Machacar el arte contemporáneo, exprimir el jugo y retirar la pulpa

“El Tecolote” en la Bienal. Fotografía de Salazar Ochoa

Había dicho por ahí que el texto “las bienales de la periferia y viceversa” iba a ser el primero de una serie de escritos sobre arte en nuestro medio. En realidad serán meras opiniones, ya que como intenté hacer ver, lo esencial de la estética posmoderna (la del arte contemporáneo) se encuentra en los trabajos de teóricos como Lyotard, pero además, siendo sinceros… ¿quién lee textos estrictamente filosóficos en Guatemala? Tal vez ni siquiera quienes debiéramos interesarnos por menudos temas. Hay que aceptar nuestras condiciones psíquicas para que cualquier esfuerzo no sea tiempo perdido; o lo que es igual, hacer críticas acordes a nuestra conceptuación “periférica” del mundo. Esto último tiene que ver precisamente con la postura que expuse en ese primer texto: el arte es una paradoja en Guatemala porque el país es un infierno de desigualdades, y cualquier artista que se precie de serlo se da cuenta de ello y se frustra. Y no lo digo yo, Jorge de León es implacable cuando cuenta la frustración que sintió al dar clases de arte en una zona marginal: “lo que necesitaban eran clases de defensa personal”.

Otra paradoja del arte contemporáneo es el nuevo paradigma estético que le corresponde (aquel relativista que, por tanto, se relativiza a sí mismo y a la misma noción de “paradigma”), que es encontrar la sublimación, no en el arte bonito y apolíneo, sino en la posibilidad de presentar lo impresentable… Aunque ese “impresentable” debe entenderse en su concepto más abstracto (todo aquello difícil de representar), algunos artistas parecen entender por  impresentable aquello derivado de las relaciones de explotación entre humanos: miseria, violencia, autoritarismo, desigualdad, impunidad, y otros males históricos.

Una parte de las manifestaciones de arte contemporáneo, en un país sumamente impresentable como Guatemala, se inspira en las experiencias de vida de los condenados estratos sociales “bajos” de la sociedad: indigentes, esclavas sexuales de burdel, sirvientas del interior viviendo condiciones de semiesclavitud en la metrópoli, jóvenes violentos de áreas marginales, proletarios viviendo con el mínimo para la reproducción de su existencia, el enternecedor mundo campesino,  etc.

El mercado del arte arbitra el supuesto valor de una pieza y legitima tendencias artísticas. El arte de denuncia, preocupado por la realidad social, también puede integrarse al mercado y ser otra adquisición para los coleccionistas acaudalados, aunque el propósito del artista realizador fuera generar algún tipo de consciencia transformadora en la sociedad. Esta tergiversación paradójica se ha vuelto la norma desde hace no sé qué tiempo, lo cual hace difícil establecer con claridad si el arte es una actividad emancipadora o más bien conformista y trágicamente oportunista.

El problema, supongo, es que se ha idealizado el papel del arte en los procesos de toma de consciencia de la realidad social, tendencia importante en la mayor parte del siglo pasado. Por el contrario, el arte se ha vuelto un fetiche que oculta a los incautos su función dentro de la reproducción del capital. Sería absurdo pensar que el arte es una substancia sublime independiente de toda relación material (económica) dentro de la sociedad.

La pregunta es, ¿puede el arte mediatizarse sin llegar a ser prostituido de alguna forma? ¿Puede el artista contemporáneo garantizarse el mínimo necesario para la reproducción de su existencia sin caer en la lumpenización miserable de las tendencias del mercado?  Parece una doble contradicción.

Está además la tradición bastante medieval de las roscas artísticas, es decir, pequeños gremios de artistas celosos de sus feudos, plenamente conscientes de la competencia desgastante que implica su mantenimiento en la tendencia mercantil. El mercado ha convertido a los artistas en lustrosos y bellos buitres, donde el componente de la legitimación ante el público no deja de ser menos importante. Este tema queda pendiente para la próxima entrega.

 

Autor: Camilo Villatoro

(1991-…) Escritor de ficciones y sátiras, esteta, nápiro y humorista iconoclasta. Nacido en México pero de identidad guatemalteca. Según un primo borracho que lo quiere mucho, “la persona guatemalteca más inteligente de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros” —cosa no muy difícil de lograr. Pese a esta espectacular ventaja evolutiva, su intelecto es inversamente proporcional a su modestia; el único problema es hacerlo creíble.

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