Menos independientes que nunca

Septiembre viene envuelto en patrioterismo. El  patriotismo siempre queda grande como ropa de difunto mayor.

Imagen de Vicente Chapero

Desde el punto de vista intelectual, el nacionalismo no tiene ni media torta; es un pensamiento desvertebrado, lleno de costuras y con supuestos absolutamente cochambrosos.

Félix Ovejero

Las juventudes, en lugar de ejercer un pensamiento crítico y ejercer el arte, por estas fechas aplanan calles al son de marchas militares que promueven la muerte neuronal con sus burdos arreglos. Ellos se sienten importantes y elegantes porque con el pretexto de la patria, pueden exhibirse como no lo harán ni antes ni después. Desperdician horas en ensayos estériles que fomentan la vocación de rebaño y hacen perfectamente entendible que después voten por genocidas y militares como los que un día ellos disfrazados, soñaron ser, para tener la gallardía y poderío que viene de los trajes y que nunca encontraron dentro de sí.

Arzú no es de mi predilección, pero cuánto bien hizo con eliminar esa pantomima que lamentablemente Portillo retomó; la costumbre que deja a usted papá, usted mamá sin fondos en septiembre y hace el agosto de los fabricantes de parafernalia patriotera.

Los adultos corren a poner banderitas en sus carros y en sus casas, para aferrarse a un sentido de pertenencia inexistente, un pretexto para un puente, donde al calor de la bebida “nacional”  entonarán con ojos empañados no el Himno Nacional —porque no se lo saben— sino el coro de “Orgulloso de ser chapín”.

Banderas para cegueras, esas las hay por montones, del tamaño y el azul que usted quiera, al cabo lo que importa es aparentar. Pero si va a comprar la de Guate, aproveche y lleve la del Barcelona, al fin y al cabo esa la puede lucir todo el año y no hay que tirarla a la basura como las otras en cuanto pase el día.

Ayer, Tito el abucheado Molina instó  a comprar banderas, mostrar principios y amor patrio. Se relamió ante el descanso en el desgaste que ofrecen las antorchas, las carreras, los actos vacíos de fondo y burdos en la forma que hicieron olvidar los muertos en Alaska; hoy Jimmy el precario Morales recurre a la mezcla de religión y patrioterismo como escudo defensor para los señalamientos en su contra.

Jimmy “el precario” Morales, pedazoemierda de la República de Guatemala acompañado de la primera maje de la nación, Hilda Patricia. Fotografía de Lalo Landa

Los interesados en mantener el statu quo, esos 245 que poseen casi mil millones de quetzales cada uno, sonríen desdeñosamente al ver al populacho creyendo la historia de independencia y celebrando sin motivo. La fórmula pan y circo funciona y si el primero escasea, que tengan espectáculo de baja calidad. Todo para que los subyugados no se percaten que cuanto más celebren “su” Guatemala que no existe, más apuntalan la de ellos, la finca que ostenta orgullosa la mayor brecha entre ricos y pobres del continente entero.

¿Cuál independencia? Si no tenemos identidad, que es el primer paso.

Aquí como dijo un profesor, los pobres quieren ser como los mexicanos, la clase media como los gringos y los ricos como los europeos. Pero no de aquí, nunca de aquí. Aunque se tengan relaciones enfermizas de amor-odio con los modelos aspiracionales, lo que demuestra la dependencia.

La intervención nunca antes ha sido tan descarada, aunque se niegue; aunque se intente catapultar a figuras sin carisma como “analistas” y “líderes”  ciudadanos que repitan el discurso que conviene a la prosperidad que no está adentro de nuestras fronteras.

Nada que celebrar estos días, bullaranga que aguantar, mucho qué reflexionar y tanto qué cambiar.

Fotografía expropiada por el barranco.

 

Autor: Elizabeth Rojas

Ciberactivista feminista, columnista y analista. Lectora. Cuestionadora. Creo que la vida es corta para todo lo que hay por aprender.

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