Guatemala: eterna primavera, eterna tiranía

El Museo Ayala, situado en el centro de Manila, Filipinas, se dedica a la preservación de la historia de ese país, y utiliza diferentes medios artísticos en sus variadas exposiciones. En 1995, el Ayala montó una muestra de pequeños dioramas —escenas tridimensionales— que reflejaban la abatida historia filipina, la cual, aún en miniatura, parecería caricatura de la historia nacional de esa nación, dadas las implacables e interminables escenas de invasiones españolas, británicas, norteamericanas y japonesas, entre otras.

Lo más destacado de la exquisita exposición fue la ausencia de un diorama que describiera los 21 años claves en la historia de ese país —desde la elección de Fernando Marcos hasta la caída de su represiva dictadura en 1986—. Al verla en su totalidad, me pregunté si las personas que visitaban el Ayala se darían cuenta del revisionismo implícito en la ausencia de un diorama de aquellos años, y si el apagón de dos décadas de historia nacional se explicaría en los textos escolares o en la intervención de un maestro o familiar que recordara la época de Marcos.

Guatemala eterna primavera, eterna tiranía.

Fotografía de Jean-Marie Simon

Aquel lapso de historia filipina me hizo pensar en Guatemala y en cómo serán recordados sus propios años de terror estatal o en palabras de Amnistía Internacional: “Un programa gubernamental de asesinato político”. Quince años antes, en diciembre de 1980, llegué a Guatemala por primera vez. El país ya se había vuelto el tercer blanco regional de una serie de destacados sucesos. En 1979, la huida del dictador nicaragüense, Anastasio Somoza, impulsó el triunfo sandinista días después. En El Salvador, en cambio, el conflicto era prolongado: en 1980, fuerzas militares mataron a miles de personas, incluso al arzobispo Romero. Los eventos en estas naciones eran visibles y palpables como el triunfo socialista en Nicaragua y en El Salvador, una guerra accesible; ya que se entrevistaba a la guerrilla en la mañana y se estaba de vuelta en la capital para la hora de cócteles en el Hotel Intercontinental.

En cambio, en Guatemala era diferente y equívoco. A primera vista, el ambiente capitalino parecía normal: despegue diario de vuelos a Miami, plena venta callejera en la Bolívar, cohetes de madrugada anunciando otro alegre cumpleaños y marihuaneros calzados con caites en Panajachel. Los niños asistían al colegio, en los cines pasaban películas tontas y en la Zona Viva seguían abiertos los restaurantes con nombres franceses. Sin embargo, este país estaba hendido por una irrefutable represión estatal: “guerra civil”, para unos, y “enfrentamiento armado interno”, para otros.

Guatemala, conflicto armado.

Fotografía de Jean-Marie Simon

“Un programa gubernamental de asesinato político”

En realidad, la normalidad era superficial, porque Guatemala vivía bajo un estado de Sitio no declarado. Los vuelos sí llegaban, pero casi vacíos; los cines pasaban películas violentas, pero las de tendencia liberal eran prohibidas; los cohetes de madrugada se confundían con ráfagas de ametralladora y personas “tachadas” de izquierdistas se compraban Suburban negras, con vidrios polarizados, iguales a los de los secuestradores, para así confundir a estos.

Además, y en cierto sentido, de peor manera, uno se acostumbraba al clima de terror. Era normal que los amigos tuvieran pseudónimo, y algunos tenían dos. Era un insulto si el teléfono no estaba intervenido, pues implicaba que tu trabajo era irrelevante. Todos llegaban a interpretar las noticias de cierta forma: las de la radio, por el tono y énfasis del locutor, y las del periódico, por lo que se infería: “delincuente” era sinónimo de “guerrillero” y “desaparición”, de “secuestro”.

Guatemala, conflicto armado.

Fotografía de Jean-Marie Simon

De hecho, las únicas noticias relacionadas con los masivos secuestros de esa época fueron los Campos Pagados por los familiares de las víctimas: una foto borrosa y la afirmación de que el ser querido no tenía ningún vínculo político. Nunca se acusaba al Estado de ser el autor. Hasta la misma ciudadanía se dejaba convencer de que la persona llevada a la fuerza, en un mediodía enfrente del mercado, a lo mejor era ladrón y que el joven profesional de corbata y portafolio tirado dentro de un carro sin placas debió haber cometido algún delito. En el país, “desaparecer” se convirtió en verbo transitivo: “Lo desaparecieron”, se decía. “A saber en qué estaba metido” era el mantra capitalino de aquel entonces.

La represión adquirió forma cuasilegal

Guatemala, Ríos Montt

Fotografía de Jean-Marie Simon

Con el primer golpe de Estado, en marzo de 1982, la represión adquirió forma cuasilegal. Ríos Montt disolvió la Constitución, el Congreso y 3 meses después a su propia Junta. Impuso un estado de Sitio seguido de un estado de Emergencia y promulgó el Decreto Ley 46-82, el cual permitió la detención secreta, sin orden de captura, con juicio ante jueces encapuchados, con la abolición del hábeas corpus y el fusilamiento en el Cementerio General en horas de la madrugada.

Fuera de la capital, Guatemala era campo de batalla. La carretera Interamericana se convirtió en tierra de nadie, marcada por puntos de registro vigilados por militares. En donde no había destacamento se tenía la sensación de que en cualquier momento pudiera aparecer la guerrilla. En los pueblos se soltó una inconcebible ola de masacres rurales que dejaron aldeas enteras sin habitantes.

El vehículo contrainsurgente más exitoso de la década de 1980 fue el de las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC), organizadas de manera oficial en 1981. Las PAC eran una forma eficaz de controlar a la población rural en las que el Ejército no confiaba. Para mediados de 1983 virtualmente todo varón campesino entre los 12 y 80 años de edad estaba incorporado a ellas; rehusarse a patrullar equivalía a una sentencia de muerte. Para controlar a los demás, el Ejército quemó aldeas y las reconstruyó con lámina; cobertizos sin paredes e inadecuados frente a la intemperie. Para agosto de 1983, cuando un segundo golpe militar instaló al general Mejía Víctores, el control rural ya era casi ubicuo.

Guatemala, PAC, conflicto armado

Fotografía de Jean-Marie Simon

En 1984 y 1985 sucedieron 2 hechos intrínsecamente ligados. El primero fue otra abrumadora ola de secuestros en la capital de sindicalistas, estudiantes y líderes juveniles, que alcanzó su cima en 1984. En respuesta a esto, el segundo fenómeno fue la formación de un grupo de familiares de desaparecidos, el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM). En una desgarradora ironía, en Semana Santa de 1985, dos fundadores del GAM fueron torturados y asesinados; en uno de los casos, junto con su hermano e hijo de 2 años.

Culmina una época, pero no la guerra

Para 1985, el Ejército había logrado un control total: miles de muertos y desaparecidos encontrados en fosas clandestinas, además de comunidades rurales militarizadas. Esta situación impulsó a Human Rights Watch a declarar a Guatemala “una nación de presos”. Para culminar una época, pero no la guerra, en 1986 el demócrata cristiano Vinicio Cerezo tomó posesión y fue el primer presidente civil libremente electo, acción que no ocurría desde 1951.

Después de sucesivos gobiernos civiles y de los aplaudidos Acuerdos de Paz de 1996, se ha dado un progreso selectivo: se puede protestar sin miedo a aparecer muerto a la orilla de la carretera. No hay jueces encapuchados y algunos responsables del asesinato del obispo Gerardi y del secuestro de Fernando García —sindicalista desaparecido en 1984— fueron enjuiciados. En junio del 2011, el antiguo ministro de la Defensa, Héctor López Fuentes, fue arrestado a los 81 años de edad. En el 2013, el exjefe de Estado, Efraín Ríos Montt fue condenado en territorio nacional por genocidio y crímenes de lesa humanidad. Aunque la sentencia fue anulada días después, se la considera una victoria simbólica para las víctimas y sus familiares.

Existen decenas de organizaciones comprometidas a excavar, literal y metafóricamente, la verdad, desde las exhumaciones de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG), en la Verbena, hasta la Asociación de Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia Contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S.) y otras en las calles capitalinas. Se han publicado numerosos relatos de la guerra interna, desde los exhaustivos tomos de la Iglesia y de la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala (Minugua) hasta los recuerdos personales de excomandantes guerrilleros.

Guatemala eterna primavera, eterna tiranía.

Fotografía de Jean-Marie Simon

En las áreas rurales se desmantelaron las aldeas modelo o las convirtieron en aldeas pintorescas con calles adoquinadas y venta de celulares Tigo. La Iglesia ha vuelto a las áreas de donde fue extraoficialmente expulsada en la década de 1980, y los turistas llegan en manadas al Lago de Atitlán y a Tikal. Ver a un soldado uniformado provoca, si mucho, curiosidad, en vez de zozobra, y hasta dan sentido de seguridad en algunas zonas ahora dominadas por pandilleros y narcotraficantes.

Por otra parte, no ha habido investigación ni juicio de los crímenes políticos y la mayoría de los responsables andan libres. Hablar de reforma agraria y tributaria sigue siendo un sueño ya desgastado por décadas de supresión de una forma u otra, y el mero mencionar las mismas, si mucho, provoca risa. Al mismo tiempo, Guatemala sigue siendo uno de los países más pobres del Hemisferio con una de las tasas de mortalidad infantil más altas en el Istmo.

Además, esta nación padece de otro tipo de terrorismo, uno en donde la violencia y el narcotráfico son flagelos inseparables y pandémicos: ser piloto de autobús es arriesgar la vida y subirse a uno de estos transportes implica casi lo mismo. Agregado a este nuevo tipo de violencia, continúan dominando el panorama nacional la pobreza, la corrupción y el narcotráfico, que constituyen tres realidades estrechamente ligadas.

La mayoría de las fotos escogidas para la más reciente edición de Guatemala: eterna primavera, eterna tiranía representan escenas del apogeo de terror en el país, es decir, desde 1980 hasta 1988, cuando viví en esta nación y trabajaba para la revista Time y la organización de Derechos Humanos: Human Rights Watch. Algunas fotos ya fueron publicadas en anteriores ediciones, mientras que otras son inéditas, en las cuales se ha sacrificado la calidad estética por el valor histórico de la imagen, es decir, información que difícilmente se encuentra en otro medio. Sin embargo, lo que tienen en común los dos juegos de fotografías es la preservación de la memoria de lo que sufrió Guatemala.

Guatemala eterna primavera, eterna tiranía

Fotografía de Jean-Marie Simon

Guatemala: eterna primavera, eterna tiranía no pretende ofrecer una profunda perspicacia respecto al pasado ni soluciones a los graves problemas que enfrenta hoy este país. Quizá su máximo valor reside en el hecho de que estas imágenes son testimonio irrefutable de lo que sucedió en Guatemala: no mienten y ofrecen la posibilidad de reflejar lo que fue y lo que no debería volver a suceder.

NOTA DEL EDITOR Este texto iba a ser publicado originalmente en el suplemento cultural de La Hora cuando Jean-Marie Simon estaba cerca de presentar una nueva edición del libro Guatemala: eterna primavera eterna tiranía en ciudad de Guatemala en noviembre de 2016, pero por circunstancias ajenas a mis poderes como editor y ante una decisión arbitraria del mero tenazudo del periódico, el material se engavetó. No obstante, la coyuntura es propicia para recordarnos los horrores del pasado y a huevos no volver a tropezar con los mismos cerotes.

Autor: Jean-Marie Simon

Nacida en EEUU y graduada de Harvard Law School (1991). Vivió en Guatemala entre 1980 y 1988.

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