No importa si pierden, ahí vamos a estar

En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol.

Eduardo Galeano

 

Porra, barra. Rojos, aficionados de fútbol

Fotografía de Javier Herrera

Ya quisieran los partidos políticos tener un ejército de seguidores con la lealtad que manejan las barras hacia su equipo de fútbol, donde de ellos sale pagar el pasaje, la entrada y la comida. Todo sea por ir a gritarle a once muchachos los noventa minutos para que se sientan acuerpados.

En un universo paralelo los políticos guatemaltecos prostituyen su labor intercambiando favores sexuales con aumentos bien remunerados. Ya quisieran estos hipócritas politiqueros que un buen grupo de personas los siguiera con la convicción que las barras siguen el escudo de su equipo.

¡Choolitooo! ¿Cómo esta compay?, le cuento que ya no ando en la cacha rey, ahora recto papa. Yo me puse a pensar: si me llevan jalado, ¿Quién se la va a comer?, mi chavito vaa, entonces, yo puro brete. Hasta dejé de libar, vendiendo dulcitos ando y la mara que entreveces lo aliviana a uno vaa, ahora del chance pa la casa y los domingos apoyando a los cremas del Comunicaciones.

Pasaron los años y no logré ver una hazaña en la vida real semejante a las de los hermanos Koriotto, hasta que hace unos días sucedió lo impensable, por eso les escribo este texto.

Lo pisado del fútbol guatemalteco

Doña Everalda es una aficionada que tiene bien claro cuáles son las inconsistencias que hacen parir a nuestro amado fútbol nacional, voy a citar textualmente sus palabras: Al igual que los locutores o presentadores extranjeros hay un pijo de cerotes (no todos, hay unas y unos que llegan puteando) que van de mojados para Estados Unidos y pasan por aquí, se echan una chamusca, los miran jugar, los contratan como futbolistas y después ya son estrellas, cuando en su país no eran ni verga. 

Ahí andan diciendo después que hay un colombiano, que vino un argentino o que el nuevo delantero es brasileño y a huevos por los antecedentes históricos futbolísticos de los señores países de origen uno se hace ilusiones y ahí está dale y dale en cada partido de local gastándose lo que gustosamente se pudiera gastar uno en guaro, pero no, una se emociona.  Imagínate pues cuando vienen los Rojos al pueblo… ¡Ja!, Es una alegría porque la verdad, es que aquí todos son Rojos, lo que pasa es que como nunca creímos que el equipo iba a subir a la mayor, hoy nos toca jugar con las dos camisolas.

Barra roja, aficionados de fútbol.

Fotografía de Javier Herrera

 

Mi perspectiva es distinta

Tengo un poquito más de treinta años y el primer jugador que me emocionó aquí en las gradas fue Mauricio Wright, luego apareció “el negro” Valencia (nunca levantaba la cabeza para dar un centro), después llegó “el Rolo” Fonseca y del lado rojo se puso emocionante cuando estuvieron los tres paraguayos (López, Benítez y González).

Cómo olvidar cuando los cremas trajeron a Diego Fernando Latorre. Recuerdo también el episodio cuando por ahí vino un individuo de Sierra Leona (bueno el pisado) pero se sobó los huevos delante de la afición contraria y lo mandaron a la mierda por abusivo.

     El goleador es siempre el mejor poeta del año. 

Pier Paolo Pasolini

 

Un vendedor de cielos falsos me dijo que tenía una teoría sobre la mala racha de los rojos y es que Jimmy llega a todos los partidos y a huevos los sala.

Jimmy Morales, fútbol.

El mulita Morales perdido en las gradas del estadio. Fotografía de Javier Herrea

Aquí en las gradas hay de todo, hay mota, hay diversidad sexual, hay pijazos, pero sobretodo abunda la solidaridad. Yo en sí, no pertenezco a ninguna barra, pero es alegre estar en la grada. Vaya si no es emocionante sentir que te van a teleguiar un centenar de cerotes a los que les acabás de mentar la madre solo porque sí.

Un escape del mundo real

No voy a exagerar, mucho menos a mentirles. Solo conversé con dos personas respecto a que se siente estar en las gradas apoyando al equipo y ambos coincidieron en que se trata de un escape del mundo real. Unos agarran para la cantina, otros se sumergen en la literatura, otros se apasionan por las mujeres o los hombres, pero uno le agarra amor a lo más sagrado que le heredaron: su equipo de fútbol. Y si no les llega, pues que Borges y Dios los bendigan.

 

Aquél gol que Maradona hizo con la mano a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios.

Mario Benedetti

 

Autor: Javier Herrera

(Guatemala, 1987) Camino por ahí observando hacía todos lados, menos mi camino, por eso me pierdo.

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