En el moshpit no hay castas

 

El factor común era el miedo. La ausencia de certeza. Y la necesidad de gritarlo hacia afuera…

Fotografía de Jorge Ernesto Rodas

La generación musical que surge en Guatemala a finales de los años 80 y principios de los 90 estuvo marcada por la transición del totalitarismo político-militar hacia una aparente democratización y apertura social. Las brechas existentes entre las generaciones musicales eran evidentes, y con contadas excepciones no había apertura ni participación en común con las nuevas generaciones.

La transición democrática también trajo apertura de operadores políticos quienes apostaron por una serie de conciertos en la Plaza Mayor y la Concha acústica, donde las nuevas generaciones tuvieron la oportunidad de ver a grandes bandas del circuito musical latinoamericano como Luzbel, La Torre, Argus, Caifanes, y a los exponentes nacionales Guerreros del Metal, y la banda cristiana Invasión.

Era una época donde las discos rodantes eran quienes poseían el poder hegemónico en cuanto a logística. Los lugares para realizar eventos eran escasos y fuera del alcance económico de las nuevas bandas, quienes como colectivo vieron la oportunidad de producir eventos, con limitada capacidad de audio, pero con una agradable respuesta del público.

Parques, áreas verdes residenciales, terrenos baldíos, o incluso talleres mecánicos o llanteras, eran la opción que tenían las bandas para improvisar tarimas sobre camiones o plataformas de tráiler y con la ayuda del equipo de algunas discos rodantes se montaron los primeros “Mini-festivales” que fueron el embrión de lo que con el tiempo se denominó Thrash Attacks, realizados en su mayoría en el icónico y siempre célebre Guatemala Musical de la Avenida Bolívar o en el bar Pie de Lana de la zona 1.

Bandas como Psycho, Denial, Extasis, Psychophony, SoreSight, Blasphemous, Rotting Corpse, Amalantra (luego Abyssum) o Sádica, formaron parte de este movimiento, que a manera de comunidad compartía equipo y esfuerzos logísticos para llevar a cabo eventos que convocaban entre 200 y 800 asistentes.

Fotografía de Jorge Ernesto Rodas

 

El verdadero ejercicio democrático surgió aquí

El rock articulaba procesos de convivencia entre personas de todos los sectores socioeconómicos del departamento de Guatemala, sin distinción, en un ambiente de hermandad, camaradería, donde el tape trading por correo, y la aparición de tiendas que vendían material importado generaron una explosión de conocimiento musical (incluso de otros continentes) que fue el caldo de cultivo para una generación expuesta a numerosos subgéneros del rock y el metal.

Radios como la 940, Exclusiva, y Metrostereo —con su icónico programa Revolución Rock— articularon una escena nacional interesada en participar, ya sea como músico o como público, en ese nuevo movimiento de expresión.

La exposición al público de propuestas internacionales, como producto del arribo a Centroamérica de la disquera American Line Productions basada en la Ciudad de México, generó un ansia por insertarse en el panorama musical regional y se trascendieron las fronteras centroamericanas, para que bandas como Cenotaph, Pyphomgertum, Agony Lords, Disgorge, The Zephyr (MX), Mantra, Pseudostratified Ephitelium (CR), Master (US), e incluso de otros continentes como D.A.B. (FR) y C.S.S.O. (JP) terminaran de prender la antorcha de la producción y el consumo musical, que incluso generó las primeras participaciones internacionales —gracias a la alianza realizada en El Salvador, con el mítico “Rocker´s Club” — de bandas guatemaltecas como Sore Sight, Gravestone, Rotting Corpse, Amalantra y Spectral Prophecy.

La década posterior vio una apertura de mayores posibilidades en cuanto a locales, equipo y difusión radial. Hubo una explosión de bandas en español, y de corte alternativo que invadieron el gusto musical y los medios, quienes, por primera ocasión abanderaron un movimiento identitario guatemalteco; se generaron grandes festivales, con amplia difusión e inversión logística: mejor seguridad, equipo y local, amplia participación de marcas y medios, y una mejor respuesta de público (algunos de ellos por moda, como respuesta a la necesidad de vinculación social y otros por la creciente pasión musical, como estrategia ante la confrontación social, surgida a mediados de los 90 —violencia inútil entre facciones sociales— en el área urbana de la Ciudad de Guatemala)

Surgen productoras que se apoderan de nuevos espacios con mejores condiciones de escenario y acústica (antiguos cines que tuvieron su esplendor dos o tres décadas antes): Aparece Metal Fest Productions, dirigida por mí, en alianza con Edwin Marinero de Nocturnal Entertainment (El Salvador) y Joel Morales Castro de American Line Productions (México). Fue allí cuando iniciamos una serie de eventos donde participaron bandas como Luzbel (MX), Pandemia (CZ), Deep Red (Fin), y los míticos “Independence Metal Fest” como un intento de fortalecer los lazos musicales entre la región centroamericana, y que sirvió de plataforma para consolidar a bandas como Metal Requiem, Pusher, Arpía (GT) Renegado y Angelus (ES), Alastor Sanguinary Embryo (CR), entre otras.

Otra de las productoras que rompió paradigmas organizativos al traer bandas como Monstrosity (US), Behemoth (POL) y las mexicanas Foeticide y Beltane fue Marketing Music, dirigida por Rony Godoy, baterista de Sanctum Regnum, en alianza con Miguel Ángeles de la banda Foeticide de México.

Tal explosión trajo como resultado el establecimiento de un canal de comunicación y producción regional, que aunado a la masificación del internet y la implosión de los medios de comunicación tradicional sentó las bases para el crecimiento exponencial –en cuanto a oferta de producción- pero que nunca terminó de consolidar una verdadera industria musical de consumo nacional, ya que con contadas excepciones, la música nunca resultó ser la fuente primaria de ingresos para los músicos, aunque sí para algunos productores de eventos.

El fenómeno identitario musical llamado “Garra Chapina” y los “Independence Metal Fest” vieron desvanecer sus esfuerzos en pro de una nueva escena que, con herramientas de última generación musical, con músicos muy bien preparados y con formación académica profesional fueron testigos del paulatino retiro del público y el nacimiento de la generación de bandas “rockola” para amenizar bares o “chupaderos” de la zona 1 o 10, en donde la música era un simple pretexto para acompañar el consumo de bebidas y no la prioridad emocional o psicológica del momento.

Autor: Jorge Ernesto Rodas

Rescatado por la música. Psicólogo. Melómano. Amante del Metal.

Comparte esto en

Danos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *