No vamos a ninguna parte

El dos de enero me levanté y quise ver el lago, caminé entre vendedores de pizzas y casetas de ceviches, la playa pública de Panajachel había desaparecido entre un mercado de olores a frituras y basura descompuesta.

Once años sin regresar me dejó huérfano de colores, mucho polvo en mis zapatos y el convencimiento de que no vamos a ninguna parte. La Santander es un cauce de la libertad del mercado, sin planes ni ordenamiento urbano, blocks expuestos en cajones sin sentido albergan fealdad y aislamiento.

Quería ver el lago y me encontré con plásticos negros, como el futuro, la mano invisible trabajando. Los pastores amenazaban a los pecadores y las cristianitas con la cabeza cubierta de pañuelos blancos se sometían a Dios de la misma forma que las judías ortodoxas o musulmanas: obedeciendo y callando, porque así son más bonitas. Las banderas de Israel se asomaban de los garajes-templos y bendecían al presidente por cumplir la profecía.

Yo seguía sin ver el lago. Diez, treinta, doscientas personas se subían en las barcazas para dar un paseo de veinte minutos por las orillas de Pana oyendo en grandes bocinas a Bad Bunny y Ozuna mientras comían pollo frito y tiraban la botella de Pepsi al lago más bello del mundo.

Un par de helicópteros aparcados en el helipuerto del Hotel Atitlán hacían que los pasajeros reggaetoneros tomaran muchas fotos con sus teléfonos inteligentes y el DJ subiera el volumen… Ahora tengo a otras que me lo hacen mejor. Si antes yo era un hijo de puta, ahora soy peor, ahora soy peor, soy peor, soy peor por ti bramaban los delicados versos que con misticismo se confundían con el verde del agua estancada en el embarcadero y que como ondas de choque llegaban hasta donde me encontraba.

Tenía que regresar a la ciudad y solo pensar en pasar por Chimaltenango me hacía evaluar comprar un pick-up de los que ofrecen por allí para que el calvario valiera la pena. Estábamos cerca del mediodía y sin embargo una gruesa niebla se tragaba el camino desde Cuatro caminos, suspiré y sentí a mi familia conmigo.

Es un año definitivo y miles de imágenes se me cruzaron, las que viví el año recién terminado y las que veré éste, mi hijo ponía la música mientras recorríamos ese paisaje oscuro, húmedo y frío. Aislados en el carro, muy despacio yo solo pregunté ¿Hay remedio?

Fotografía de Elí Orozco

Autor: Carlos Ovalle

(Pamplona, España, 1968) Estoy aquí por decisión propia aunque últimamente me arrepiento. Llevo muchos años en Guatemala, pero con una distancia suficiente para ver las cosas desde lejos.

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