Soy la más perra y vuelo como ninguna

Fotografía de Rodrigo Méndez

Llegó, se paró frente a mí, dijo su nombre y acto seguido agregó: soy una perra. Pensé que era broma porque entre mujeres tienden a llamarse perras y zorras, cosa con la que nunca he estado de acuerdo, pero sé que les encanta. Me miró seria y volvió a decirme de forma muy fresca es en serio mano, soy una perra, a mí sí me gusta andar puteando, lo disfruto, pero desde hace como tres meses no puedo hacerlo.

Me contó que había conocido a un chavo y que a pesar de no ser el mejor amante le había despertado pasiones y sentimientos como una adolescente. Estaba ebria; bebía felizmente por el placer de hacerlo y en sus ojos se veía cómo ese sentimiento de amor la consumía y rompía con todo lo que ella misma creía que era. No he podido coger con nadie más desde que estoy con él. No dejaba de hablar de ello. Julia estaba a mi lado, ella había presentado a los dos enamorados, decía estar de acuerdo con la relación y al mismo tiempo parecía tirarle la pedrada de fue mío antes, también me acosté con él.

No era el alcohol; era el abismo. Escuchaba las historias de cama de esas dos mujeres a las que acababa de conocer como si se tratara de una competencia. Todas siempre más de alguna vez están comparando quién es más habilidosa o simplemente contando sus secretos de aquello que antes no se les permitía hablar. Yo también había pasado por situaciones como esas en las que terminaba abriendo la boca dejando a flor de piel el lado oscuro de mi corazón.

Es normal iniciar una conversación diciendo tu nombre y agregando una segunda etiqueta: Hola soy fulano, soy artista, arquitecto, ingeniero, poeta. Todos llegan tratando de lucir su mejor pieza, algunos más intelectuales y otros más hábiles, pero era la primera vez que llegaba alguien con tanta seguridad a revelarme su estado de crisis.

Me sorprendió cómo le molestaba más el hecho de no querer tener más sexo con ninguna persona que la cosificación de su propio ser; no digo que el sexo no sea bueno, pero creo que hemos confundido el papel de la mujer libre.

He leído en medios de comunicación y en distintas redes sociales que se consideran feministas no hablar de otra cosa que la libertad de la mujer al elegir sus posturas y a sus amantes, como si fuera una novela erótica documentada. Estuve frente a la reencarnación de esas historias cuando la conocí a ella y su inusual presentación; autodenominarse “perra” como mayor virtud es producto de esta era mal informada.

Coger cualquiera puede hacerlo y al final de cuentas no es lo más importante; al momento en que una mujer interesante se me acerca y me dice Hola soy Mengana y soy una perra me deja más tristeza que certeza.

Recuerdo la primera vez que vi El lado oscuro del corazón, película argentina- canadiense escrita y dirigida por Eliseo Subiela; se me hizo una cinta cruel pero necesaria. La trama es excelente para quien disfruta de la poesía pues el guion prácticamente está compuesto por poemas hablados. Incluso vemos a Benedetti recitando sus poemas. El personaje principal es un poeta que va por la vida buscando una mujer que sepa “volar”. Por su cama pasan distintas mujeres, unas más hábiles que otras, a todas termina desechándolas como si fueran objetos. Conforme la historia avanza ese “saber volar” adquiere otro significado. Y mientras en ciudad de Guatemala la gente sigue volando huevo sin llegar a ningún lado, yo espero que ustedes algún día encuentren con quien “volar” para trascender más allá de los fluidos y los lugares comunes.

 

Autor: Alejandra Sarti

(Guatemala, 1993) Polémica, e indescriptible. Documentar es crear mundos por placer y obra social. No todo lo que leés es alimento para tu alma; también hay basura documentada.

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