandatada por el mismo dios. De tal forma que esta novedad lo atemorizó en lo más profundo de su esencia sagrada y su reacción inmediata fue la expulsión de los atrevidos. Detrás de la ira, sin embargo, pudo reconocer un cosquilleo interno que partía del cerebro y recorría toda la divinidad de su cuerpo etéreo. No supo cómo nombrar aquella sensación intensa y feliz, pero le gustó. Comprendió que quizá el castigo contra Adán y Eva había sido precipitado, pero no podía dar marcha atrás, no tanto porque se viera cuestionada su autoridad sino porque sería evidente la incipiente lujuria que estaba naciendo en sus entrañas. Así que negó el retorno de Adán y Eva al paraíso. Lo que no dejó de hacer por el resto de la eternidad fue emocionarse cada vez que sobre la tierra una pareja, una persona o un grupo disfrutaba de la piel y el aliento en esa forma que no venía descrita en el manual de creación de las y los humanos y que implica fluidos, aceleración del pulso, fricciones, gemidos. El sexo es el elemento de la vida en donde dios se fue haciendo a imagen y semejanza de sus criaturas para fortuna de la creación. ¡Dios tiene la ventaja de que todo lo ve!

Autor: Barrancopolis

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