La invención de la nostalgia

Fotografía de Ban Vel

A principios de los dos mil, mientras la mayoría de adolescentes de mi edad balbuceaba estúpidamente el coro de una canción homónima de Natalia Lafourcade y los post-jóvenes intentaban —en una Guatemala sin internet— predecir los efectos del enigmático Y2K, yo me sumergía en una búsqueda que creía—con todo el egoísmo que mis 16 años podían inyectarme— más trascendental: me urgía música nueva.

Fotografía de Eduardo Juárez

En aquellos vetustos años repletos de ocio y de asaltos en las camionetas rojas, esa necesidad –hasta biológica– implicaba rifarse el físico: encontrar almas desinteresadas que te rolaran música sin esperar algún tipo de droga, moneda o más música a cambio, era una virtud gregaria con la que los esquemas zodiacales, definitivamente, no me habían bendecido. No tenía drogas, ni música, ni varas. ¡Holy shit!

Una tarde me acerqué a mi gran hermano Alexio, mejor conocido en los bajos mundos metaleros como Alejandro Ramírez –también columnista de estas, no tan humildes, páginas electrónicas–, y le planteé todas mis inquietudes existenciales y fenotípicas sobre la música de aquel ciclo.

Gerson Ortiz y Alejandro Ramírez en una ya lejana tarde musical en el Cerrito del Carmen.

Alexio, con la actitud de un auténtico profeta de la melomanía, me dijo: Va, esperate para mañana, te voy a rolar una bandona que podría gustarte…. La ansiedad empezó a embargarme a los pocos minutos. Siempre me pasaba lo mismo cuando iba a escuchar algo nuevo, se generaban en mí, sentimientos que ningún ser humano había provocado hasta entonces. El rockanrol se estaba divirtiendo.

Al día siguiente, Alexio me entregó un casete viejo, de 60 minutos, sin estuche, y me dijo: Escuchalo y si te llega, te paso más musicón de ese tipo. Había un enigmático énfasis en la palabra “musicón”.

La iniciación

En los primeros segundos de aquel casete Maxell UR 60, había una atmósfera auditiva acompasada con trinos de águila y gorjeos de aves más pequeñas que decrecían con el sonido del viento. Eso daba paso a una marcha triunfal con acordes en posición de quintas. Un coro de sintetizadores ocupaba, en crescendo, el lugar de las notas más agudas de la guitarra y daba paso a la escena cinematográfica de una épica victoria.

Era como el final de una batalla: los guerreros caminaban con paso firme sobre los cadáveres de sus enemigos. Atrás quedaba el apocalipsis sobrevivido, adornado con algunas columnas gruesas de humo negro que penetraba, frenéticas, la niebla del valle. El rocío sublimaba el filo ensangrentado de las espadas…

Igual que a aquellos guerreros, se explayaba frente a mí la alborada de un nuevo destino, pero mis ojos dieciseisañeros no eran suficientes para abarcar todo el horizonte. Me sentía como Diego frente al océano en aquel cuento de Galeano titulado “El mar”.

Aquella versión casete del “Guardián de las siete llaves” –tercer disco de la banda alemana Helloween– sedujo mi percepción y me ubicó en el umbral de un nuevo camino musical.

El legendario casete “Keeper of The Seven Keys” de Helloween

Experimenté (varias veces al día) la brutalidad sonora de canciones como “Eagle fly free”, “Save us” y “Rise and fall”, sin embargo algo llamaba especialmente mi atención: no era el contundente frenesí del doble bombo o la animalidad de las guitarras eléctricas –que ya había escuchado en canciones de Metallica, por ejemplo– lo que había elevado mi incipiente espíritu heavymetalero, había algo más y solo podía explicarlo con imágenes que se proyectaban espontáneamente en mi cabeza. Locura le llaman algunas personas.

Cada vez que el casete giraba su cinta magnética color café hasta “You always walk alone”, mi mente entraba en un trance en el que todo se veía repentinamente humedecido por una luz crepuscular que me generaba cierta tristeza.

Nota mental (por si algún ‘milenial’ me leyere): todo aquello era como si el Aden, Mayfair Rise, X-Pro II, o algún otro filtro “darks” de Instagram invadiera, repentinamente, mi realidad, pues.

 

Mientras la introducción y los pre-coros de “We got the right” me hacían gravitar entre túneles oníricos –que parecían extraídos de los más inhóspitos paisajes saharauis–, con “March of time” mi cerebro me daba la sensación de descender flemáticamente sobre infinitos campos cubiertos de azafrán. Estaba en el umbral de la nostalgia, esa era la razón por la que todo tenía esa luminosidad inusual que se salpica sobre las cosas que sabes que se irán pero que todavía no son recuerdos.

“Keeper of the Seven Keys”, la canción que daba nombre a aquel mítico y casi proscrito casete de Helloween –la cual duraba 13 minutos y 38 segundos (a marte)– reunía todos los elementos: violencia doblebombesca, riffs martilladores y tiernas alucinaciones intramusculares. Todo aquello sin necesidad de drogas. Touché, malditos hippies.

Los alemanes de Helloween son considerados los padres del Power metal por las influencias de sus trabajos musicales.

El nóstos

Nóstos es una palabra griega que se refiere a viaje, retorno, vuelta a la patria, regreso al hogar. También es la raíz de nostalgia. Pero, ¿hacía dónde estaba volviendo con el sonido de las escalas menores de Kai Hansen y la voz de Michael Kiske? ¿A dónde volvía si ni siquiera sabía hacia dónde iba?

Fue la música la que me hizo entenderme como un ser, sensible primero, social después. Y esa producción discográfica –pasada artesanalmente a un casete, doce años después de su publicación– significó en mi vida un punto de inflexión muy intenso.

Así fue como pasé de ser un escuálido aspirante a “Headbanger” a percibir emociones tan intensas como inefables. El rockanrol era mi pastor, nada me faltaba y en vastas praderas “tie-dye” me hacía reposar.

Después de aquel disco escuché los otros trabajos de Helloween. La experiencia sensorial era parecida, pero venía en dosis más pequeñas. El disco Chameleon, por ejemplo, me pareció indescifrable, solo la experiencia y la apertura de mi mente hacia otros confines sonoros me ayudaron a valorar esa obra maestra dirigida por Kiske.

Luego vinieron los pleitos legales (al final después de todo, no somos tan distintos) que la banda tuvo, la llegada de Andi Deris –que se defecó en el curso que había tomado el proyecto bajo el pretexto de que el metal debía ser pesado porque así lo hizo Dios– y Helloween se convirtió en otro grupo, pero con el mismo nombre. ¿Les suena familiar?

Hace algunos meses, la agrupación original se reunió con los músicos posteriores –nadie es perfecto, solo Dios hace al hombre feliz– y montaron una gira llamada “Helloween Pumpkins United”.

“Rockanrol en tiempos de guerra” Fotografía de Gerson Ortiz

La gira incluyó un concierto al que asistí casi por azares del destino manifiesto. Significó la excusa ideal para celebrar un ciclo lleno de emociones en mi vida. Vi a Kiske –vocalista en “The Keeper of the Seven Keys”– en vivo y eso es algo que, a mis dieciséis, mientras surfeaba entre las vastas e idílicas llanuras de la melancolía color azafrán, era solo una incipiente quimera.

Diecisiete años después intento no tener ideas definitivas, pero voy entendiendo la nostalgia. Esa especie de dolor transparente que nos empuja a estar en movimiento, a viajar hacia nuestros orígenes, a volver a nuestro “hogar”, lo que sea que eso signifique.

Afiche de la gira mundial de Helloween 2017 – 2018

Autor: Gerson Ortiz

Gerson Ortiz (Guatemala, 1984) Periodista, melómano, sarcástico, amante de la fotografía, escribiente y, por ende, lleno de dudas. Hay una sombra para cada luz.

Comparte esto en

Danos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *