La Bienal de Arte Paiz, sujeto prescindible

Bienal de Arte Paiz

Bienal de Arte Paiz, interior de Casa Celeste. Fotografía de Fernando Chuy

Múltiples luchas se sostienen socialmente en un lugar y condiciones que más que conciencia de clase, o quizá por ella misma, a lo que incitan es al crimen como una de las bellas artes.  Retórica de Estado y sangre en las calles confluyen en síntomas cansados de una protesta y objetivos que parafrasean de la peor manera la fábula de La Oveja Negra de Augusto Monterroso: Quitar y poner gobernantes desde la práctica de la insatisfacción “artesanal” y por las mismas razones absurdas que nunca debieron volver a ser.

En un contexto tan nefasto se supone que las expresiones de arte están llamadas a proveer modos de ver, hacer y relacionar que reafirmen un humanismo que nos rehabilite a toda costa. No son las poéticas, las diversas y vanguardistas, algo a desdeñar como arma eficaz contra el oscurantismo reinante. El consumo de realidad pura y dura sobrepasa toda oferta de espacio espiritual y no hay, por decirlo de alguna manera, alternativas que se alcen como sujetos protagónicos y asuman ese rol social de ser la conciencia estética y artística de la época.

Esta demanda no se refiere textualmente a que las expresiones de arte transmuten y calquen desde el panfleto las preocupaciones de la calle, del futuro y del cambio. Sin embargo, la necesaria libertad de práctica artística parece hundirse en delirios de agua azucarada, que se distribuye en certámenes institucionalizados como la Bienal de Arte Paiz bajo la denominación de “rizomática” por el solo hecho de amontonar en el espacio de un evento cultural expresiones diversas, en lugares distintos ya “descentralizados” de la urbe. No por tanto incluir se amanece más temprano. Y eso, porque la conjunción enriquecedora del “esto y/con aquello” que provoca la reflexión y ampliación de relaciones bien pensadas no logra superar el estado de solo disyuntivas del “esto o aquello o lo otro”.

Por ejemplo, entre un empapelado de un colectivo de lucha social y una danza ancestral pudo enriquecerse tan solo dimensionando el punto de coincidencia y concepto que las reúne a distancia bajo el amparo titular y tutelar del sacro nombre de Bienal. Pero cada expresión quedó desvinculada y por tanto neutralizada en ese fallido rizoma difundido de forma rimbombante. En este sentido, la bienal no llegó “más allá”, porque no es de distancias que hablamos si no de logros de relación y convergencia desde las diferencias.

Una Bienal que sucumbe por falta de audacia y riesgo

Citar las dos o tres puestas en escena que mejor representan el circuito de concepción conceptual (concepto, proceso, producto y relación) es reducir a una práctica de prejuicio personal (toda “selección” lo es), un fenómeno de distribución cultural que debe verse en el conjunto y no desde las excepciones. Éstas, si existen, deben ser asumidas desde las herramientas de consumo de cada visitante, que por cierto, ni son legión ni encuentran la receptividad necesaria en espacios que aparte de ofrecer una atención amable pero inocua, también internalizan una vigilancia que estorba aun y con toda la proyección discreta e institucional de sus elementos.

El debate tampoco recae en que estén los mismos, porque eso lo define el filtro local que muchos artistas señalan como tendencioso (obvio) y pre-pactado (obvio). Si no, que sea lo mismo de siempre: anhelo que sucumbe por falta de audacia y riesgo.

Bienal de Arte Paiz

Fotografía de Fernando Chuy

Como conclusión, ya que no es posible más filón en un proyecto ambicioso pero frugal, si es necesario decir que ni la figura portentosa de un Gerardo Mosquera, puede hacer las veces de tanque de oxígeno a un síntoma cada vez más evidente de desahucio: La Bienal es prescindible y suena fuerte el eco del ejemplo mexicano… una anti bienal, exenta de premios y curadores y que sea el propio gremio de artistas quienes gesten y reclamen en espacios abiertos su derecho a presentar y exponerse sin necesidad de filtros caducos y “risomáticos”…

Autor: Mauro Osorio

(Guatemala, 1960) Artista visual de formación autodidacta. Actualmente trabaja fotografía. Asiste en apoyo a pláticas sobre arte a donde le abran la puerta. Nada especial, pero todo en serio, inclusive su afición a la escritura.

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