Nada dura para siempre

Si fuera cristiano diría que trabajar en La Hora y dirigir el Suplemento Cultural fue como una bendición de dios. Una época en donde conocí gente engasada, turbia y aburrida que me ayudó a entender ciudad de Guatemala de una mejor manera. Mi marca personal de cero puestas de negra como vecino de la uno quizá me inspire a escribir un manual, pero esa a huevos es otra historia.

Salazar Ochoa el día de su despedida. Fotografía de Virginia Contreras

Trabajar en la redacción de uno de los periódicos más vetarros del país es una experiencia de lujo que quizá muy pocos han sabido aprovechar a plenitud. Pasarán cientos de periodistas y probablemente ninguno deje huella, vaya usted a saber por qué, si será la falta de huevos, la mojigatería o lo mamila que es la mara.

Mi trabajo como editor se trataba más de creérmelo que de otra cosa, porque bien pude haber sido un gatúbelo complaciente que se resignaba a madrugar todos los días para ir a chuparle la verga a sus jefes, saludarlos cada mañana con un monótono buenos días y hacer lo que sea que fueran a pedirme que hiciera. Allí casi toda la mara saluda igual y en cierta medida están resignados, como si no terminaran nunca de creer que pueden cambiar las mierdas.

El finado Suplemento Cultural en su época dorada. Fotografía de Rosauro Bolten

Yo allí estaba jugando, a veces en serio, pero siempre jugando

A muchos les dije que el Suplemento yo lo hacía, aunque no me pagaran por ello. Era como mi kid. Aunque había ocasiones en que me ponía a pensar en lo que les pagan a periodistas mediocres que trabajan en medios impresos más powerful tipo Prensa Libre y ahora digo: ¡Esos talegas son un montón de mulas ganando buenas varas! ¿Y entregan cada semana esta mamarrachada?

Desde que llegué al periódico para mí todo fue ganancia. Aunque todos de una u otra forma somos una mierda, uno debería aprender a encontrar lo lindo y valioso de cada persona y saber explotarlo. Conocí personas que me inspiran ternura y respeto, pero también conocí mara culera que siempre estaba intentando pasarse de verga. Me topé con gente chévere a la que vale la pena escuchar y otro vergaso de “artistas” cerotes que son ego puro y solo transmiten una gran hueva.

Cuando llegué en octubre del 2014 estaba un tanto ahuevado pero evidentemente emocionado ante tremenda responsabilidad: Un bachiller en ciencias y letras a cargo de levantar un espacio que no existía. ¡A huevos!, aunque había un talegaso de ediciones del Suplemento Cultural antes de mi llegada, esas ondas no las leía nadie —quizá solo las abuelitas de los que escribían— y lo más probable es que terminaran debajo de las jaulas de los canarios en alguna casa del Centro Histórico.

Mi antecesora es una chava que no anda en ni verga y sus notas eran bien mamonas. No era difícil ser imbécil y continuar con su misma línea. Para mí fue lento adaptarme al periodismo, pero pacha el poco a poco ir encontrando la manera de llegarle a la mara, de tocar ciertas fibras y hablar determinadas cosas que podían encender la mecha. Siempre he creído que soy rex y por aquella época se me ocurrió dar un golpe sobre la mesa en el mundillo cultural de Guatemala y decir algo así como ¡Ya vine!, así que el segundo número del suplemento que salió bajo mi dictadura llevaba en la portada al casi siempre chévere y polémico Arnoldo Ramírez Amaya con un titular entrecomillado hermoso.

La estrategia funcionó y despacio pero seguro, el trabajo de quienes allí escribían fue haciéndose notar. Colaboradores cabrones sin los que la magia jamás habría sido posible. Era como manejar un equipo de fut donde cada uno ponía lo suyo, hasta los más patos daban la cuota para ganar. Recuerdo que una vez le dije a los dueños del equipo que necesitaba hacer un fichaje para reforzar la plantilla la próxima temporada. Andaba buscando una especie de Lionel Messi para mi team, pero el cerote que pedí era demasiado caro y la directiva lo descartó.

Luego de ese pequeño tropiezo asumí que la filosofía del asunto se trataba más de ponerle huevos que de otra cosa, y así lo hice. Las portadas engasadas fueron la tendencia y unas veces más que otras la metí cuadrada con el contenido.

Años después —en el marco del Día Mundial de la Libertad de Prensa— decidí publicar una edición del suplemento que a mi criterio era un poquito incendiaria pero que aguantaba. Envalentonado por mi desempeño y la retroalimentación que recibía me lancé con Toki  de la mano de unas plumas invitadas a criticar al imbécil de Arjona y hablar sobre los vividores del conflicto. ¡Error!, ese fue el día que Oscar dijo que nel, que no se imprimía hasta nueva orden, que debíamos enderezar el rumbo.

El Suplemento Cultural de La Hora era como tener mi propio periódico impreso y cada viernes (al ritmo de la salsa o una cumbia) debía sortear obstáculos para tener un contenido digno y que los dueños no fueran a censurar. La mayoría de las veces salí sin rasguños. Sin embargo, a Oscar ya se le había agotado la paciencia sobre la publicación de contenidos de Barrancópolis en su diario. Él no quería ser caja de resonancia de nadie y seguramente pensaba que me estaba pasando de lanza y me la cantó un par de veces. A mí la situación me tuvo sin cuidado (más de un año) en el sentido en que no creía que estuviera haciendo nada ilegal o desleal.

Cuando pararon en seco la impresión aquella mañana me sentí un poco triste y luego como la gran puta. Por momentos llegué a pensar en hacer “La Reestructura” pero después me convencí que no, que hacer esa mierda era como dar un paso atrás y negarme a mí mismo. Me parecía tan ilógico y contradictorio que un periódico que se llena la boca de apostarle al cambio quiera seguir haciendo las cosas igual a como las hacían sus abuelitos.

Estuve en “huelga” más de 100 días durante los cuales el Suplemento no circuló y me dediqué a atender chivas de puro relleno. Hasta que una mañana por fin el director me llamó y me dio las gracias. Es de entender que a huevos Oscar está allí para defender los intereses del Cacif y que un cambio de verdad nunca va a provenir de su tribuna.

Buena onda Yavier y Jody por confiar en mí.

Autor: Jonathan Salazar

(Guatemala 1985 - … ) Salazar es un pan de dios que solo le pide a la vida una ranfla con un equipo de sonido potente para navegar por la ciudad, el diario con noticias exaltantes y una dosis respetable de ultraviolencia en los canales de televisión que sintoniza. Famoso por las animadversiones ganadas en los lugares que visita, es ampliamente difundida la historia apócrifa de la patada dirigida a las gónadas de uno de sus profesores universitarios que le costaría una semana en una carceleta calurosa de un municipio fronterizo de Nicaragua.

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