No hay chicha sin fiero, ni fiero sin chicha.

Esta no es una historia inventada, es algo real, parte del legado familiar y aunque sea humilde para mi es más valioso que el oro, diamantes y rubíes, algo que nos hemos ganado a pulso, año con año desde que tengo memoria y desde que mis abuelos nos lo contaron, así ha sido trasladado, de boca en boca.

El desfile de los fieros se realiza cada primero de noviembre en Villa Nueva. Fotografia expropiada de internet.

Esta es una de las cosas que más recuerdo de mi infancia, ya hace mucho por cierto,  durante la tan esperada fecha del 1 de noviembre nunca comíamos fiambre,  ese es un mito injustificado, eso que dicen; que todos los mestizos lo comemos, igual a la leyenda que contaba la abuela sobre la viuda que recaudó víveres para su altar de día muertos un 31 de octubre y que de allí surgió el fiambre, todo era simplemente eso; un mito.

En la casa comíamos bien hasta donde recuerdo, el ayote en dulce era infaltable, los jocotes en miel, el dulce de guayaba, esos colores del clima de otoño en La Villa de hace más de 25 años. Las calles adoquinadas, el olor a cal en las banquetas, incluso el frío que se dejaba sentir, todo era mágico.

Días antes, en lo que hoy se conoce como reformadores, los abuelos y los nietos visitábamos los llanos del potrero del difunto Don Clemente, amigo de años y copas del viejo. En dicho lugar se conseguían las varitas de coyote para los barriletes de la época, mi abuelo un hombre rustico pero cariñoso siempre nos llevó hasta que su fuerza e hígado se lo permitieron y es que el viejo ya tenía sus ayeres.

El preludio del uno de noviembre era el dieciséis de octubre, día del santísimo señor de Trujillo,  la misa en ese entonces duraba doce horas interminables pero era requisito indispensable para los nietos, era la forma de ganarnos el derecho de poder ir a los potreros por las varitas y poder hacer nuestro propio zope, corona o barrilete. Bombas, marimba y gigantes adornaban el ya extinto kiosco del parque central de La Villa, esa era la única fecha después de Semana Santa en la que se cerraba el paso del redondel para la celebración.

Fotografia expropiada de internet.

Se conoce muy poco sobre la oralidad en las familias más viejas de Los Fieros en La Villa y lo que se conoce está influenciado por el Folk y el Lore;  frase emblemática del maestro Lara, me refiero a ese descaro de comercializar  la cultura y que lamentablemente se sigue repitiendo en la mayoría de las fiestas patronales de los pueblos más urbanizados.

En la actualidad la oralidad de esta fecha está casi extinta y en sí lo que muchos mestizos de antaño conocemos como Los Fieros sobre ¿Por qué? y ¿Para qué? se hace este desfile, cada vez somos menos, varios factores afectaron la tradición oral, una de ellas fue la terrible migración interna producto de la desigualdad social y  otra gran parte se debe a los estragos que la guerra interna causó en los ochenta.

Desciendo de una humilde familia de forjadores de puros de tuza, lavanderas y marraneros, así me criaron;  corriendo y barraqueando en La Villa allá por los noventa, mi primera aparición en el Convite de Fieros de Villa Nueva empezó de forma prematura, cuando aún no eran necesarios premios en efectivo, en esa época se regalaban electrodomésticos, ollas de barro, piedras de moler y animales de corral entre otras cosas.

Actualmente la municipalidad, junto a una empresa de gaseosas colocan jueces repartidos estratégicamente entre el público, ellos le dan puntos a los participantes según lo que lleven puesto o como decimos los fieros “la casaca”, existen reglas a diferencia de años anteriores, la chicha está permitida como bebida oficial del fiero, sin embargo la regla de cero alcohol nunca se cumple,  varios compas se han quedado tirados en las banquetas sufriendo los efectos de las sustancias etílicas que consumen durante todo el recorrido.

Fotografia expropiada de internet.

Años atrás antes de que el capitalismo salvaje deformara el fin de la tradición de fieros, se participaba  por  razones  totalmente ajenas a las actuales,  no se trataba de salir a ganarle al barrio más viejo o a los rivales de las chamuscas,  ya sea La 12, Najarito  o el Calvario. El evento se trataba de llegar a embriagarse y recordar lo que aconteció aquella tarde noche del nueve de octubre; la tragedia de los diluvios de San Dionisio, que dió como resultado el traslado del pueblo de Petapa al Valle de las Mesas.

Para empezar, antes siempre veíamos en el primo o tío más grande un ejemplo a seguir, ellos nos contaban sus vivencias, sus experiencias sobre cómo salir en el desfile,  que materiales utilizar para la máscara, el uso de remedios caseros como la maicena en las partes sensibles del rostro para evitar que el caucho de la máscara se pegara en el rostro, o ¿cómo? y ¿cuándo? recibir la chicha, ¿dónde? y ¿cuándo? salir a comer, todo el evento era un ritual chupístico, contrario a lo que la cultura popular conoce; mis abuelos y sus padres jamás nos contaron  que el desfile era para alejar malos espíritus, mi abuela nos decía que era simplemente una excusa para que todos los participantes pudieran ponerse bolos durante todo el día. La borrachera era la principal motivación del desfile de fieros.

Recuerdo anécdotas como la del tío Abel que al no encontrar disfraz apropiado tomó sin consultar un vestido blanco bellísimo de la abuela que termino roto  y empeñado por los efectos de la afamada  chicha, esa bebida legendaria preparada por la familia Bran. Los más pequeños nos divertíamos con esas historias, nos inspiraban no solo a participar para probar la chicha sino para formar parte de algo que se hace de generación en generación.

Hoy somos pocos los que recordamos con nostalgia aquellos días de las máscaras de papel y malla, el engrudo con papel de china  y  sobre todo los quemones que te hacías con el hilo al volar barriletes en los potreros y barrancos de La Villa,  ahora no queda más que basureros clandestinos víctimas del pésimo planeamiento urbano de la ciudad… Y como decimos aquí en mi villa “no hay chicha sin fiero, ni fiero sin chicha“. Nos vemos por estos lares el primero de noviembre. ¡Salud!

Fotografia expropiada de internet.

Autor: Luis Montes

18 de diciembre de 1986. Mestizo de la villa, soy un guerrero un buscador, que a veces se cae pero que siempre se levanta, detesto las mentiras del poder, tengo hambre y sed de justicia.

Comparte esto en

Danos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *