Los tenis del Tishas

Fotografía de El Miljos

Corren los años setenta. Indiferentes a la música, la política y el terror que vivía Guatemala, nosotros éramos una palomilla de patojos de barrio chingonasos y nuestro campo de operaciones era la 30 calle de la populosa zona 8.

Siempre nos reuníamos, después de terminadas las clases. Al juntarnos decidíamos si jugábamos a las guerritas o armábamos una chamusca entre rojos y cremas. Precisamente en una de esas chamuscas, lo vimos por primera vez. Él nos observaba jugar, era el patojo nuevo del barrio. Ojos claros, pelo quishpinudo como un cepillo de alambre. No era ni gordo, ni flaco. Su característica más llamativa era que no tenía zapatos, andaba descalzo.

Lo invitamos a que se uniera a la chamusca y César rápidamente trabó amistad con todos. No tener zapatos era lo de menos. Recuerdo claramente que jugaba bien al fútbol, a pesar de la desventaja de estar descalzo. Patadas por aquí, patadas por allá, una finta, luego un centro, un tiro a las porterías de piedra y ¡Gooooooooooooooooooooool!

Así transcurría la vida por esos días en una cancha improvisada en plena calle; el espíritu del país era diferente. Cero maras, sin cable, ni videojuegos, nada de noticias, poco tránsito y un ambiente libre de contaminación.

Todos teníamos un apodo y César no fue la excepción, le clavamos “El tishas o tishudo”, obvio por su falta de zapatos. Recuerdo bien que fue Germán (el negro) el que le regaló unos tenis altos de tela al “Tishudo”, este sumamente entusiasmado se los colocó de una. Imagino su sensación  al ponérselos, sus pies quedaron libres del contacto con el suelo, aunque según él era como estar preso.

Su forma de caminar fue diferente desde ese momento, despreocupado de las piedras, los chayes y los clavos, su mirada ya no estaba permanentemente fija en el suelo, para evitar los obstáculos que hacían sufrir a sus pies. Al verlo con tenis todos nos alegramos. ¡Púchicas! Qué bueno vos, pero el “Tishas” ya no te lo quitás. Las carcajadas se sincronizaron como una orquesta.

Un domingo decidimos ir a la lucha libre en el gimnasio Teodoro Palacios Flores, -casi siempre entrábamos colados-. Nos encantaba ver a Jorge Mendoza, al Cirujano, José Azarri, Edgar Echeverría y al Rayo Chapín,  los mejores luchadores guatemaltecos de todos los tiempos.

La ruta para llegar al gimnasio era enfilar por la línea del tren, la cual estaba cerca del mercado de la Terminal. Las covachas adornaban ambos lados de la vía férrea.  El trayecto era toda una aventura. Un perro del lugar nos ladraba y perseguía con la intención de clavarnos  los dientes pero corriendo y ayudados por  algunas piedras evitábamos sus malévolas intenciones. Claramente recuerdo unos vagones de tren abandonados a los cuales nos subíamos  a joder a los bolitos que ahí dormían.

Casi al terminar el trayecto, al llegar a la 24 calle había un lugar que llamábamos “Los peligros”; eran unos montículos de tierra insignificantes (ahora que los evoco) pero en ese tiempo cuando apenas teníamos entre 10 y 11 años eran inmensos.  Al llegar a ese punto creyéndonos expertos alpinistas los escalábamos y luego los saltábamos como monos.

Precisamente en esa ocasión cuando estábamos escalando, en el último “peligro” habían dos obstáculos: el primero era un inmenso charco de agua shuca, el segundo, una plasta de excremento de vaca.

Hicimos una apuesta para ver quién lograba caer justo en medio del charco y la plasta. Todos estuvimos de acuerdo. El salto debía ser preciso y sin titubear. El primero fue Balo, se impulsó y logró hacerlo, la algarabía fue unánime. Te toca Chico, uno, dos y tres. También tuvo éxito. Ahora vos Geovanni, tampoco tuvo inconvenientes. Tu turno Walter, la sonrisa de satisfacción del “Marciano” al lograr el salto lo decía todo.

Solo faltaba…  El Tishas. En lo alto del montículo, listo para realizar su salto.  Los que estábamos abajo y ya habíamos sorteado el obstáculo, tratamos de ponerlo nervioso, como se había hecho con todos los demás, para que fallará y perdiera la apuesta. El perdedor recibiría una camorra.

Creo que fue la falta de costumbre de usar zapatos, o no haberse apoyado bien, quien sabe y quizá se puso nervioso.  El Tishudo al impulsarse no calculó bien y al caer uno de sus pies fue directamente a la plasta, se hundió como si fuese un pantano, la mitad del tenis se llenó de caca, menos mal que eran de los altos.  ¡Jajajá! Fue realmente gracioso.

Pasaron unos segundos y atónitos observamos cómo El Tishas, sin inmutarse empezó a desamarrase cuidadosamente la correa del tenis, lo mismo hizo con el otro. Dejándolos abandonados en ese lugar.  Luego nos dijo: -apurémonos que falta poco para que empiece  la primera lucha.  En la noche, reunidos nuevamente en la esquina del barrio, nos moríamos de la risa recordando lo que le había pasado al Tishas, los tenis apenas le duraron un par de días.

A la semana siguiente íbamos para la lucha, por nuestra ruta de siempre, y llegamos al lugar del fatídico día en donde El Tishas perdió sus tenis.  Aún estaban allí la plasta de caca ya seca y el zapato hundido, parecían un monumento de guerra.

El tiempo pasó…

De niños, pasamos a la adolescencia. Cada quien tomó su propio camino.  Unos estudiaron, otros aprendieron un oficio o emigraron en busca del sueño americano.  Hace más de 20 años que no he vuelto a ver al Tishas, por su familia sé que vive en Los Ángeles, California, mientras ellos continúan viviendo en el viejo barrio de la zona 8.

Sé también que a pesar de los calendarios que hemos deshojado, todavía nos une ese lazo de amistad que forjamos en nuestra niñez, durante esas chamuscas, guerritas de canchinflines, aventuras y peleas. Aunque interiormente quizá los dos presentimos que nunca más nos volveremos a ver.  No en esta vida.

Fotografía de El Miljos

 

Autor: Omar Martínez

(Guatemala, ciudad 1962) Periodista por convicción, alguna vez estudio y concluyó la carrera de ciencias de la comunicación en la USAC. Empedernido lector que gusta de escribir sobre las cosas cotidianas que le suceden e indignan al chapín de a pie. En el país donde unos pocos tienen todo y muchos no tienen nada escribir es la mejor catarsis.

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2 Comments

  1. Muy buenos recuerdos vos, quien sabe que paso con el tishas. Saludos.

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  2. ME HICISTE LLORAR..RECORDÉ MI Barrio y mi infancia .en mi barrio de la zona 11.”a la vuelta de la Iglesia San Cristóbal..

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