La peor blasfemia en la que alguien puede caer

Tras terminar de chicotear un poco el balón en una cancha cerca del diamante de beisbol Enrique “Trapo” Torrebiarte decidimos ir a jugar un poco de billar. En aquel entonces ese juego era un rito cuasi que obligatorio en el día a día.

Barras bravas, fútbol guatemalteco, Vltra sur, Comunicaciones

Fotografía de Javier Herrera

El billar suele tener elementos que trascienden la mesa, el taco, la tiza y las bolas. Porque se juega algo muy primitivo entre la victoria y la derrota. Porque su contexto es constituido por un entramado de calle, vicios, mañas, reconocimiento de habilidades y resignación de limitaciones. Entonces para nosotros, que no terminábamos aún el colegio, todo aquello se nos presentaba como posibilidad, dicha y aprendizaje aunque no lo concibiéramos a cabalidad de esa manera.

Un lugar de espíritu pesado

Aquel billar que frecuentábamos tenía un espíritu bastante pesado. No estaba claro de que iba el asunto dentro de esas paredes, ni siquiera tenía un rótulo en la puerta que lo anunciara como tal pero lo seguro era que el juego y las sustancias proliferaban cotidianamente.

El hijo del dueño, un chico rockero apenas mayor de edad no solo era un excelente jugador de pool sino también de los principales dirigentes de la “Vltra Svr”; barra brava del club Comunicaciones que, dicho sea de paso y como todas las otras, es muy poco amistosa con los aficionados rivales.

Una vez recuerdo que tuve la brillante idea de ir con ellos a un partido; bombos, banderas, morteros, mucha mariguana y un rumor conspiratorio sobre que era el “Kinny” quien llevaba en esa ocasión un cuete, calentaban aquel ambiente previo a la fiesta en la cancha. Eso era, claro está, solo una parte de aquella ceremonia.

Barras bravas, Vltra Sur, Comunicaciones, seguidores cremas.

Fotografía de Javier Herrera

Había más, siempre hay más en esas situaciones. Se trataba de gente selecta que afirmaba “amar al albo” aunque se reconocía rápidamente que muchos en realidad eran hinchas de su propia hinchada respondiendo a un sentido de pertenencia y de evasión ante la soledad humana. Cierto, no eran muchos, pero tampoco pocos y aunque sin duda hay equipos con porras más grandes vaya si todas esas personas vestidas de blanco no se la rifaban. Cantaron y saltaron todo el partido mientras el hornazo a mariguana nunca cesó.

Pero volvamos al asunto de ese día que nos dirigimos al billar. Caminamos kilómetro y medio hacia este y justo cuando estábamos a unos metros, en una tienda que quedaba muy cerca del local, nos dimos cuenta que la policía tenía contra la pared a tres sujetos que portaban camisolas de algún equipo de fútbol que en ese momento no reconocí.

Los registraban e increpaban violentamente. Vimos de reojo aquella situación pero como buenos hijos de la posguerra una sensación de prejuicio e indiferencia nos ganó y continuamos nuestro camino.

Cómo está la jugada

Nomás entramos al billar pude darme cuenta que habían por lo menos cuarenta individuos con playeras similares a las de los tres que hace apenas unos segundos rendían cuentas a la poli. Todos eran hombres y escuchaban cánticos de alguna barra brava. Algunos jugaban billar y fumaban tabaco o mariguana. También estaban los que simplemente bebían cerveza y fue precisamente uno de ese clan quien se percató de nosotros y el que con actitud altiva e insolente, se nos acercó con actitud desafiante.

Lo recuerdo bien, moreno y delgado, alto y seguro. Sus brazos contaban con varios tatuajes que exhibía con soltura y a la altura de su rodilla colgaba una escuadra sujetada por una especie de funda negra.

Qué pedo, cómo está la jugada. Dijo con un evidente acento catracho. Mientras el grupo de donde había salido esta especie de anfitrión dirigía todas sus miradas hacia nosotros con una tirria feroz. Resulta, pues, que eran barras bravas de la “Ultra Fiel”, o sea hinchas del club hondureño Olimpia y que, de alguna manera, son aliados de la “Vltra Svr”, de la barra de los “los cremas”.

El tipo nos escaneó de pies a cabeza mientras identificó en mi playera un pequeño escudo de comunicaciones que le calmó un poco su invasiva actitud para con nosotros. Me extendió la mano y entonces prosiguió el mítico roce de palmas y golpe de puños cual ritual que tranquilizaba en algún grado mi pulso acelerado.

La prueba de fuego

Existió un poco de complicidad, al menos conmigo pero inmediatamente volteó su mirada hacía mi amigo más próximo como para hacerle la prueba de fuego. Le preguntó, viéndolo con altivez, si era “crema”; mi amigo, que aún hasta la fecha simpatiza con dicho equipo, asintió con la cabeza sin decir una sola palabra.

Ojalá esto sea suficiente para alivianar el momento, pensé, porque si el jerárquico cuestionamiento va a pasar por el tercero de nosotros, en teoría y por posicionamiento filo-futbolístico, la respuesta será negativa y entonces habrán serios problemas si se logra identificar la inclinación escarlata de nuestro otro compañero.

Ante aquel fundamentalismo deportivo y la vulnerabilidad en la que nos encontrábamos, una mala respuesta podía terminar jodidamente mal. La desafiante pregunta de aquel hondureño, al tercero de nosotros, no se hizo esperar. ¡Cagamos!, me dije para adentro. Entonces fue cuando aquel compañero -de declarado gusto “rojo” del Municipal- afirmó, con la cabeza y con una voz nerviosa pero no cortada, ser puro crema del Comunicaciones.

Si Galileo Galilei no se la jugó ante un escenario -mucho más trascendente para la historia, al menos en teoría- porque habría de juzgarse como cobarde el insignificante acto de aquel compadre. Aunque para los más fieles y fanáticos de aquel juego de masas ese día aquel joven asustado cayó en la peor blasfemia en la que alguien puede caer…

Autor: Sergio E Castañeda

Nacido en la ciudad de Guatemala por eso del año 1988. Estudiante de Historia fascinado por la exploración e indagación de distintos escenarios y rincones de la existencia. Consciente de que hay que expulsar letras que logren provocar, incomodar o estimular. Vamos a barranquear, pues, para ver qué hay en esas profundidades desconocidas… ¿ah y queso?

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