Homenaje póstumo para un amigo incauto

Creo —si nadie me corrige— que este fue su primer empleo: cajero de un banco, uno realmente muy pequeño, tanto que ya ni el edificio queda (allá por la 6ta avenida y 5 calle). Como todo patojo inocente, era un poco nervioso a la hora de atender al cliente interno (chilera forma de decir: a los pisados de la empresa que cambian cheque luego de cerrada la agencia). No éramos exactamente “íntimos” como amigos pero entre todos los compañeros le tomamos cariño, lo adoptamos, en el sentido muy peculiar de la palabra.

Se acercaba el convivio general  del banco e inquieto por ser esta su primera vez en este tipo de bacanales me preguntó:

Vos, mirá, cómo hay que llegar vestido.

Solo comprá una corbata nueva lo demás pela, pero eso sí, lleva calzoneta…

Dejó de contar el dinero y me miró fijamente; a la par una “colaboradora” (ahora, así nos llaman a todos los empleados) pasaba el trapeador y no se inmutó para acercarse a dar su contribución sobre el tema.

Llevá, ¡en serio!, a media noche las patojas, la mayoría, se tiran a la piscina… (así le dije, fue una idea de momento jamás la planeamos)

La colaboradora —cuya singular melena era la envidia de la mismísima Laura León— siguió el juego y le confirmó que todo eso pasaba, y que se pusiera a pensar que mujeres como las de cuentas nuevas y las cajeras del turno de la mañana eran las más peladas.

¿En serio? ¿No me das paja?

¡NO!, no es paja, mirá bien, allá a la de tarjetas, decime: ¿no te la imaginas saliendo de la piscina a media noche toda mojada con los pezones marcaditos..?

Su cara de deseo quizá no fue mayor que la excitación que le corrió por el cuerpo; no sé qué pasó el resto del día. A la mañana siguiente, el tema de conversación en la agencia era “las chicas y la piscina”, al menos entre los hombres y con la valiosa colaboración de las cajeras más chingonas, que no eran pocas. Nadie lo negaba, todos lo daban por sentado, él lo creyó de tanto que oía que todos a su alrededor lo mencionaban.

Pasaron las semanas, un par de veces, en sus descansos, pasó por nuestro departamento, se sentaba, confiado, con ademanes de hombre que ha caminado mucho, entre pláticas y chismes, preguntaba a todos sobre sus experiencias en la piscina para el convivio; todos, todos le dieron más de alguna nota pasada y datos sobre cómo se miraba fulana o mengana.

Llego el día tan esperado, un sábado de diciembre. El frío estaba puesto en el lugar del evento, uno que queda antes del aquel motel famoso—dicen que muy bueno— que está en la Roosevelt. Diez compañeros nos dimos a la tarea de llegar temprano —el maldito guaro lo hace a uno madrugador— para agarrar la mesa más lejana de la gerencia, pero mejor ubicada para los meseros. Cuando lo vimos entrar llevaba un traje café, una camisa amarilla y la corbata nueva, iba feliz.

Emocionado se acercó a nuestra mesaa, nos saludó, nos vio fumar tranquilamente, hablando de lo que se habla en un convivio: nada importante, nada que recuerde al día de hoy; cuando entre sus nervios nos interrumpió:

¡Muchá! ¿Trajeron calzoneta?

Lo volteamos a ver, se hizo a un lado donde no lo pudieran ver la plana mayor ni los que iban entrando y se bajó el pantalón dejándonos ver su calzoneta, una pantaloneta de equipo de fútbol verde…

Los años pasaron. El banco quebró, fue absorbido por otro más grande. Vamos a decir para no quebrantar los buenos recuerdos de los que trabajamos allí, que pasados ya 12 años de ese convivio nos seguimos llamando familia. El 9 de enero de este año, me entró una llamada, uno de eso amigos, sin saludar y sin yo saber quién vergas era solo me alcanzó a decir: “viste lo de Acatenango…”

Allí iba, allá quedó. Claro que en estos años hablamos varias veces, de muchos temas, de amigos, jamás olvidó lo de la calzoneta, decía que lo contaba con sus amigos como la gran majeada de su vida. Simpatiquísimo él y su forma de ser; debo dar fe de que era un aventurero, si pueden ver su perfil en feisbuc, sus despedidas fúnebres son de las más variadas, hasta las hay de un zapatero que jura que nadie le pedía estilos más extraños y contra reloj.

Quería hacerle un homenaje póstumo, no donde todos se llenan la boca de las palabras más acomodadas para decir lo que apenas sienten, quería en este, dejar claro que lo más importante al morir es cómo logramos, los que quedamos, recordar.

Y claro nos queda ese recuerdo y que fue el primero que se puso a pija en ese convivio. Por allí en un chat privado circulan las fotos donde antes de las 8:30 de la noche ya estaba en un carro, dormido. Jamás pudo ver a las chicas, salir de la piscina con sus vestidos de gala, mojados.

Fin

Autor: Rudy Aldana

(Guatemala, 1973) Varios oficios, muchas más necesidades internas, pocos apegos y ganas de dejar marca.

Comparte esto en

Danos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *