La última frontera

Fotografía de Lozano

Un campo de fútbol fue construido justo en la frontera que divide a Guatemala y Belice.

He tenido la oportunidad de atravesar varias fronteras que rodean a nuestro país. Visité la frontera con El Salvador (Las Chinamas) en mis primeros intentos como reportero, aún siendo estudiante de bachillerato. Más adelante ese sería también el primer país al que salí y al que más veces he ido, a veces por el obligado tránsito hacia el sur.

Años después, producto de un amorío con una hondureña, viajé en bus desde Ciudad de Guatemala a Esquipulas y de allí a Camotán para luego llegar a la frontera El Florido, que comunica a nuestro país con la ciudad maya de Copán en Honduras. Esta es la frontera más desolada de todas. Todo el recorrido es árido, pero valió la pena llegar.

Luego, trabajando para un medio impreso, me tocó atravesar vía Tecún Umán, San Marcos, el Río Suchiate para llegar a Ciudad Hidalgo, allí pude fotografiar las balsas improvisadas hechas con tubos de llantas con las que “los ilegales” y el contrabando cruzan la frontera, a pocos metros de la migración.

Por último, a 580 km de la ciudad capital, luego de atravesar toda la ruta noreste del país por más de once horas, más allá de la ciudad de Tikal. Ahí, donde el diablo dejó el caite tirado, mis posaderas necesitaron urgentemente un marcador. Hablo de la  la frontera que divide Guatemala y Belice.

Este puente atraviesa el río Mopán y conecta a Arenal con Melchor de Mencos. Fotografía de Lozano

Atravesé la frontera entre Melchor de Mencos y Benque Viejo. Tras sellar mi pasaporte en la migración beliceña todos esos ideales de falso y estúpido nacionalismo que gritaban “¡Belice nos pertenece!” se esfumaron. Solo bastó un sello en mi pasaporte para caer en cuenta.

En Melchor de Mencos me tocó cambiar quetzales por dólares beliceños. Su moneda es más fuerte que la nuestra, a más de tres por uno. Luego el policía de migración, un hombre regordete, chaparro y moreno me habló en un inglés caribeño que medio entendí.

La etiqueta de ilegal

Fotografía de Lozano

A la migración llegó Maritza, de origen beliceño, la pareja de mi amigo Nahual, un guatemalteco que se enamoró irremediablemente de ella, por eso ahora vive allá y con toda la razón del mundo, porque aquella es bien chula en todos los aspectos.

El policía de migración interrogó a Maritza sobre la razón por la que nosotros  (mi novia y yo) íbamos a Belice y ella le explicó en inglés que éramos sus amigos, estábamos de visita y además pensábamos turistear. Él preguntó que por qué no habíamos cruzado por la ruta más fácil. Y ella le contestó: We want to do the right thing, aunque “lo correcto” signifique “lo impuesto”.

Aunque tenía aproximadamente dos años de no ver a Nahual, aquél no pudo llegar a recogernos por un episodio que nos relató durante la cena. Mi amigo tiene cuatro años de permanecer ilegalmente en Belice, trabaja y vive en Arenal, una comunidad dividida entre las dos fronteras. Todos los días debe ir a Benque Viejo para ganarse los frijoles.

Nahual, además se gana unos centavos extra tatuando. Antes lo hacía en la estación de policías de Arenal, Belice, porque aún no había luz en su casa en la montaña. Los policías son sus clientes más frecuentes, en Belice los tatuajes no son mal vistos, mucha gente se tatúa con toda naturalidad.

Arenal tiene un paso fronterizo ciego, donde todas las personas de la comunidad pasan constantemente de un país a otro sin ningún problema. La comunidad convive como una sola; pareciera no existir frontera alguna. Sin embargo del lado beliceño la policía de migración es más estricta y dura con los guatemaltecos, mantienen retenes constantemente para controlar el flujo migratorio.

Nahual, confiado por ser reconocido en la comunidad, salía con frecuencia a Benque Viejo por el camino de Arenal-Belice aun sabiéndose ilegal. Un día de tantos, los mismos policías que él tatuaba lo capturaron y lo metieron preso por no portar papeles, mucho menos su pasaporte sellado.

Maritza tuvo que pelear contra todo el sistema migratorio y el embajador guatemalteco intervino para ayudar a mi amigo a salir de la cárcel sin pagar una exorbitante multa. Ahora cada vez que viaja a Benque Viejo debe salir por Arenal-Guatemala para entrar por Melchor de Mencos e ingresar por migración a Benque Viejo todos los días. Como una burla a las políticas migratorias, Nahual pasa por el paso ciego para ingresar legal a Belice, el país en el que queda su hogar, en donde toda la comunidad lo reconoce como habitante, pero el gobierno lo considera un sin papeles.

Pueblo mágico

Esa cerca es una línea fronteriza, pero tiene un paso peatonal. Desde ahí se puede fotografiar la mitad del campo de fútbol.

En medio del conflicto y disputa de territorio entre Guatemala y Belice se encuentra este pueblo mágico llamado Arenal, que quedó entre ambos bandos. No es de aquí ni de allá, a pesar de eso es una comunidad con mucha identidad.  Acá el límite fronterizo desaparece.

Arenal es un lugar tranquilo. El tiempo pasa sin sentirse, uno puede despertar con el olor mañanero del bosque, sentir el aroma de la tierra y los rayos del sol acariciando la piel. En una ocasión bebía café en el balcón de la casa negra de Maritza y Nahual, que queda en la montaña, y frente a mis narices pasó un colibrí, luego un tucán.

El pueblo completo está rodeado de montañas. Y lo atraviesa el majestuoso río Mopán, de un cristalino verde jade, sus orillas son adornadas por árboles frondosos, entre ellos una ceiba que me dejó enamorado, es un paraíso virgen.

Allí en Arenal, un pueblo sin nada, pero lleno de todo, como una especie de símbolo a la certeza, hay un campo de fútbol único.  Puede ser casualidad o un capricho del destino; una burla de la historia para somatarnos la frente con la verdad. La línea de la media cancha de ese campo de fútbol es la línea fronteriza que divide a ambos países. Uno puede estar pasando libremente entre ambos países mientras juega.

Allí cada domingo, cada tarde, la comunidad de Arenal se disputa el balón. El fútbol nunca ha sido una de mis pasiones. Pero reconozco que crea en las personas las más candentes emociones en todo el planeta. Diría Galeano: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”.

Imagino las tardes de chamusca y las actividades comunitarias. Y veo al campo como una oda a la paz y a la libertad. Eso me hace reflexionar: las líneas fronterizas son estúpidas, anti naturales. ¿Cómo llegamos a esto? Son más libres de transitar los animales que los humanos, ellos no han dejado de hacer lo natural; ir por donde se les pegue la regalada gana.

La comunidad de arenal comparte más que el balón. Del lado de Guatemala se encuentra el único centro de salud disponible, este atiende a beliceños y chapines por igual.

A la salida de Arenal-Belice un guatemalteco llamado Carlos espera a su niña que pronto saldrá de la escuela. Él la lleva desde Melchor en motocicleta hasta ahí todos los días, porque como muchos guatemaltecos prefiere la educación beliceña, completamente en idioma inglés. Me contó que además tienen un ciclo educativo más largo y mejores instalaciones.

Pienso en los millones de migrantes del mundo, en los conflictos causados por la migración. Se cruzan las fronteras por superación, trabajo y amor. Al final las fronteras son borradas por el amor, aunque suene a cliché. Mi compañera de viaje (venezolana) y yo, lo estamos haciendo, Nahual y Maritza también, justo como lo hace todo el pueblo de Arenal en donde incluso muchos habitantes tienen doble nacionalidad.

Veo el balón de fútbol rodar entre la grama yendo de un país a otro; me recuerda a una canción de Delgadillo:“Como esa cerca hay otras que también suelen brincarse, el mundo es demasiado nuestro para no vivir en él. El mundo siempre ha sido nuestro aunque hay quien cobra por él”.

Autor: Lozano

Guatemala 1987. Trabajó en un barrio en la periferia de la ciudad haciendo proyectos de arte y lúdica en búsqueda de la posible utopía de generar trasformaciones sociales. Siempre quiso estudiar y ser músico pero su viejo no quería que fuera un “vagabundo”, ahora que puede se quita la gana y se da ese lujo. Por necesidad de cara de chucho hizo periodismo de politiquería y trata de redimirse a través de este espacio.

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