No le echen la culpa al trago

 

Fotografía de Javier Herrera

Vos lo que hiciste fue aprovecharte de la situación. En el círculo un predicador cristiano en potencia contemplaba la plática, un fotógrafo deportivo jugaba Tetris con las imágenes que tenía en frente. La dueña de la casa añadía a sus problemas la angustia por su hija, una psicóloga dejó el buen rato y analizó la escena mientras un hombre de tez anaranjada descansaba sobre la pared que acompañaba al jardín. Un abogado demostró su bajeza frente a los presentes, una niña mimada se empezó a sentir incómoda y un vago levantó la jarra y el vodka empezó a mezclarse con su sangre.

Cuando llamé a Nuvia para preguntarle por mi mamá, me contó que el tequila había acabado con el glamour de la familia, los culpables de traerme a este mundo se encontraban bien, pero con algunas molestias físicas producto de la celebración.

Fotografía de Javier Herrera

Pero quién no se aprovecha de una situación así para sacar ventaja y obtener placer a pesar de todo. (Si en el país donde vivo, el presidente da el ejemplo).

Fue el alcohol dijo un señor tratando de justificar el actuar de los presentes. Mi abuela, una veterana condecorada en esos lares dijo con firmeza: No le echen la culpa al trago de lo que hacen por calientes. Entonces se dibujó una teoría en mi cerebro, la cual explica que hay quienes necesitan una ayuda adicional para liberarse de los prejuicios y en algunos casos ese plus proviene de sustancias ilícitas, del alcohol o de algunas amistades.

Cuando Bruno me explicó que tenía una relación con mi novia la cual me hacía prescindible a mí, sentí que se trataba de la traición más fuerte. Tiempo después ese episodio se diluyó comparado con las otras mordidas que me ha dado la vida: el no poder ayudar a Harry con su adicción a la cocaína, el que me excluyeran de un negocio el cual yo mismo ayudé   a formar, el robo de un equipo que tardé AÑOS en pagar, el que te quiten tu libertad por un par de horas, el hambre, las mordidas que da el hambre ¡uff! esas sí son fuertes, y las que me faltan todavía.

Las miradas sobre la joven que luchaba contra sus demonios internos me hicieron enojar,  quizá por  creer comprender su dolor y por ser objeto de comentarios estúpidos, es triste que una chica no pueda explotar su sexualidad sin que la tilden de puta;  igual ella ya no se la estaba pasando bien.

Mi hermana me contó que los efluvios del alcohol habían puesto a reflexionar a Verónica sobre su relación con Fernando, a Mónica sobre la posición de su teléfono, mientras Haroldo comenzó a cuestionarse sobre su salud, pero que la abuela —la más fuerte de todos— se encontraba en óptimas condiciones.

La chica del vestido verde sonrió, cantó, bailó, besó a un par de chicos mientras otro aprovechó y la besó también, habló de su trabajo, de su ex novio, de su madre, de su padre, de su profesión, del amor, del dolor, de Colombia, de los disparos, ella habló, ella se liberó.

Yo siempre te voy a querer hagás lo que hagás, seás quien seás dijo mi mamá ya bien bola. El rollo es que vos, como no tenés hijos, no sabés que hay que dar hasta al final y cómo no se va sentir mal uno por las cosas que hacen los patojos.

La cerveza, el tequila, el vodka y el dolor reprimido fueron los detonantes para que el almuerzo se convirtiera en una buena celebración.

Al final algunas ganaron perdiendo al novio, otras ganaron terapia de grupo, otras ganaron el llorar acompañadas, unos ganaron amigos, otros ganaron perdiendo amistades, otros se cuestionaron, otros no ganaron pero sí bailaron. La anfitriona recibió muchos regalos, el fotógrafo rompió un contrato, la dueña de la casa se subió a un carro blanco, la chica del vestido verde comió para olvidar el mal rato, los más sanos trataban de digerir lo que había pasado y esa fue la última vez que el vago escribió del caso igual y el vodka ya se había terminado.

Autor: Javier Herrera

(Guatemala, 1987) Camino por ahí observando hacía todos lados, menos mi camino, por eso me pierdo.

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