Me voy de culo

Son las 2 p. m., no hace más de media hora me doy cuenta que dejé plantado a un amigo para el almuerzo. No me percaté ni de la hora, ni de su mensaje para alertarme.

Fotografía de Fernando Chuy

Disculpa extendida, me toca ir a almorzar a una de las cafeterías de a 15 o 20 pesos de la cuadra, hay muchas. Salgo a almorzar a la cafetería, porque como conté, planté al amigo, pero también porque en casa no queda un cubierto ni un vaso o taza o plato limpio.

Soy sucio a veces. Pero no tan sucio -hago la aclaración, hay ocasiones en que aquí todo está muy pulcro-. Sucede que han sido unos días de intenso trabajo sentado frente a la computadora y según yo, no queda mucho tiempo ni ganas como para lavarlos.

Pero esto no es lo que les quería contar. Entro a la cafetería, saludo al dueño, ordeno las costillas ahumadas y dispongo a sentarme, en una de las mesas con bancas, pero justamente, me siento en la única que no tenía banca (creyendo que la había). Acto seguido: me voy de culo.

Cuando les digo que me voy de culo no es como cuando se va uno de culo así quedito, que le da chance a uno todavía de voltear a ver si está sucio el piso y sacudirlo. Me voy de culo como cuando las patas quedan hasta arriba y como cuando se está a punto de venirse con todo y mesa y lo que en ella se halla puesto.

Me voy de culo a todo volumen pues. Toda la cafetería queda en un silencio -hasta la TV led de 30″ se calló la pisada- Ahora todos los comensales voltean a ver con mucho asombro, con el tenedor sostenido en el espacio a centímetros de su boca.

No se habrán reído porque a diferencia de mí, son seres humanos con algo de sensibilidad. Pero yo mismo les habría dado la autorización a que se cagaran de la risa a todo pulmón. Para romper el silencio, tengo yo que aclararles que estoy bien y que no me fijé en dónde me sentaba.

Lo obvio pues. Me siento ya ahora sí en una banca real -no imaginaria-, y me preocupo por un instante, abochornado, ¿Qué pensarán de mí? Procedo más bien a cagarme de la risa yo solito. Ahora sí es más probable que piensen –este cerote deplano viene en drogas-.

Tan memorable fue, que el dueño de la cafetería llega muy reverentemente a mi mesa y muy quedito me dice –mire, le traje una sopita– y la coloca con mucha delicadeza frente a mí. Termino de comer, los demás también, se van, espero a que se vayan. Pago. Regreso; los platos siguen allí.

 

Autor: Mauricio Armas

(Guatemala, 1976). "Primocaster", blusero infame.

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