Los relojes

Fotografía de Lozano

Hace algunos meses platicaba con un hombre mayor y le contaba que había visto a una persona llegar a la parada del autobús medio minuto tarde (lo sé, porque tenía mi celular en la mano y vi la hora). 

El autobús cerró las puertas, arrancó y avanzó. El hombre golpeó las ventanas, corrió hasta el semáforo que estaba en rojo con la esperanza de que se abrieran las puertas, pero el conductor solo hizo una seña con su dedo apuntando al reloj que llevaba en la muñeca. Indicaba con señas que no podía hacer nada, el tiempo había transcurrido y las puertas no se podían abrir.

El hombre se agarró la cabeza frustrado con las manos. Los pasajeros fueron indiferentes al hecho. Me vi sentada adentro: impotente, callada, temerosa. Quise gritarle al chofer para que abriera la puerta, pero me aterré. Si en Guatemala hubiera pasado algo parecido, toda la gente hubiera gritado para que el piloto parara el bus y la persona se pudiera subir.

Muchos dicen que esa solidaridad nace del “nunca se sabe cuándo le pueda pasar a uno”. El señor al que le contaba mi historia me preguntó: ¿Tienes reloj en la muñeca, Anita?  No, le respondí. No recuerdo si en el pasado me habían preguntado si usaba reloj. Hasta me pareció extraño, ninguna persona de mi familia los usa.

Fotografía de Anita Juárez

En mi casa tenemos un reloj grande en la pared que sirve para que lo veamos todos. Recuerdo que mi papá usaba un reloj hace muchos años. Creo que mis amigos no tienen, no recuerdo haberlos visto usando uno. No sé cuántas personas en Guatemala usan reloj en la muñeca. Aquí, en Europa, es casi una obligación. Muchas personas lo usan, y parece extraño que alguien no lo use porque se debe llegar a la parada del bus por lo menos dos minutos antes; a la estación del tren, con diez minutos de anticipación, y media hora antes, si aún hay que comprar el billete. Si por alguna razón llegas medio minuto después, el tren y el autobús se va sin vos, lo perdiste.

Estación de bus en Trento, Italia. Fotografía de Anita Juárez

Desde que estoy en Italia, he perdido el autobús tres veces de la misma manera en la que lo perdió esa persona que se atrasó medio minuto. He visto a dos personas más llegar a la parada del autobús solo para verlo arrancar y dejarlos. Por eso he pensado comprarme un reloj, pero no lo he hecho. Prefiero gastar mi dinero en comida o en otras cosas más importantes. Además, en la casa donde vivo tenemos un reloj grande que está adelantado tres minutos.

Mi compañera de cuarto tiene un reloj en su mesita de noche y un reloj de pulsera que ya no usa. Estoy segura de que ese reloj también está adelantado algunos minutos. Cerca de donde vivimos hay una iglesia que suena sus campanas cada hora. Además, yo tengo mi supercelular adelantado tres minutos por si las moscas. Por todo esto, no creo que tenga necesidad de tener un reloj de pulsera. A veces me siento como el conejo de Alicia en el país de las maravillas, con miles de relojes alrededor.

Tengo un bonito recuerdo: mi mamá parada en la puerta de mi casa viendo hacia afuera, mientras dice: “Son las 10:25”. Eso me hacía correr a ver el reloj de la pared para ver si era cierto, ¡y siempre acertaba! Mi madre suele decir la hora sin ver los relojes. Me parece mágico, nunca se equivoca. Al igual que mucha gente en Guatemala, ella logra saber el tiempo viendo el sol, el clima y los animales, con la naturalidad con la que uno ve la hora en el celular. Los mayas hicieron un calendario, calcularon las estaciones, sabían cómo giraba el sol, los planetas, conocían el tiempo observando a su alrededor, viendo la naturaleza, sintiendo el viento.

No sé cuántos relojes tenían los mayas o si podían saber la hora solo con ver la posición del sol, pero hay días en los que me gustaría calcular el tiempo de la misma manera como lo hacían mis antepasados o como lo hace mi mamá. Pero en Italia hay días en los que no sale el sol, las aves no se ven, el viento es diferente y los autobuses y trenes tienen horarios que funcionan con mesura; minutos fijos y exactos, ni más ni menos. Si alguna vez lograra leer la hora, perdería los autobuses y los trenes por medio minuto que no lograría atinar.

Estación de bus en Trento, Italia. Fotografía de Anita Juárez

Autor: Ana Juárez

Animadora cultural comunitaria, creció en Ciudad Quetzal, estudió los básicos en el Eprodep. hizó teatro y zancos. Actualmente es voluntaria (SVE) en la Ciudad de Trento, Italia y dice que seguramente se piensa quedar para seguir tomando vino tinto y comiendo pastas con queso azul.

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