Es de noche en la única universidad pública de Guatemala

La situación en la que se encuentra la única universidad pública de Guatemala no es casual. De hecho, la situación en la que se encuentra la educación pública en general en toda Latinoamérica tampoco lo es.

Fotografía de Lozano

Son las seis de la tarde. Individuos que todos conocen en el S1 pasan entre la gente, callados y en fila, dan una vuelta sabiendo que tienen ojos en la espalda. Quisiéramos creer que no van a regresar, aunque llevan al menos tres años haciéndolo y han infiltrado estudiantes para permanecer toda la noche adentro, al menos hasta diez minutos antes de que se desencadenara el ataque más reciente.

Se desarrolla una actividad cultural en el patio central y un grupo diverso de artistas pasan por el escenario, aportando su tiempo de manera gratuita en una noche en la que los estudiantes resisten ante la repetida intimidación de días anteriores. Lleva más de una semana instalada en el aire una sensación de peligro y tensión.

Luego de un ataque, la línea del tiempo que nos trajo hasta el punto final se distorsiona. En lo inmediato, pero también desde la perspectiva histórica. Bajo la fuerza y la violencia de una agresión parece que se desordenaran las piezas y lo más sencillo fuera aferrarse a un relato estático en donde es fácil perder de vista la intencionalidad del terror.

Y es que para muchos de nosotros esta idea nos repele. Que haya intenciones, que haya una valoración calculada del beneficio que se deriva del miedo y la desinformación. Pero la hay y es quizás el hilo conductor entre nuestras identidades. Sentir miedo/ causar miedo. Sacarle provecho al horror de la historia reciente hasta que la gente se convenza que no está siendo coaccionada para quedarse en casa, para no celebrar, para no organizarse y denunciar.

Son las 19:45, por un momento respiramos tranquilos porque parece que los rumores de un posible ataque eran especulaciones infundadas. Quienes organizan las rondas de seguridad notan que los individuos que han amenazado repetidamente a la comunidad académica de la Escuela de Historia continúan afuera. Comienzan a trazarse planes de evacuación y evitar una confrontación que a todas luces se encamina a tomar lugar en las afueras del edificio.

La situación en la que se encuentra la única universidad pública de Guatemala no es casual. De hecho, la situación en la que se encuentra la educación pública en general en toda Latinoamérica tampoco lo es. La privatización de todos los servicios que en algún momento se consideraron derechos humanos (no productos) acompaña el avance del régimen neoliberal. Para implantarse hizo falta regar la tierra con sangre, martirizar a toda una generación.

Mientras muchos se han apropiado del discurso de sus agresores, pidiendo a viva voz que desaparezcan las últimas garantías del Estado, la frontera que demarca las áreas periféricas ha comenzado a correrse. Por más que queramos creer que la libertad de elegir nuestro consumo vale la vida de otros y en tanto logremos distanciarnos de esos indeseables estaremos a salvo, la bestia sigue siendo bestia y ya no le responde ni a sus infames creadores.

La Universidad de San Carlos es un área fronteriza. Con un código de reglas accesible a unos pocos y mucha ropa sucia por lavar. Va más allá de las críticas a un modelo educativo (en apariencia) altamente politizado. Va más allá de quien realmente “merece” llamarse huelguero. Esto va más allá de nosotros y hechos aislados que, quieren decirnos, son incomprensibles.

Unos minutos pasan de las nueve. Las calles están extrañamente vacías y aliviadas de ese tráfico denso y caótico que colisiona contra el reloj todos los días. Estamos sentados en un carro, frente a una casa. Los vidrios arriba, los seguros puestos, los celulares sonando insistentes mientras se contabiliza a los amigos, esperando que no falte nadie y todos hayan llegado a salvo, como nosotros.

Ese final de la noche no es precisamente el final. Está plagado de recuerdos desordenados que intentamos organizar para poder entender cómo se tejieron los sucesos y que pasó a partir del momento en el que un grupo de siete personas decidió levantarse, acercarse a las puertas portando armas y comenzar a golpear sin descanso a quienes tuviesen cerca.

Cabe preguntarse ¿Por qué un grupo de delincuentes decide exponerse, sin capuchas, para agredir a una escuela pequeña durante una actividad cultural? ¿De dónde vienen, a dónde van? ¿Quién da las órdenes? Cabe preguntarse ¿Por qué un guardia de seguridad privada entra al campus de una universidad durante la noche, fuertemente armado y decide intervenir en medio de un disturbio?

Contra las puertas del edificio, durante los caóticos treinta minutos que duró la agresión, había decenas de estudiantes gritando, haciendo presencia e intentando llamar a los atacantes, en un intento de que dejaran de golpear a quienes se encontraban afuera. Hoy, todxs estamos aquí, aun. Pero todavía cabe preguntarse ¿Quién sigue interesado en encender el fuego del terror?

 

Autor: Andrea Morales

Andrea Morales. Nacida en México en 1993 y criada en Guatemala en medio del exilio de los que regresan. Guionista, poeta y estudiante de Antropología.

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