Maurice: hijo ilegítimo de Virgilio Rodríguez Macal

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El “Diario de Centro América” [sic] publica nota de duelo sobre Virgilio Rodríguez Macal (2 de febrero de 1964).

Haré  un análisis de la reciente publicación de la novela menos conocida de Virgilio Rodríguez Macal, Negrura, a cargo de Editorial Piedrasanta, pero antes…

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Curioso que Maurice Echeverría, dilecto personaje de la fauna intelectual guatemalteca, dedicara tiempo a un ensayo sobre La mansión del pájaro serpiente como gesto conmemorativo de los cien años del natalicio de Macal.

Lo de hijo ilegítimo no es una simple argucia sensacionalista. En realidad, hijos ilegítimos de Virgilio Rodríguez Macal hay miles de diferentes camadas. Me refiero a las generaciones de guatemaltecos obligados a leer obras de este autor como parte del pensum de estudios en educación media.

Siendo hijo ilegítimo me tocó buscar a mi progenitor debajo de las piedras de la historia, hendija donde encontré verdades incómodas negadas a mis hermanos bastardos (bastante conformes con la promesa idílica de la herencia del viejo terrateniente  mujeriego al que se debe buscar en su lecho de muerte).

Como don Chilo (1916-1964) tuvo una muerte prematura, su herencia consistió en una obra literaria considerablemente prescindible en cuanto literatura aunque valiosa en términos historiográficos. La fama de Rodríguez Macal se debe en gran parte a su vinculación con el proyecto político de la Contrarrevolución de 1954. Su ensayo Por qué soy anticomunista, dice mucho apenas con el título.

Anticomunista o del ala diestra no es sinónimo de mal escritor, Felisberto Hernández y Jorge Luis Borges son la prueba. No es el caso de Rodríguez Macal, quien ha sido justamente desvalorizado por los especialistas. Seymour Menton, en su Historia crítica de la novela Guatemalteca, lo clasifica dentro del criollismo anacrónico de la década del 50 y opina que su estética novelística es inacabada.

La lectura obligatoria es resabio del sistema escolar autoritario, pero como esto no va a cambiar hay que ser congruentes con la calidad de los textos en la que será, quizá, la única oportunidad para los alumnos más lerdos de leer un libro en sus vidas. En todo caso sería útil que los adolescentes escogiesen entre una gama de municiones de distinto calibre, y que los profesores fueran capaces de explicar el contexto de producción de cada bala.

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Había dicho que las novelas de Macal tienen valor historiográfico…

La Contrarrevolución censuró descaradamente (hogueras de libros, persecución de intelectuales…) cualquier lectura que considerase capaz de hacer imaginar realidades distintas del ideal anticomunista: dios (estado laico ausente), patria (patrioterismo a ultranza), libertad (“liberación” o más bien derrocamiento del régimen democrático anterior, patrocinada por la benefactora CIA). Esta paranoia de Guerra Fría rayó en la estupidez de mandar a la hoguera la obra del decimonónico Dostoyevski por el hecho de ser ruso. Macal obviamente no fue censurado, y al contrario, la tradición de su lectura obligatoria viene de estas aciagas épocas.

Buscando bien, encontramos que para la época había una cantidad de novelas de otros criollistas anacrónicos de la misma calidad literaria de Rodríguez Macal. ¿Qué convirtió a este escritor en el representante cultural predilecto de la Contrarrevolución?

Rodríguez Macal fue hijo de Virgilio Rodríguez Beteta, historiador, abogado y diplomático que se movió en diferentes áreas de adscripción estatal de distintos gobiernos a partir de ser director del entonces semioficial (se vuelve oficial en el gobierno de Ubico) Diario de Centro América en tiempos de Estrada Cabrera. Virgilio junior heredaría este capital simbólico y por su cercanía con La Liberación sería director del antiguo diario semioficial Nuestro Diario durante el gobierno de Castillo Armas y del oficialista Diario de Centroamérica para la época de Ydígoras Fuentes. Siendo director escribió los editoriales de ambos periódicos en los cuales se puede constatar su adhesión a estos gobiernos autoritarios.

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Una de las ventajas de ser director de un periódico es que puedes promocionar los triunfos de tus familiares en la portada, sección más importante de cualquier diario. Elisa Rodríguez Chávez, hija de VRM, ganó el premio de novela en los Juegos Florales de Quetzaltenango del año 1962.

Sus novelas son cuadros de exposición de los valores y lugares comunes que compartía probablemente la mayoría de gente de la época y en especial los anticomunistas: racismo (disfrazado de paternalismo), pronorteamericanismo, misoginia, moralismo… Es decir, ¡los mismos valores de la sociedad guatemalteca actual! Son interesantes porque proyectan un ideal de nación mixta (en términos étnicos) que plantea la inclusión de regiones geográficas dejadas de la mano del Estado guatemalteco, que comprendían al norte y nororiente del país. Estos territorios fueron puntos de interés estratégicos de un Estado Contrainsurgente (heredero directo de la Contrarrevolución) que para remediar el problema histórico de la tenencia de la tierra, en vez de una reforma agraria integral llevó a cabo la colonización de La Franja Transversal del Norte y Petén, terrenos hoy militarizados casi por completo y disputados por nuevas formas de acumulación capitalista.

La novela de Macal es la representación idónea del orgullo de los dueños de la finca por esa porción inmensa de tierra heredada de la pandilla ibérica y una opción pedagógica para que los mozos imaginen —desde la perspectiva del finquero— a los compatriotas de lugares inhóspitos que nunca llegarán a conocer en persona, para poder sentirse integrantes de una nación, de una comunidad imaginada.

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Negrura es la única novela de Rodríguez Macal que no es ambientada en la selva guatemalteca, pero es la que mejor expresa la sustancia de su pensamiento político. Abandona el estilo criollista para hacer un intento malogrado de novela existencial de urgencia moralizante. No voy a mentir: para aquellos asiduos lectores carazámbicos es mejor terminar aquí con esta reseña, pues si les gustó Guayacán y Jinayá seguramente se conformarán con Negrura, y como sucede con casi cualquier reseña: el posible asombro experimentado al leer un libro se ve vulnerado cuando el crítico ha digerido y regurgitado una masa blanda para alimentar a sus inocentes rapaces.  Teniendo eso en cuenta prometo no revelar el final ni hacer descripciones demasiado precisas de los eventos de la novela.

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«Carátula de la novela “Negrura” , de Virgilio Rodríguez Macal, ganadora del Premio Pedro Antonio de Alarcón 1958, de Madrid, España. Una novela psicológica que ha sido muy comentada tanto en España como en América.» Rezaba el pie de foto de esta ilustración encontrada en el Diario de Centroamérica el 1 de septiembre de 1962 (periodo bajo la dirección de VRM).

Acotación para escritores en ciernes: me parece que Negrura es un ejemplo excepcional de cómo no se debe escribir nunca una novela.

Quienes se aventuren a su lectura crítica deben poner atención en cómo el supuesto contexto que el escritor intenta recrear, la Alemania post Segunda Guerra Mundial, evoca más a la España franquista por el uso de frases comunes españolas impensables para los alemanes. Ejemplo hipotético: si vamos a ambientar una novela en un país de lengua diferente, nuestros personajes no podrán “buscar tres pies al gato” (frase usada apenas por una  parte de los hispanohablantes gracias al giro que hizo Cervantes de ese refrán en boca del Quijote y que cobraría popularidad con el tiempo). Negrura equivaldría a esas malas películas hollywoodenses sobre el holocausto donde los nazis hablan inglés.

¿Un latinoamericano puede escribir una buena novela que aborde circunstancias de la posguerra alemana? La comparación es del todo injusta pero Roberto Bolaño lo hizo en su 2666. Bolaño nunca provoca en el lector la sensación de impostura y es como estar  leyendo a Günter Grass traducido al español —por decir algo―. Macal falla al principio más básico de autenticidad: uno debe escribir sobre cosas que conoce o adquirir una cultura general muy encima del promedio.

Los diálogos en Negrura son inverosímiles, plagados de cultismos y usos rebuscados. La mayoría de veces sugieren que el autor, en vez de ceder la palabra a sus personajes, habla a través de ellos, y peor, para hacer manifiestas tesis moralizantes o exordios pedagógicos. En cualquier tipo de ficción narrativa convendría adaptar el consejo de Horacio Quiroga para el cuento y narrar «como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes».

El argumento es de por sí bastante absurdo. Frederick (o Fred) es un exsoldado alemán que busca reincorporarse a la vida civil buscando trabajo en una fábrica de automóviles que acaba de abrir sede en una ciudad portuaria alemana (nunca se dice qué ciudad es) recién terminada la guerra. Por supuesto consigue el empleo y resulta que entre la primera camada de obreros todos son exsoldados alemanes que perdieron extremidades o quedaron tuertos después del combate, con excepción de él y otro más. Sus compañeros de trabajo lo odian por el hecho de estar físicamente ileso (argumento que el personaje y el narrador omnisciente justifican a lo largo de la trama) y porque el dueño del negocio le ha confiado un puesto más alto ya que Frederick, héroe arquetípico, estudió ingeniería antes de la guerra; a pesar de que después ingresan más obreros sin minusvalías evidentes, los obreros tullidos no les toman ojeriza y más bien los tratan con normalidad. O sea, Frederick además de lidiar todas las noches con sus traumas de guerra y con el hecho de haber quedado solo en el mundo, tiene que aguantar a los minusválidos esquizoides que tiene por compañeros, pero él, sabio magnánimo, los comprende porque sabe que no es un odio natural sino más bien ocasión de las secuelas de guerra.

Tal vez lo más malo de Negrura es que intenta ser una novela histórica que tergiversa la historia. El propósito principal es dejar una enseñanza moral sobre el peligro del comunismo internacional, aminorar la atrocidad del nazismo y ver a la vanguardia capitalista como la opción de esperanza en la posguerra, aunque con un lenguaje críptico en el que nunca se llama a las cosas por su nombre.

Quizás los delirios existenciales y  pesadillas de Frederick se deban a que el régimen nazi (del que él fue soldado) intentó limpiar Europa de judíos pobres, gitanos, homosexuales y comunistas, pasándolos por las cámaras de gas; nada se menciona sobre la verdadera historia de la Segunda Guerra Mundial, ni de la complicidad casi unánime del pueblo alemán con el nazismo, es más, tampoco se menciona la palabra “nazi”. Pero eso sí, cuando Frederick conversa temas políticos con su amigo Marcus, abundan los comentarios sobre la suerte que tuvieron en “ese lado del muro” de quedar bajo la tutela de los buenos vencedores. Bastante lógico tomando en cuenta que a Marcus y a Frederick no les tocó vivir en Hiroshima o Nagasaki.

El obrero Ludwig es cobarde, débil, hipócrita, revanchista, «invertido» (homosexual) e instigador huelguista; antítesis del valiente Frederick, fuerte, honesto, magnánimo, heterosexual y esquirol. Un personaje tan abyecto tenía que ser parte de una poderosa organización internacional que intenta esclavizar al mundo sembrando discordia en las fábricas del oeste que con mucho esfuerzo dan trabajo a la gente de a pie y levantan a la sociedad de las cenizas. ¿Adivinen de quiénes se trata! En un análisis de Negrura incluido al final de la publicación, David Rozotto argumenta que Ludwig simboliza al nazismo… ¿Conclusión disparatada, ingenua o maliciosa?

Los discursos que articulan modelos ideales de héroes y villanos, donde no existen términos medios ni matices en las conductas sociales de los personajes, comulgan con la estética del arte que floreció durante el Tercer Reich. Nazis e imitadores (anticomunistas guatemaltecos, por ejemplo) intentaron representar en su arte sociedades apolíneas, higiénicas, sobrias, que contrastan con la rapacidad de sus proyectos políticos.

Si el propósito era hacer una alegoría de la amenaza comunista, hubiera sido mejor inventar un escenario surreal, en vez de hacer un intento de Alemania mal retratado. En el caso de Macal, más valdría haber ambientado dicha alegoría en la España franquista, al fin de cuentas vivió en Madrid durante esa época. Negrura ganó el certamen franquista español Pedro Antonio de Alarcón en 1958. Prueba de la precariedad de ese ampliador del ego llamado premio, sólo comparable con el hecho de ser Nobel de la Paz haciendo la guerra en oriente próximo.

Rodríguez Macal tuvo aciertos literarios escribiendo cuentos selváticos por su sensibilidad a la hora de retratar ese Mundo Verde que conoció en persona. En cambio sus novelas hoy serían impublicables y tienen valor sólo en tanto evidencias historiográficas de una época remota.

FIN

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Siete años antes, en 1955, cuando su padre fungió como director del antiguo Nuestro Diario, se publicaron dos notas en las que aperecía la misma foto de Elisa Rodríguez Chávez; esta del 20 julio, por su cumpleaños, y la otra del 26 de septiembre, anunciando su participación como solista de piano en la vigésimo primera entrega de la serie de conciertos “El gobierno de la Liberación Informa”, donde en teoría interpretaría una pieza de Mendelssohn. En esa época era bastante común que algunos padres enviaran fotos de su feliz progenie para que los periódicos publicaran notas de celebración como la que vemos arriba.

Posdatas y corolarios: 1) Piedrasanta es una pésima editorial y son notorios varios errores de edición contenidos en esta versión de Negrura. 2) El final de veras atrapa, pero no justifica el gasto de las trescientas páginas de la novela. 3) En francés el nombre del incomparable Chopin se escribe Frédéric, pero Frédéric Chopin era polaco-francés. Frederick de Negrura tendría que haberse llamado Friedrich o Fritz. 4) Curiosamente el 1 de septiembre de 1962 se publica en el Diario de Centro América, junto a la ilustración que anuncia la existencia de Negrura, el cuento Suerte de perro, de VRM. La historia de un ex obrero vagabundo que no vuelve a conseguir trabajo gracias a llevar consigo el estigma de haber participado inocentemente en una huelga…

Autor: Camilo Villatoro

(1991-…) Escritor de ficciones y sátiras, esteta, nápiro y humorista iconoclasta. Nacido en México pero de identidad guatemalteca. Según un primo borracho que lo quiere mucho, “la persona guatemalteca más inteligente de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros” —cosa no muy difícil de lograr. Pese a esta espectacular ventaja evolutiva, su intelecto es inversamente proporcional a su modestia; el único problema es hacerlo creíble.

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