La niñita de papá ya no es más una niña

Fotografía de Fernando Chuy

Aquí se hablará pelada y anecdóticamente sobre del hecho biológico acontecido cada mes (en promedio) en el sistema reproductivo de los mamíferos de sexo femenino. Pero antes convendría que las lectoras/tores pulsaran play en el siguiente video, para identificarse con el título del artículo y con las emociones narradas a continuación.

Era un 14 de febrero,  no recuerdo el año exactamente. Fue un día largo en la escuela, mucho bullying, pocas clases, demasiados compañeros. Mi humor cada día se volvía más explosivo, la pubertad se comenzaba a presentar de forma silenciosa. Tenía 10 años, me gustaba el pop en inglés, el rock, me las llevaba de rebelde, como la telenovela (nadie es perfecto y menos a esa edad).

Por la tarde estaba en casa aún con el uniforme puesto, como si fuera mi pijama, de pronto tuve una sensación extraña en la entrepierna, no sabía explicarla así que decidí ignorarla. Pasaron los minutos y sentí  un líquido caliente que corría por mi pierna, fui corriendo al baño para ver que me sucedía,  baje mi ropa interior, me senté y vi sangre.

Inmediatamente quede en shock, miles de preguntas comenzaron a surgir y los recuerdos afloraban. Mamá me había hablado hace algún tiempo sobre los misteriosos sobrecitos de plástico que mi hermana escondía en su ropa,  toallitas femeninas o “pañalitos”, como yo les solía decir.

Ella me explicó que una chica comienza a madurar al momento en que tiene su primera menstruación, pero según yo no tenía de qué preocuparme porque a las mujeres de la familia les sucedía normalmente a los 12 o 13 años. Faltaba bastante para “hacerme mujercita”.

Sentada en el inodoro, con sangre en los dedos, lo primero que hice fue comenzar a llorar… No sabía lo que me estaba sucediendo. Si  mi mamá me había dicho que eso sucedía a los 13 años ¿entonces qué putas me estaba pasando? ¿Se me había roto algo? Este ha sido el momento más incómodo que he tenido en mi vida.

Mi abuela comenzó a preguntar por qué no salía del baño, que ya me había tardado bastante, tal vez me había desmayado de una fuerte diarrea, tal vez estaba haciendo alguna travesura, tal vez inhalando los líquidos desinfectantes, pero nel.

Para no levantar más sospechas, grité por mi mamá como pidiendo papel higiénico. Cuando llegó a la puerta le quise abrir pero tenía las piernas demasiado aguadas como para ponerme de pie. Finalmente logré reunir fuerzas en medio de mi desangramiento, y abrí.

Lo primero que vio fueron mis ojos hinchados y rojos de tanto llorar,  me preguntó asustada que qué me pasaba; mi única reacción fue mostrarle un pedacito de papel con sangre. Sus ojos se abrieron tanto, nunca los había visto así. Me abrazó y me dijo que no me asustara, me llevó una toalla sanitaria y ropa para cambiarme.

Esperándola por varios minutos logré escuchar a lo lejos varios murmullos; mi mamá se tardó demasiado por andar contando la primicia a mi abuela, a mi tía, a mi hermana y hasta mi prima.

En los minutos siguientes tenía en ese pequeño baño a todas esas mujeres junto a mí, viéndome como si se tratase de una obra de arte o un indefenso recién nacido. En el fondo sentía que estaba en la escena de la película Arma Mortal, donde Danny Glover no se puede levantar del inodoro porque hay una bomba. Era yo el centro de atención; eso se sentía bien y mal al mismo tiempo.  Mi mamá regresó sin traer la ropa que me prometió para poder cambiarme.

En la cena ese fue el tema de conversación: la nena ya no era nena, la niñita de papá no era más una niña. Todas empezaron a contar sus anécdotas sobre cómo había sido esa experiencia para ellas, yo seguía sin lograr asimilarlo; lo único en lo que podía pensar era “¿y ahora cómo voy a ir a clases mañana?” “¡Qué raro se siente esta cosa (la compresa entre mis piernas)!”. No me quedaba claro cada cuánto se cambiaba la toalla. Todo el tiempo sentí como si me hubiera orinado encima, no sabía poner esa cosa a la perfección, qué hastío…

Al día siguiente fui a estudiar, pero mi mamá decidió hablar con mi maestra; al comentarle mi situación me dio un trato especial. Creo que yo era la única en esa clase que ya estaba menstruando.  Al recreo me llamó para decirme que si necesitaba ayuda no dudara en hablarle. Yo sentía vergüenza, creía que nadie me entendía en ese momento, quería llorar, tenía sólo diez años y no quería crecer tan rápido.

Ese día había en la escuela celebraciones por el Día del Cariño. Me quedé sentada viendo a mis demás compañeros haciendo sus mamarrachadas y a los de grados mayores tirándose la onda entre sí. Así estuve por varios minutos. Mala decisión la mía porque me manché… Era mi segundo día menstruando y ya estaba pasando por las peores experiencias que una chica puede tener. Lo único que pasaba por mi mente era la palabra mierda, una y otra vez, como si fuera un disco rayado. Con mucha vergüenza le dije a una amiga lo que me había pasado. Creo que no entendió nada. Tal vez pensó que me había cagado, pero se apiadó de mí y me dio su suéter para cubrirme, levantarme e ir por ayuda.

Así pasé alrededor de 45 minutos nada agradables. Logré cambiarme y ponerme una toallita, pero para entonces la falda de mi uniforme era una escena del crimen. Al salir, entre empujones llegué adonde estaba mi mamá y le mostré lo que me había pasado, ella sólo me dijo que era algo normal. Yo no pensaba igual. No era normal que sangrara tanto de un lugar donde nunca imaginé sangrar. Era demasiado para asimilar, pero eso no era nada, aún no conocía el infierno que estaba por venir: los cólicos.

Pasaron los días y agradecí tanto que se acabara, ya no tenía que andar con un pedazo de algodón y plástico entre las piernas, pero fui demasiado ilusa… la menstruación o Andrés —apelativo vulgar— me iba a visitar una vez al mes por el resto de… bueno, eso cualquiera lo sabe…

No me podía imaginar tener que cambiarme cada 3 horas una toallita, cambiarme la ropa de haberme manchado, aguantar los cólicos, tener drásticos  cambios de humor, estar sensible por días, odiar a todos, que me comenzara a salir acné…agh, odiaba la idea de crecer y de menstruar…

Fotografía de Fernando Chuy

Resignada, mis caminatas por el supermercado se hicieron más largas, tenía que buscar las toallas femeninas perfectas que tanto anunciaban en los comerciales de la televisión, esa compresa milagrosa que evitara mancharlo todo, que además fuera casi invisible, que se adaptara a mí, que aguantara abundantes descargas, que capturara el olor a sangre y lo disfrazara con el olor a manzanilla para que todo el que estuviera cerca mío no pudiera sospechar que estaba menstruando o que me había fumado una planta de esas.

Todo era cada vez más complicado. Mi papá siempre me acompañó. No confiaba mucho en él porque podía comprarme las gigantescas nocturnas o los microscópicos protectores diarios, pero nunca las que le pedía. Sin embargo, aun comprando las mejores y más caras, siempre me manchaba.

Si una se mancha, además de sentir cólicos, cambios hormonales y de humor, también tiene que sentir vergüenza, pues según  dicen eso sólo le pasa a chicas descuidadas o poco higiénicas… ¡Ahuevos que no! Pero siempre nos acompaña el prejuicio, como si se tratara de sangre producto de balaceras y puñaladas.

La sangre que corre por la violencia sí es “normal”, o sea, a la que estamos acostumbrados en nuestra Guatemalita, pero no podés hablar de aquella menstrual porque es algo privado de cada mujer, tanto que no se debe comentar nada al respecto. Todo un tabú. Así que al deshacerte de tu toallita usada debés ser lo suficientemente meticulosa para enrollarla, meterla en la bolsita de la nueva y envolverla en tanto papel como se pueda, para que nadie vea aquello desagradable y poco higiénico en un bote de basura,  escondiendo ese proceso  natural por el que todas pasamos.

Tengo lejanos recuerdos de aquella frase de “estar mala”. Cuando yo la escuchaba de otra mujer pensaba que tenía gripe, había tenido un accidente, se había lastimado o fracturado, pero no… ¡se usaba para referirse a su menstruación! ¡Menstruar era visto como una enfermedad limitante!

No hay mayor discriminación que la indirecta que viene en los anuncios y comerciales de esas mágicas toallas femeninas que te dicen que son las mejores por ser las más discretas del mercado, que nadie debe enterarse que estás en esos días… y que no te dicen de qué material están hechas. De igual forma las maravillosas pastillas “anti-locas” que calman los cólicos menstruales, estigmatizando nuestros cambios de humor y dando una obsoleta justificación de ese dicho vulgar y naturalizado:  “andás insoportable porque estás en tus días…”.

Obviamente tenemos cambios de humor todos los meses, pero no somos las únicas; los hombres también los tienen. Todos somos diferentes, actuamos y reaccionamos así. En mi caso el Síndrome Pre-Menstrual –SPM- influye mucho, cosa que unas pastillas o mucho ejercicio no puedan controlar, pero así como yo hay muchas mujeres que además de lidiar con la discriminación vivida, no logran naturalizar este fenómeno biológico.

El rechazo de nuestro propio cuerpo es una estrategia –muy buena- del capitalismo, pero es una mierda. Nos engañan con el ser humano perfecto, pulcro, sin vello corporal, musculoso, con la mejor ropa, que si no le gusta algo de su cuerpo lo puede arreglar fácilmente con una cirugía plástica, etc.

Nos venden ropa interior incómoda que no se ve bien junto a las toallas femeninas, para entonces vendernos tampones, para poder usar esa ropa incómoda y un trocito de algodón incómodo dentro de la vagina. Cuerpos extraños que desprenden residuos dentro de vos, capaces de producirte una infección vaginal de diferentes magnitudes. Cuando toca comprar el tratamiento en la farmacia te ven como una chava promiscua en tanto andas  comprando medicamentos tan fuertes. Agh…

Las toallas se hicieron para utilizarlas, pero nadie te dice que son incómodas, calientes y causantes de infecciones e irritaciones horribles, igual los tampones. Estos últimos son para que no la pasemos “tan mal” en esos días de verano y piscina, pero de todas formas son infecciosamente contraproducentes como se ha mencionado.

Aburrida de todos los métodos usados a lo largo de 12 años, decidí probar uno que me pareció un poco extremo al principio pero una buena opción a futuro: la copita menstrual.

Es un trocito de silicón en forma de copa que se introduce en la vagina y recolecta la sangre. Una amiga me la recomendó y, lo admito, al principio fue incómodo, otra vez estaba repitiendo el ciclo de no saber lo que sucedía, cómo usarla y esas cosas, pero ese pedacito de silicón pronto me hizo aceptar mi cuerpo y sus procesos cada vez más. Las primeras veces se siente extraño tener algo dentro de la vagina, pero después ya nel. Inclusive se fortalecen las paredes vaginales, beneficiando los encuentros amorosos, pero esos son otros 11 pesos. Son duraderas, coloridas, se les agarra la onda rápido, son ecológicas y demás virtudes, pero lo más importante, ya no veo mi cuerpo de manera extraña, acepto lo que soy desde adentro hacia afuera, desafiando aquellos pedagógicos comerciales de toallas femeninas donde echan un líquido para mostrar lo absorbentes que son para hacernos sentir alienígenas de flujos corporales azules y verdes.

Agradecimientos especiales a  502 pizza por dejarnos usar el baño y por la deliciosa pizza 😉

Autor: Ivonne Monterroso

Ivonne Monterroso. (Guatemala 1994 - ...) Morena de ojos grandes, melómana, "tía cosa" por las noches, cantante de ducha, inquieta por naturaleza, astral nebulosa, soñadora y amante de todo.

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